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Libertad sin IDA, libertad

Javier Valenzuela nueva.

Voy a votar contra usted, doña Isabel Díaz Ayuso, conocida también por el acrónimo IDA, en las elecciones madrileñas del 4 de mayo. Voy a votar en su contra por el penoso estado de la sanidad pública que usted me proporciona a cambio de mis impuestos. Hace algo más de un año, tuve que pedir prestado para pagar una operación de cáncer en una clínica privada porque no conseguía ser atendido con prontitud en los servicios que usted gobierna. Durante la pasada Semana Santa, mi centro de salud estuvo cerrado a cal y canto, paralizando, entre otras cosas, la vacunación contra el coronavirus de los octogenarios. Hoy, a mí, persona de doble riesgo, nadie me ha dado aún la menor indicación de cuándo podré ser vacunado. Dígame, pues, ¿en qué se gasta usted nuestro dinero, doña Isabel? ¿En su corte faraónica? ¿En mamandurrias para sus amiguetes? ¿En banderas rojigualdas?

También voy a votar en su contra por el uso fraudulento que hace de la hermosa palabra libertad. El partido que lidera usted en la Comunidad de Madrid, y que aspira a liderar en toda España, no ha promovido otras libertades que las de las empresas que lo financian para hacer negocios con dinero público, el de los fondos buitres para comprar viviendas sociales a precios de saldo, el de politicastros como Ignacio González o Francisco Granados para enriquecerse desde sus despachos oficiales, el de Cristina Cifuentes para falsear un título universitario y conseguir luego que paguen el pato unos subordinados…

Ustedes llaman libertad a la codicia de los que contaminan, practican la especulación financiera e inmobiliaria y evaden impuestos en paraísos fiscales. Pues, mire, doña Isabel, nada de eso se llama libertad. Mi querida lengua española es muy rica y tiene otras fórmulas para denominar su modelo. Por ejemplo, ley de la selva, ley del más fuerte, capitalismo salvaje o, si lo prefiere, caradura, picaresca, corrupción.

En todas las batallas por las libertades libradas en España, el partido que usted lidera siempre ha zancadilleado a los que las promovían. Estuvieron ustedes contra el divorcio y el aborto, contra el matrimonio gay y la promoción de la igualdad de las mujeres, aunque, claro, luego se beneficiaron de estos avances, que son retrógrados, pero no tontos. Hace poco, se han opuesto también a la eutanasia, a la posibilidad de terminar humanamente con situaciones de extremo dolor y nula esperanza. Y, por supuesto, se opondrán en el futuro a cualquier intento de despenalizar la marihuana.

¿A esto le llaman ustedes ser liberales? No lo piensa así nuestra lengua, que más bien lo califica de carcunda, conservadurismo o autoritarismo. Lo explicó muy bien Marco Schwartz en un artículo titulado, precisamente, Liberales, en el que recordaba al PP que los merecedores de este calificativo siempre están a favor de cualquier libertad que no obligue a nadie a ejercerla ni cercene la de terceros. Les hacía notar asimismo que un liberal genuino siempre intenta estirar al máximo la libertad de expresión y jamás aprueba leyes mordaza; siempre promociona el laicismo, la separación completa entre la Iglesia y el Estado, y siempre defiende a rajatabla la cultura del mérito personal y rechaza los cargos, títulos u honores hereditarios. A ustedes todo esto les suena a chino, ya lo sabemos.

De lo que ustedes, doña Isabel, están sobrados es de desfachatez. Si ahora les ha dado por usar la palabra libertad es tan solo para intentar disfrazar ideas y propósitos tan antiguos como el ¡Vivan las caenas! Ustedes invocan abusivamente su nombre para justificar la desigualdad, la corrupción y el abuso policial. Únicamente han cambiado sus técnicas de comunicación para acomodarse a los tiempos.

Durante esta pandemia, usted ha insultado además a aquellos que consideramos que la libertad es el bien más preciado. Lo ha estado haciendo presentando como tal conductas de extrema irresponsabilidad. Cualquier liberal o libertario sabe que la libertad requiere responsabilidad, que esta es imprescindible para que tu libertad no recorte o anule la de otros, comenzando por su derecho a la vida. Conducir temerariamente no es una manifestación de libertad. Como, en pleno coronavirus, no lo es aglomerarse en las calles, emborracharse en las tabernas, difundir mentiras incendiarias o celebrar corridas de toros y partidas de caza. Usted, señora, confunde la libertad con las bajas pasiones.

Usa doña Isabel como lema de esta campaña un dilema más falso que un billete de tres euros: Comunismo o libertad. Pues mire, yo no veo comunismo por ningún lado en las propuestas de los partidos de izquierda que compiten en estos comicios. No lo veo, evidentemente, en el PSOE del tibio Ángel Gabilondo, pero tampoco en Más Madrid y Unidas Podemos, que todo lo más añoran la clásica socialdemocracia europea. Tampoco veo la menor libertad en lo que usted encarna: dejar morir a los ancianos en las residencias, romper la solidaridad con el resto de comunidades españolas, atribuirse competencias que no le corresponden como en el asunto de la vacuna Sputnik. Lo suyo, doña Isabel, es más bien liberticidio, demagogia y chulería.

Hace unas semanas, quiso hacerse la graciosa diciendo que si mucha gente la llama fascista, eso significa que usted está en el lado bueno de la historia. No seré yo quien la llame así, no se preocupe. El fascismo es un crimen tan terrible que me opongo a banalizarlo acusando a cualquiera de practicarlo. Usted no es fascista, doña Isabel, aunque quizá sí lo sean algunos de los que se aprestan a votarle o al partido ultra con el que podría gobernar. Usted es una señora de extrema derecha que se ha convertido en la aventajada discípula en España del nacional-populista Donald Trump. Como Trump, usted puede cosechar muchos votos siendo agresiva, practicando el culto a su propia personalidad, diciendo boberías que, sí, tienen su público entre los nostálgicos del circo romano. No voy a discutirle esto ni a usted ni a su gurú mediático MAR. Permítanme tan solo recordarles a ambos que el desafuero de Trump suscitó también tantísimos rechazos que, caray, ya no está en la Casa Blanca.

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