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Buzón de Voz

Cayetana y la vulgaridad

Observando los distintos incendios en el Partido Popular no puedo evitar acordarme de aquella maldad que César González Ruano escribía sobre la familia Sánchez Mazas: “En esa casa todos hablan mal de todos… y todos tienen razón”. Se ha abierto un concurso público de lanzamiento de cuchillos en el que participan desde Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso a Cayetana Álvarez de Toledo y Teodoro García Egea, pasando por Juan Manuel Moreno y Fran Hervías, con la colaboración siempre atenta de Esperanza Aguirre, que debe de aburrirse un poco a la espera de algún juicio por corrupción. Todo este berenjenal tiene muy entretenida a la potentísima prensa conservadora, dividida entre la esperanza de ver a Casado en la Moncloa y la realidad urgente de ingresar la millonaria publicidad institucional que manejan Ayuso y Miguel Ángel Rodríguez.

Nunca me han interesado mucho las batallitas internas en los partidos políticos, sean del signo que sean. Soy consciente de su trascendencia, porque los resultados de esas disputas marcan a menudo las estrategias y las políticas que en uno u otro momento pueden afectar a toda la ciudadanía. Pero me producen enorme pereza cuando tienen mucho más que ver con pulsos de egos y vanidades que con hojas de ruta centradas en aportar soluciones a la complejidad del presente y el futuro.

Anoche escuchaba ojiplático a Cayetana Álvarez de Toledo argumentando ante Aimar Bretos (ver o escuchar aquí) las razones por las que no tiene la menor intención de abandonar el PP ni su escaño: “Eso sería lo más fácil y vulgar”. De las seis acepciones que el diccionario de la RAE acepta del adjetivo “vulgar” (ver aquí), parece claro que la diputada aplica la tercera: “Que es impropio de personas cultas y educadas”. Intentar acercarse al pensamiento de Álvarez de Toledo produce cierto mal de altura, tan segura de sí misma y tan dispuesta siempre a despreciar al prójimo. Parece lógico preguntarse si una representante de un partido que escribe un libro en el que lanza acusaciones muy graves a la dirección del mismo y muestra discrepancias profundas sobre su liderazgo, su rumbo, su estrategia y su discurso no se plantea darse de baja o llevarse su acta (por Barcelona) al Grupo Mixto. Podría argumentar ella que aspira a cambiar o mejorar el PP desde dentro, o a seguir defendiendo lo que considera únicas esencias verdaderas del liberalismo intentando convencer a otras y otros en sus propias filas utilizando procesos democráticos. Pero no: resulta que irse de un sitio que no te gusta y alejarte de compañías que no soportas es algo “vulgar”. Coincide muy a menudo con las posiciones de Abascal, pero ni hablar de pasarse a Vox, por su antieuropeísmo y por no defender la Constitución de 1978; apoya sin disimulo a Ayuso en su disputa con Casado y Egea, pero su aspiración política sigue en la “liga nacional”. Madrid es España, pero no lo suficiente para las aspiraciones de Álvarez de Toledo. Si alguna vez ha acariciado la idea de fundar un partido propio o de contrastar con las urnas su plataforma Libres e iguales, se ve que de momento la descarta o que el aznarismo que la inspira prefiere esperar a comprobar si Ayuso puede encarnar esa refundación de las derechas con la que Aznar da la brasa en el poco tiempo que le queda entre negocio y negocio.

Si dedicamos algún espacio a esta trifulca es porque al fondo se vislumbra un asunto de interés general, como es el del modelo de partido que más conviene en una democracia avanzada. ¿Cómo se puede y se debe articular la discrepancia interna? ¿Cómo distinguir entre una “vulgar” pelea de poder y una democratización que permita acercar a los partidos a la ciudadanía en lugar de alejarlos de ella cada vez más? ¿Es justo meter en la misma coctelera el voto en blanco de Cayetana y el voto en contra de Odón Elorza sobre el nombramiento de Enrique Arnaldo como magistrado del Tribunal Constitucional?

En mi humilde y seguramente “vulgar” opinión, no es justo. Elorza ha argumentado con la misma transparencia y contundencia sus razones para votar no a Arnaldo como su comprensión hacia el “trágala” de su propio partido, el PSOE, y de su socio Unidas Podemos, donde también la diputada Meri Pita ha discrepado (ver aquí). Si se leen sus razonamientos sin las gafas del sectarismo partidista, no costará tanto concluir que algo falla en la democracia española cuando ocupan más espacio mediático y político las minoritarias rebeldías en la izquierda que el asentimiento servil en la derecha. Ya lo hemos dicho más de una vez: otro gallo cantaría si en la votación para la renovación del TC se hubiera producido un masivo voto en blanco o negativo en las filas del PP, que es quien lo propuso como condición inexcusable para levantar el bloqueo en los órganos constitucionales. Y no tanto por la clamorosa afinidad ideológica del candidato, sino por las documentadas implicaciones de Arnaldo en casos de corrupción y en conflictos de intereses (ver aquí).

Son tantos ahora mismo los frentes abiertos en el PP que no puede sorprender su insistencia en desviar la atención de los despachos para colocar los focos en la calle. Se pretende desde Génova acompañar todas las protestas contra el Gobierno que van surgiendo en distintos sectores por muy diferentes motivos. Compiten con Vox para arropar la manifestación de policías y guardias civiles contra la reforma de la Ley Mordaza, al tiempo que intentan erigirse en portavoces de agricultores y ganaderos (ver aquí). Falta un cuarto de hora para ver a Teodoro García Egea ejerciendo como “compañero del Metal”.

No es nuevo. El PP ya se echó a la calle contra el Gobierno de Zapatero por el Estatut de Cataluña, por el proceso de paz que desembocó en el fin de ETA o contra el derecho de la mujer a la interrupción del embarazo.

Por “vulgar” que sea, conviene no olvidarlo: una democracia sana exige un buen gobierno, y también una buena oposición.

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