Nuevo conservadurismo: enseñar tetas, bailar en La Casita y León XIV Ángela Rodríguez Pam
Ovación y oración se parecen mucho, pero cuando León XIV entró en el Congreso, no le rezaban, le aplaudían. Las palmas sonaban de forma casi unánime, a izquierda y derecha. Y también se pueden expresar dudas mirando a un lado y al otro. El Gobierno se puso en pie en sus bancos azules, sus socios también y, en la orilla contraria del río ideológico, daba igual que fueran defensores de la unidad de la patria o independentistas: o sea, que aquello era como una cueva del Sacromonte con guiris y gitanos bailando el mismo flamenco. Aquí es donde va lo del respeto institucional y todo eso, que es como lo del respeto a la Justicia pero sin togas.
Así que aplaudía la izquierda a ese papa que en su inmediato discurso iba a repetir su soflama contra el aborto y la eutanasia al que está suscrito y que se ha puesto muy de perfil con el asunto central de los problemas de la iglesia católica, que es el del abuso contra menores que ha sido tolerado y, a menudo, encubierto; que no se ha querido reunir con grupos de víctimas que pudieran ser comprometedores.
Uno puede estar en misa y repicando las campanas
Aplaudían también a rabiar la derecha y sus socios ultras cuando el santo padre clamaba por los derechos de los inmigrantes a los que ellos se oponen en cada votación y contra los que legislan sus aliados, con la bendición de la calle Génova, allá donde tocan poder. Esto es lo de a dios rogando y con el mazo dando, aparte de una exhibición de hipocresía: con una mano, echas unas monedas al cesto de la parroquia y, con la otra, firmas que a esa pobre gente se le retire la asistencia sanitaria universal.
Los ultras tampoco se tiraban de ese carro que viene y va a Roma, y mira que León XIV les ha dado cera por su racismo, pero qué pasa, uno puede estar en misa y repicando las campanas, sólo es necesario un tanto por ciento de cinismo en la lengua y cuatro altavoces para decir digo donde dije Diego las suficientes veces como para que la mentira se transforme en lugar común o verdad oficial.
Hace algunos años, se hizo famosa en la España política la frase: “¿De qué se ríen?” Yo miraba lo que estaba pasando en el Congreso y me preguntaba: “¿Qué aplauden?” Hay cosas que no se entienden.
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