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La calle, la gente y unas cuantas preguntas insustanciales

Lo de Podemos y “la gente” que ha vuelto a airear Iglesias en el debate de esta semana me recuerda a Fraga y aquel “la calle es mía”.

En ambos casos alguien –Fraga e Iglesias– se apodera de realidades abstractas, imposibles de medir, pero muy presentes en el imaginario cotidiano de todos nosotros. En cualquier conversación habitual colamos “gente” o “calle” y probablemente no hay que dar explicaciones del sentido que tienen.

Otra cosa es que se haga en política, sobre todo a la hora de sacar pecho y desplegar sobre la mesa o el atril la fuerza en que se apoya el poder de cada cual. Fraga era el dueño de la calle porque tenía la capacidad institucional de controlarla cuando era ministro de Gobernación: mandaba sobre la policía. Iglesias se atribuye la voz de la gente, sus sueños y sus deseos porque tiene capacidad de movilizar –hoy vuelve a demostrarlo– y en su día la tuvo de crear esperanza.

En cualquiera de los dos casos, esa utilización de lo abstracto en el discurso político demuestra vacío intelectual y escasa imaginación. Más aún cuando se insiste en ello hasta convertirlo en el corazón de su argumentario, como sigue haciendo Podemos.

Porque, a ver: ¿Qué es la gente? ¿Dónde está? ¿Gente es quien rodea hoy el Congreso con el aplauso de parte del Parlamento? ¿Son los que hace un par de años gritaban a su alrededor “no nos representan”? ¿Hoy sí están representados? ¿O Unidos Podemos tampoco lo hace –representar– y por eso alienta la protesta de hoy en un alarde de autocrítica que raya el surrealismo? Vuelvo a “la gente”: ¿Los 15 millones de votos que apoyan a PP, PSOE y Ciudadanos no son de la gente? ¿O sí son gente, pero equivocada que hemos de sacar de su ignorante error de votar a quien no deben?

El peligro de argumentar sobre abstracciones y sin sustancia es que el discurso se queda vacío. Como podría serlo este post... porque habría dialéctica suficiente para llenarlo de preguntas estúpidas tal que las enunciadas hasta aquí, pero estaríamos en el mismo sitio. Eso sí, sería perfectamente coherente con el argumento del que salen: el vacío conceptual del término “gente” en el argumentario político, tan pobre como pomposamente utilizado por Iglesias. Pobreza argumental que no tiene empacho en exhibir cuando aludió el jueves al miedo que utiliza el PP contra “la gente”, días después de instar a los suyos a “dar miedo”, a “morder” a quienes situaba en el territorio abstracto del Ibex y otras alturas. Pobreza, acompañada de descaro, que despliega cuando alude a la traición de los socialistas por su abstención de esta semana, cuando fue él quien puso condiciones imposibles a los socialistas para formar un gobierno alternativo a principios de año (referéndum catalán y ministerios, por si hay olvidadizos). Pobreza, descaro, y también cinismo por rasgarse las vestiduras ante la decisión del PSOE, insultando además públicamente a su portavoz parlamentario, cuando sabía que una tercera cita electoral sería más beneficiosa para el PP que para nadie y probablemente volvería a marcar otro record a la baja en el poder electoral de su “gente”. Y esto sólo por anotar lo visto y oído en el debate parlamentario, ese en el que Unidos Podemos volvió a sacar la bola de cristal y días después de que Garzón anticipara movilizaciones espontáneas como la previstas hoy ante el Congreso, Iglesias vió delincuentes potenciales; debe ser que tienen las herramientas de Minority Report.

Mal anda la izquierda española en este tiempo con un PSOE que llega mal y tarde a las oportunidades, renqueante y roto, y más allá un grupo de grupos sin terminar de cohesionarse ni siquiera en el buque nodriza, que sigue manejando con impostada seriedad conceptos políticos como “gente” perfectamente equiparables y hasta si me apuran intercambiables a aquella “calle” de don Manuel. Muy bien pudo haber gritado éste que “la gente” era suya y el señor Iglesias atribuirse el poder de “la calle”. Ahí estamos. Así estamos.

Como dirían Les Luthiers, “caramba, qué coincidencia”.

El Cervantes para el Nano

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