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Desde la casa roja

Mañana será historia

Hace unos días, Tejero brindaba por la “bendita España” durante un homenaje en la Costa del Sol. Emocionado y anciano, al teniente coronel de los disparos al techo y aquel campechano taco final que mandó sentar al Congreso le faltó bailar un pasodoble, anatomía de un instante, viva el vino y las mujeres, tranquilo y feliz en un restaurante de Vélez Málaga. “Viva Franco y viva España”. No pasó nada después. Nadie acusó a nadie de apología de la dictadura. No importa.

Hace unas semanas, un diputado de extrema derecha dijo que trece mujeres jóvenes que fueron fusiladas al alba en 1939 sobre la tapia del cementerio del Este cuatro meses después de finalizar la guerra y hace ochenta años habían asesinado, habían torturado y habían violado a gente con vileza. Aunque ninguna de esas acusaciones consta en el acta del juicio que se les hizo por el atentado en el que supuestamente participaron y por esta difamación algunas asociaciones se van a querellar contra él, Javier Ortega Smith, diputado de Vox y portavoz de su partido en el Ayuntamiento de Madrid. Dijo la mentira en la televisión nacional pública. Y dicha quedó.

Desde hace decenas de años, un hombre (pero también otros hombres) que está probado que sí torturó con vileza a detenidos de la resistencia antifranquista, camina tranquilo por las calles de mi ciudad. Un hombre que se ofende cuando últimamente le persigue la prensa y se molesta y caza taxis para huir. Se llama Antonio González Pacheco y le llaman Billy el Niño por la crueldad y violencia de sus interrogatorios, igual que al forajido pistolero, ya lo saben. Suma cinco medallas al mérito, algunas otorgadas cuando el país ya estaba en democracia. No ha respondido jamás por sus crímenes. Y ya no lo hará.

Bajo tierra y en paradero desconocido, bajo los puentes, a la salida de los pueblos, en la curva de las carreteras, descampados, riberas, valles, este país tiene más de cien mil muertos. Cuerpos y cuerpos amontonados en fosas comunes que nunca han constituido una prioridad para el Estado. No solo la Ley de Memoria Histórica ha sido utilizada una y otra vez como moneda ideológica. Hace unas semanas, una mujer joven, una mujer de mi edad, Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la región donde vivo, dijo en la Asamblea donde nos representa a todos que le espantaba esa norma que intenta reparar la memoria de todos los caídos y salvaguardar la memoria del país. Una representante regional a quien le espanta una ley, una ley muy flaca que intenta garantizar la justicia para aquellos que sufrieron y sus familias. Luego dijo que eso fueron formas de hablar. Retórica. Y después ya nadie dijo nada más.

Hace ochenta años, más de medio millón de personas –imagínese, una ciudad como Málaga o Palma o Zaragoza– salieron de este país rumbo al exilio. Algunos regresaron después de 1975. Pero otros ya no pudieron. Max Aub dijo: “He venido, pero no he vuelto”. Más de 500.000 personas con las que el Estado mantiene una deuda de reconocimiento, al menos, o qué menos, de su existencia. Más de medio millón que huyeron, que vivieron afuera, que tuvieron un nombre, hijos, nietos, que fueron y muchos acabaron sus días al otro lado de las fronteras españolas. Un país que todavía no se ha preocupado por recuperar ese legado histórico, cultural y humano repartido por el mundo. Como si su exilio fuera un paréntesis de los libros de historia, un minúsculo satélite extraño de los de literatura.

Y, aunque muy tarde, mañana esta relación corrupta con nuestro pasado va a dar un paso para que nos cueste un poco menos pronunciarnos. Será cuando los huesos de Francisco Franco, el militar que agonizó después de cuarenta años de dictadura, salgan del mausoleo que él mismo mandó construir. Lo que sucederá mañana no será del todo limpio, podemos imaginarlo. Para tener vergüenza, hay que tener antes conciencia de la falta cometida. Y de esa conciencia, o llámala justicia o memoria, nadie se ha preocupado.

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