España puede... si quiere

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Probablemente no hay miedo más irracional e incontrolable que el que mueve a un padre o a una madre para proteger a sus hijos. No es un rasgo exclusivo de los humanos, que ni siquiera podemos presumir de ser la especie que mejor cuida de sus cachorros. De hecho, si hiciéramos caso de los tiempos y el ruido dedicados a ello este verano, daría la impresión de que nos importa más el futuro de los negocios del ocio nocturno que la educación de las siguientes generaciones. Esa desgraciada balanza retrata la fortaleza de un país.

Sí, aunque a la ministra Celaá le parezca que hay un “exceso de alarma” (y ojalá no le falte razón), lo cierto es que padres y madres hemos ido sintiendo una mayor inquietud a medida que se acerca la reapertura de los colegios. Y nos sobran razones para ello, pese a las evidencias científicas sobre el escasísimo riesgo que corren los escolares y más allá de ese rasgo ‘animal’ de defender a los nuestros ante cualquier (presunto) peligro.

Me explico (o al menos lo intento) en estos breves apuntes personales:

1.- Lo que a mí me alarma no es la escandalera desatada en medios y redes por un presunto desbarajuste entre el Gobierno central y las comunidades autónomas sobre las medidas a tomar en la vuelta al cole. Este jueves se ha concretado un acuerdo amplio pero de mínimos, con muy pocas variaciones sobre el que ya firmaron 15 de los 17 gobiernos autonómicos el pasado 11 de junio (ver aquí). Porque los comités científicos asesores y los órganos encargados de la salud pública, aquí y en el resto del mundo, coinciden en una serie de medidas que se han ido adoptando en todos aquellos países que ya han abierto las aulas: mascarillas, distancia, limitación del número de alumnos por clase, grupos burbuja para garantizar un menor contacto comunitario, higiene de manos constante, medidas de diagnóstico rápido y aislamiento ante los brotes que (seguro) van a surgir, ventilación y desinfectación constante de los espacios escolares, etc. (Ver aquí las principales medidas finalmente acordadas).

2.- Lo que a mí me alarma es que, sabiendo desde junio que todas esas medidas (en un grado de concreción u otro) serían imprescindibles, haya habido que esperar hasta ahora para que los responsables educativos y sanitarios de algunas comunidades autónomas clamen por la dotación de los recursos humanos y materiales necesarios para cumplir con esas medidas. Eso es lo que venían advirtiendo cada día los profesores, los directores o directoras de colegios e institutos, las asociaciones de padres, los sindicatos de la enseñanza, etcétera, etcétera. Es obvio que para que un colegio reduzca el número de alumnos por aula y aplique mayores distancias entre ellos se precisan más profesores y más espacios físicos. Los anuncios políticos tienen que ir acompañados de hechos. Y para organizar algo tan complejo como la actividad docente en estas condiciones inéditas y con las máximas garantías de seguridad conviene conocer de qué refuerzos humanos y materiales puede disponer. (Ver aquí).

3.- Lo que, más que alarmar, me asombra es que a estas alturas de la pandemia, y en medio de una situación epidemiológica más que preocupante por la multiplicación de contagios en varias comunidades muy pobladas, haya todavía responsables políticos empeñados en dar prioridad a la disputa partidista y al desgaste del adversario sobre las urgencias que plantea una gestión rigurosa de la crisis de salud pública y sus efectos económicos y sociales.

4.- Lo que, más que asombrar, me indigna es que haya líderes políticos (como la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso) que durante dos meses exigieron el fin del estado de alarma y la devolución de todas las competencias autonómicas (que en ningún momento se les habían retirado) y que con la misma seguridad y desparpajo acusan ahora al Gobierno central de “dejación de funciones” y le hacen responsable de todos los rebrotes. Lo peor no es que se opongan a casi todo sino que crean tener siempre la razón, cuando dicen una cosa y también cuando dicen la contraria.

5.- Lo que también me asombra (y desde el Gobierno nadie explica) es que del mismo modo que se establecieron una serie de criterios y condiciones para cambiar de fase en la desescalada, no haya habido posteriormente un estrecho control y vigilancia para comprobar, por ejemplo, si una comunidad como la madrileña cumplía o no los refuerzos anunciados en la atención primaria o en el número de rastreadores para controlar los brotes que surgieran. Ni se han abierto centros de salud que estaban cerrados ni se ha cumplido en ningún momento en estos meses el compromiso de disponer de rastreadores suficientes para el control de los contagios. Algo similar ha ocurrido en Cataluña. ¿No era obligación del Gobierno central advertir, denunciar públicamente y en su caso actuar para revertir esa desescalada donde no se estaban cumpliendo las exigencias establecidas por los comités científicos y los órganos internacionales?

6.- Lo que ha demostrado y sigue demostrando la lucha contra el covid como no se había demostrado en sus cuarenta años de vida es la realidad del Estado autonómico, que algunos parece que siguen sin entender o asumir. Las competencias sanitarias o educativas están transferidas, con todas las ventajas que eso conlleva para las autoridades y la ciudadanía de cada comunidad y también con toda la carga de responsabilidad que supone. ¿Cuántas décadas más harán falta para que se asuma desde determinados sectores políticos y sociales fundamentalmente conservadores el carácter federal (o al menos seudofederal) de un Estado moderno? Si leyeran o viajaran un poco más sabrían que también en Alemania, por ejemplo, hay discordancias constantes entre länder, de modo que en unos se considera obligatoria la mascarilla en los colegios a partir de una edad y en otros a partir de otra. No pasa nada grave. No se rompe Alemania cada vez que un land toma decisiones diferentes a otroland. Aquí seguimos teniendo (más quizás en los medios y en la política que en la calle) una tendencia asombrosa a dramatizarlo todo y a pronosticar el apocalipsis casi en cada telediario.

7.- Lo que hoy sabemos del coronavirus, siendo aún muy poco, es mucho más que lo que sabíamos en marzo. Lo que observamos es que en algunas zonas de España la multiplicación de contagios es mucho mayor que en el resto de Europa, seguro que por una suma de factores que conviene conocer lo antes posible para taponar las vías de agua en la aplicación de los llamados planes de respuesta temprana. Conocer con precisión todo lo ocurrido y cómo se ha gestionado es clave para garantizar que no repetiremos errores. Por eso urge que se aborde la exigencia de una auditoría independiente planteada por veinte reputados científicos (ver aquí).

8.- Lo que hemos comprobado escuchando al presidente del Gobierno el pasado martes y a la vista de la reacción posterior de los presidentes autonómicos es que en España ninguna autoridad quiere por nada del mundo volver al estado de alarma y a un confinamiento generalizado. Si en marzo la prioridad era evitar el colapso sanitario, ahora parece que se confía en la fortaleza del mismo para poner por delante el mantenimiento de la actividad económica. Es comprensible, siempre que no volvamos a poner en riesgo un sistema sanitario que, hasta donde sabemos, aún no dispone de todos los refuerzos humanos y materiales que sus profesionales vienen reclamando. ¿Para cuándo tendremos los datos estatales y autonómicos de la composición exacta de esa “reserva estratégica” anunciada en junio para afrontar futuras oleadas del covid? ¿Estamos seguros de que se han tomado todas las medidas oportunas para proteger a los mayores y al personal que los atiende en residencias donde miles de ellos murieron abandonados y excluidos de la atención hospitalaria? (La información que hoy desvelamos sobre el retraso en las pruebas realizadas a trabajadores de residencias en Madrid es también alarmante (ver aquí).

9.- Lo que queda desmentido por estudios científicos y datos acumulados es aquella precipitada conclusión de que el covid afectaba por igual a todo el mundo, independientemente de su estatus o lugar de residencia. Tanto en los meses más duros de la pandemia como en los rebrotes de estas semanas se observa una relación directa entre nivel de renta familiar e impacto de la epidemia (ver aquí). De modo que, si no actuamos todos para lograr que las soluciones tengan en cuenta esa desigualdad de partida, de nuevo se ampliará la ya muy profunda brecha de desigualdad que nos dejó la gestión neoliberal de anteriores crisis. Quienes defienden con mayor o menor disimulo el “sálvese quien pueda” saben muy bien que de las catástrofes colectivas suelen salvarse siempre los mismos.

Ni hay motivos para pensar que somos el país más necio de occidente ni tampoco para creernos el ombligo del mundo. Pero sobran razones para reclamar a las autoridades nacionales y autonómicas que sigan por la senda del acuerdo de mínimos consensuado este jueves para garantizar en lo posible un curso educativo presencial, y no por el camino de desgastar al adversario utilizando la mala salud pública en beneficio (coyuntural) propio. Está anunciada para el próximo lunes una conferencia de Pedro Sánchez titulada ‘España puede...’ (ver aquí). Sin conocer el contenido, ni si va a pesar más el márqueting político que el mensaje de solvencia institucional que la situación requiere, me permito añadir una obviedad: España puede… si quiere. Si la mayoría queremos y remamos juntos por el interés común. Sabemos hacerlo. 

Probablemente no hay miedo más irracional e incontrolable que el que mueve a un padre o a una madre para proteger a sus hijos. No es un rasgo exclusivo de los humanos, que ni siquiera podemos presumir de ser la especie que mejor cuida de sus cachorros. De hecho, si hiciéramos caso de los tiempos y el ruido dedicados a ello este verano, daría la impresión de que nos importa más el futuro de los negocios del ocio nocturno que la educación de las siguientes generaciones. Esa desgraciada balanza retrata la fortaleza de un país.

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