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Desde la casa roja

El padre presente

Un lunes de marzo nos dijeron: tiene que ser mañana. Pasé la tarde con migraña sin poder quitármela con nada. Al día siguiente, por cesárea, nació mi hijo. Dicen que todas las mujeres contamos nuestros partos. Naturalmente que los contamos. Son una gesta física y emocional que, al menos yo, no he podido comparar a ninguna otra vivencia. Yo quise desde ese momento a aquel niño que salió de mí morado y adormecido con unas amarras que no manejaba. Porque no era amor del conocido. Era una conexión nueva y antigua como la vida. El niño lloraba y mi útero se contraía sin nada que tuviera que ver con la razón. Y allí no se movía más carne que la mía.

Comparar lo que yo viví en el nacimiento de mi hijo y los días que siguieron con lo que vivió su padre es imposible. Las miles de siestas sobre mi pecho, la frustración al no conseguir una lactancia eficaz, el oído a la respiración en mitad de la noche, el control del tono de su piel, de su comida, de sus ojos, las horas en que despertaba y dormía. No creo que la angustia, el pánico, la soledad, la cicatriz, los futuros que me quitaron el hambre y el sueño cuando tuvimos que ingresarlo cuatro días en la UCI de neonatos fueran comparables a los de nadie. Porque ahí corría algo animal, salvaje y desesperantemente, para mí que no encajo el descontrol, libre.

Puede que hayan visto El cuento de la criada, la serie, o leído la novela de la canadiense Margaret Atwood en la que está basada. En ella nos cuentan una distopía que tiene lugar en Gilead, una sociedad totalitaria implantada tras un golpe de Estado en EE UU. Los desastres medioambientales y una baja tasa de natalidad llevan al Gobierno a un régimen fundamentalista que considera a las mujeres y sus úteros fértiles propiedad del Estado. Si algo me produce violencia, además del brutal trabajo de Elisabeth Moss, esa mirada azul, son esos momentos en que las madres que gestan a los bebés son separadas de ellos tras el alumbramiento para que los niños pasen a formar parte de la familia de los comandantes. Las hormonas, la leche, el regreso de los órganos, pero la cuna en otra habitación. Porque las criadas saben algo: que cada día, cada olor repetido que respire el bebé, cada noche que otras manos lo recojan de la cuna cuando llore, es la madre que conocerá. La mano que sana, la voz que calma, el tacto de la piel y el alimento. Y eso significa estar.

Una de las raíces más profundas del machismo que padecemos dentro de nuestras familias sigue siendo la asignación de los roles, no designados entre los miembros de la misma libremente, sino impuestos desde fuera, desde el sistema laboral patriarcal y capitalista: la mujer cuida; el hombre, provee de recursos. Y la baja de paternidad, ahora de cinco ridículas semanas, es el claro reflejo de esa herencia. La aprobación de la propuesta de bajas de paternidad y maternidad iguales, intransferibles y 100% remuneradas es una forma en que no solo la mujer no será discriminada laboralmente en su trabajo por considerarse trabajadoras de riesgo si deciden tener hijos, sino también la manera en que el hombre se implique en los cuidados. Creo estar ante el punto de partida de un largo camino para la igualdad en asuntos laborales y de familia. También a veces se nos olvida que hay hombres que quisieron criar y fueron devueltos al engranaje de producción a las dos semanas de haber vivido uno de los momentos más vitales, intensos y hermosos de sus vidas.

¿Apropiación o apreciación cultural?

He leído estos días opiniones de mujeres que no están de acuerdo con esta propuesta. Sobre todo, se ha puesto sobre la mesa lo absurdo de tener una baja de paternidad puntera en Europa y estar a la cola en la de maternidad. Por supuesto que dejar a un bebé en una guardería con cuatro, con cinco meses, es salvaje y este país debería asegurar un plazo mucho más largo para la crianza y el cuidado de un recién nacido. Porque rompe la lactancia si la hubiera y, además, es violento para la madre y para el niño, pero también para el padre. Cuando estaba embarazada me recomendaron leer a un conocido pediatra best seller en España, una especie de Biblia de la crianza actual y del apego. Lo hice. Nunca encontré la figura del padre en sus libros. A veces, te sugería recomendar al padre que hiciera todo aquello que no podías hacer: ir y volver de la farmacia, llenar la nevera o poner lavadoras. Como de favor. Como excepción a esos días en que tus brazos están ocupados.

El padre de mi hijo hizo todo aquello y cuidó del niño conmigo, pero a los quince días se marchó a trabajar. Y no era la falta de limpieza en nuestra casa lo que eché de menos, sino compartir con él todo aquello que estaba sucediéndonos. Al niño y a nosotros. Estar juntos para crear un nudo familiar lo más sólido posible del que formásemos parte los tres, a pesar de que haya cordones que nunca se acaben de cortar. Negar que es mejor no estar sola durante esos primeros meses, negar las dudas, los miedos, la inseguridad y el abandono de tu carrera en favor de la crianza es para muchas contribuir a la forja de esa imagen de la mujer perfecta cuidadora, madre abnegada, que tan bien le ha venido a nuestro sistema. Y negar que existen mujeres que pueden vivir la maternidad de formas muy diferentes, también válidas. Y que hay otros tipos de familia que demandan otras necesidades, algo que debería tener también en cuenta esta propuesta.

Hoy me pregunto si cuando mi hijo siente un peligro dice “mamá” porque estuvo dentro de mí o porque era yo la que estuvo siempre alerta aquellos meses para solventar todas sus necesidades. La única que, mañana tras mañana, estaba ahí, dispuesta para el amor.

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