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La toma de la Bastilla

Al pueblo de París no le costó demasiado tomar la Bastilla: la indignación acumulada durante siglos, unas cuantas armas y un centenar de muertos fueron suficientes para acabar en una sola jornada con las tropas que Bernard de Launey dirigía en aquella fortaleza de la opresión. Lo verdaderamente difícil fue que las ideas de libertad, igualdad y fraternidad terminaran rigiendo la vida pública francesa. Estas ideas no triunfaron a la primera: a las esperanzas del 14 de julio de 1789 le siguieron Napoleón, el regreso de los Borbones, otra revolución, otro Napoleón, la Comuna, el affaire Dreyfus, el régimen de Vichy, Mayo del 68… Ni tan siquiera hoy se puede bajar la guardia en Francia ni en ningún otro lugar. La sombra de Le Pen y otros como Le Pen se proyecta crecientemente sobre Europa.

Cuando en 2011 cientos de miles de jóvenes salieron a las calles del norte de África y Oriente Próximo para intentar derrocar a los déspotas que los regían, los que entonces les expresamos nuestro apoyo subrayamos que no tenían, en absoluto, asegurada la victoria. Lo que escribimos está en las hemerotecas: dijimos que aquellas revueltas, que se dieron en llamar Primavera Árabe, no iban a resolverse con un final feliz a lo Hollywood en cuatro telediarios. Se enfrentaban a fuerzas tan poderosas como los militares y los islamistas, conocerían avances y retrocesos, puede incluso que se produjeran contrarrevoluciones y guerras civiles. A las minorías en rebelión les ayudaría, desde luego, un compromiso por parte de las democracias occidentales, cosa que, como saben, jamás se produjo. Y en todo caso, advertimos, lo importante de la Primavera Árabe, como de la Revolución Francesa, era la semilla que sembraba. El tiempo histórico se mide en años, lustros y décadas, no en el par de horas en que tarda en prepararse un informativo.

Hoy he tenido que responder a un cuestionario de un joven periodista sobre mi opinión acerca del estado de las cosas en España y Europa. Una de sus primeras preguntas decía: “¿Cómo se explica que, pese a la corrupción, el paro y los recortes, la gente siga votando lo mismo en nuestro país?”. Transcribo también mi respuesta: “¡No vota lo mismo! Millones de españoles votaron el 20-D y el 26-J a formaciones que no existían antes. Los partidos tradicionales han perdido más de un tercio de su electorado comparado con la primera década de este siglo. Hay un cambio en marcha, no tan rápido como querríamos muchos, y como requiera la gravedad de la situación, pero nadie con dos dedos de cabeza puede decir que el 15-M no haya dado frutos. Los ha dado. En primer lugar, renovando la agenda, haciendo que ahora el paro, la corrupción, los desahucios, el anquilosamiento político e institucional, la desigualdad socioeconómica, la necesidad de un nuevo modelo territorial, todo esto se haya incorporado al temario político y mediático. Y en segundo lugar, con dos fuerzas, Unidos Podemos y Ciudadanos, que no se sentaban en la Carrera de San Jerónimo hace apenas un semestre y hoy suman más de cien diputados. Roma no se conquistó en un día”.

La juventud es impaciente y es bueno que lo sea. Peor soporto que los medios de comunicación tiendan cada vez más a iluminar la escena con luces cortas, luces que casi nunca hacen ver el contexto ni dan perspectiva, que no recuerdan de dónde venimos ni vislumbran las encrucijadas y las rutas que podemos tener por delante. Ya escribí aquí que sorprenderse porque el voto conservador se haya recuperado algo en España el 26-J me parece absurdo. Algo así era francamente previsible en un clima de incertidumbre y miedo. Ahora añado que la actitud de tantos dirigentes de Unidos Podemos de aceptar, y hasta fomentar, el marco conceptual creado por sus enemigos, el de un supuesto batacazo colosal cosechado el 26-J, demuestra que no son tan listos como se creen. Que adoptaran como propias las exageradas expectativas de las encuestas parece tan infantil como ponerles leche y galletitas a los Reyes Magos. Que, habiendo conseguido mantener el total de sus escaños el día en que el PSOE y Ciudadanos perdieron un puñado, se entreguen a una melancolía exhibicionista le hace el juego a sus adversarios. Que quieran romper una coalición con IU que quizá les permitió salvar los muebles es arriesgado. Necesitan, ciertamente, unos cuantos hervidos.

Hoy también me ha llegado la invitación de la embajada de la República Francesa en Madrid a celebrar con ellos el próximo 14 de julio. Iré, como tengo por costumbre. El 14 de julio es la única fiesta nacional que celebro por la sencilla razón de que no la considero una fiesta nacional: la toma de la Bastilla abrió un nuevo período para toda la humanidad; sus ideales no eran patrioteros, chauvinistas o nacionalistas, sino universales y humanistas. Y por eso tanta gente en tantas partes del mundo canta La Marsellesa. Como lo hacen, por ejemplo, todos los refugiados antifascistas presentes en el Rick´s Café de Casablanca.

Post Scriptum. En la noche del domingo, me apenó, como a tantos, la derrota de Islandia en los cuartos de la Eurocopa. Pero me alegró que la selección francesa que doblegó a los vikingos estuviera repleta de jugadores de origen africano. Esta desfalleciente Europa, digan lo que digan los cretinos de Le Pen y compañía, no necesita menos inmigrantes, necesita más.

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