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El Cervantes para el Nano

Soy de los que aplaude el Nobel a Bob Dylan. Como saludé su Príncipe de Asturias y lo hubiera hecho con su Pulitzer.

Un tipo que se trabaja la calle y extrae de ella historias para contarlas de manera conmovedora y singular tiene que llevarse los premios de arte, de periodismo o de poesía. No es casualidad. No es un regalo inmerecido.

Con Bob Dylan me pasa como con Sabina o a veces Serrat, que me resulta imposible no admirar su capacidad para sintetizar realidades que provocan emociones en una o dos frases contundentes y precisas.

Hasta donde entiendo la convención y abusando acaso de la subjetividad, la poesía es la capacidad de crear imágenes emotivas con precisión de escultor y el brillo mágico del trazo grueso o fino del pintor, según interese al destino de la palabra en cada momento. El poeta conoce la lengua y juega con ella con una inteligencia y una sensibilidad que los demás mortales sólo podemos admirar, porque nos falta su precisión y su riqueza. Su victoria, su triunfo, es ser capaz de conectar con la gente de la que saca sus historias y a la que se supone que se dirige.

Por eso la canción popular está llena de poetas que describen situaciones, escenas y sensaciones que todos podemos hacer nuestras no sólo por identificarnos con ellas, sino sobre todo por revivirlas cuando sus palabras las reconstruyen para nosotros. Y cuanto más para nosotros, mejor.

Hace tiempo que sostengo en público y en privado que uno de los mejores poetas españoles vivos es Joaquín Sabina, con permiso de nuestro común amigo y compañero de página Luis García Montero. Y me sumo a su petición formal y nada miedosa de proponer a Serrat para el Cervantes.

Este nobel cantado, como dice Calamaro a un poeta con banda, tal y como lo ve Benjamín Prado, me sorprende por su osadía, pero no por su falta de contenido o por ser inmerecido.

La canción popular alcanza en algunos de los llamados cantautores altísimos niveles de calidad por esos elementos de precisión y capacidad de evocar emociones, y bastante poco se reconoce su cualificación poética en los círculos académicos o de iniciados. De hecho, la única poesía que llega a millones de personas, que se convierte en verdaderamente popular, es la que tiene su vehículo en la música y su origen en creadores de canciones.

Dice la Academia Sueca que reconoce el mérito de sus “expresiones poéticas dentro de la tradición de la gran canción americana” y no deja de parecerme una innecesaria ampliación de aclaraciones ante una decisión que sabían iba a resultar discutida. No hace falta ubicar sus textos en ninguna gran tradición musical ni un ámbito cultural concreto porque Bob Dylan es un poeta universal, un tipo capaz de crear y mantener emociones en los escasos minutos que dura una canción. Y hacerlo, incluso, aunque no conozcas su idioma y no entiendas su letra: basta con la emoción de su voz, con la armonía sugerente de su música.

Podemos discutir sobre lo que es poesía y lo que académica o formalmente se puede considerar un escritor, pero si hay alguien cuya obra pellizca incluso antes de ser comprendida, es sin discusión un artista con mayúsculas. No me hace falta entender una pintura para que me llegue, como no necesito conocer la historia de un vino ni su factura para apreciar su valor. Si el arte tiene un sentido, éste es atravesar lo físico y lo razonable para convertirse en rayo conmovedor. Y la poesía también es descarga, sobre todo es descarga.

Quien escribe para hacernos sentir o pensar y lo consigue es un poeta que ha tenido éxito.

Luego, si quieren, le ponemos música. Pero eso no hará sino reforzar la intensidad de la historia que cuenta, el valor de sus palabras. No sólo no dejará de ser un poeta, sino que será capaz de alcanzar la universalidad en territorios a los que la poesía no ha soñado llegar.

Quienes critican el premio a Dylan por comparación con escritores o poetas más exquisitos y desconocidos para el público en general, están defendiendo, acaso sin buscarlo, el elitismo en la obra literaria, la existencia de fronteras en el arte, limitar la poesía a salones de iniciados. Cuando precisamente el valor de creadores como él, o como Leonard Cohen o Joaquín Sabina o Serrat –“el Cervantes para el Nano”- es la popularización de los textos poéticos, su universalización y, con ella, la extensión del arte a quienes ni siquiera saben que les llega pero finalmente se quedan con él.

El mérito es ese: no hacer poesía con sus canciones, sino conseguir de la poesía su más hermoso y singular destino, que llegue a la gente, que sea verdaderamente un arte popular.

La calle, la gente y unas cuantas preguntas insustanciales

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