Agotada de tanta batalla, de convertirlo todo, absolutamente todo, en un enfrentamiento, da igual que sea ideológico, cultural o territorial. Somos especialistas en confrontarlo todo, incluso lo que no tiene motivo.
El acto del papa en la Sagrada Familia fue espectacular, un evento que ha dado la vuelta al mundo. No hay discusión sobre ello. Y lo que se hizo en Madrid fue, para quien tenga fe y devoción hacia el papa y lo que representa, inmejorable, histórico, con una misa y una vigilia llena de gente y con un Madrid volcado. Lo que se hizo en Barcelona no desmejora lo que se hizo en Madrid. Cada ciudad lo celebró como quiso o entendió mejor, y es obvio que no fue una única persona la que decidió cómo se iba a hacer, con qué tipo de puesta en escena. Seguramente fue una decisión consensuada entre muchas partes, institucionales y religiosas. Y cada una se hizo con la mejor de las intenciones, no me cabe duda. Y cada una brilló, a su manera: a quien le gustara el fútbol y el Real Madrid seguramente pensó que no había mejor lugar que el Bernabéu para despedir la etapa madrileña del papa. A quien aprecie la arquitectura, la belleza de la música con una espléndida realización audiovisual, sabrá apreciar el oficio y el esmero con el que se preparó el acto en la Sagrada Familia. Y lo uno no anula lo otro.
Creyentes o no creyentes, nos tiramos horas en las calles para saludar al máximo jefe de una Iglesia que muchos ni conocen ni han pisado
Pero no hay manera. Ayer empezaron a inundarse las redes con comentarios en los que se ridiculizaba lo que se había hecho en Madrid, comparado con lo que se había visto en Barcelona. Y agota. De verdad. Que no sepamos aparcar ni por un instante esos absurdos debates es para hacérnoslo mirar. León XIV pedía el lunes, en el Congreso, no atacar con la palabra, no humillar al contrario, pero somos como somos: creyentes o no creyentes, nos tiramos horas en las calles para saludar al máximo jefe de una Iglesia que muchos ni conocen ni han pisado; le aplauden con un fervor desmedido, pero luego hacen oídos sordos a lo que predica, a lo que pide. Estos días he visto cómo personas que jamás han ido a misa, que no serían capaces de seguir una liturgia ni con un libro de instrucciones, han aplaudido al papa con un entusiasmo desmedido, han buscado la foto y el apretón de manos. Somos muy de abrazar mitos, leyendas, nos da igual que cante reguetón o que predique la palabra de Dios. Aunque ambos caigan en contradicciones, aunque ambos choquen con nuestros principios. Somos así, somos entusiastas por naturaleza, para lo bueno y para lo malo, pero pido un poco de tregua. Que estamos ya agotados de hacer de todo, absolutamente todo, un “unos contra otros”.
Sólo pido un poco de coherencia, poquita, pero que al menos esté ahí, que se vislumbre. Y no es difícil, es tan fácil como hacer lo que decimos que vamos a hacer. Que lo que critiquemos no sea lo que acabemos haciendo finalmente. Que lo que aplaudamos sea lo que realmente creamos. No es difícil.
Agotada de tanta batalla, de convertirlo todo, absolutamente todo, en un enfrentamiento, da igual que sea ideológico, cultural o territorial. Somos especialistas en confrontarlo todo, incluso lo que no tiene motivo.