Calles cortadas, bocas de metro cerradas, dos millones de personas en la plaza de Cibeles. De vuelta de la Feria del Libro a casa, le digo a mi hijo que el caos que se va a montar en Madrid el domingo con la visita del papa… Y me responde que el papá de quién. El papa de la Iglesia, le digo. De cuál. De todas las iglesias católicas. Y dónde vive. En el Vaticano, le respondo, en Roma, en Italia. Se queda pensando un rato y dice: ¿Y hay mamá? No, solo es un hombre y siempre ha sido un hombre. Quiero decir, no tiene hijos, no es papá, es papa. Papa: palabra llana. No hace más preguntas. Pero quiero explicárselo y me lío: es el jefe de los que creen en Dios, pero no de todos, rectifico. Sigue callado. Me callo yo también: cómo hemos llegado hasta aquí sin que ninguno le contemos nada de la existencia de ese papa y cómo le razono la relevancia que puede tener la llegada de un hombre que detiene el ritmo de una ciudad en un país aconfesional. Hay una laguna cultural enorme, es evidente, pero también hay algo de signo de su tiempo.
En una fotografía que corre por ahí, veo un quiosco de Madrid donde venden bufandas como las de los hinchas de los equipos de futbol. Bufandas, me río, para soportar los treinta y tantos grados de junio. En una misma percha, cuelga la bufanda de los hinchas del papa León XIV y de los de Bad Bunny, que han coincidido la misma semana en la ciudad. Es muy difícil no haber oído hablar de “La casita” que ha levantado el cantante en el centro de sus conciertos, un guiño del puertorriqueño a los barrios, una réplica de las casas humildes de Puerto Rico. Pero los que habitan ese espacio durante los conciertos son elegidos con antelación y lupa para la foto, incluso, entre el propio público, y se resume fácil: mujeres guapas, ricas, famosas. Mujeres que bailan, actrices, modelos, barra libre. Estoy igual de perdida con el concepto que mi hijo con el papa.
Si algo mira hacia adelante y algo hacia atrás nunca se encuentran
No hay bufandas para los hinchas de la Feria del Libro de Madrid, pero eso no quiere decir que no existamos. Somos legión quienes desde niños hemos ido a asomar nuestra nariz por encima de los libros y hemos continuado con la tradición de visitarla en las primaveras. Es religión, sí. Como todos los años, desde el último fin de semana de mayo hasta el segundo de junio, en El Retiro se levantan también 366 pequeñas casitas que son algo más diversas que la de Bad. Son las casetas que abren diariamente durante estos dieciocho días editoriales, librerías, distribuidoras, instituciones, y por el Paseo de Coches suben y bajan los lectores y lectoras, que se dejan llevar por su curso de río desbordado. Volverán a casa con nuevas lecturas, harán cola, quizá conseguirán una firma, la posibilidad de contarle a ese autor que leyeron durante el invierno cuánto les gustó su libro. A mí esto no deja de sorprenderme: que alguien emprenda el camino de su casa a la feria con el libro ya leído, subrayado, disfrutado, para que se lo firmes ahora. La Feria del Libro de Madrid es nuestra feria, sin apellidos: popular, verbena, alegre y primavera.
Acabo de terminar un libro precioso, se titula Principio, medio, fin, de Valeria Luiselli. Es el segundo título que propone la editorial Feltrinelli en España. El primero fue la mítica novela de Boris Pasternak, Doctor Zhivago. En la novela de Luiselli, una madre y una hija emprenden un viaje por Sicilia, donde están parte de sus orígenes. Hablan de los mitos griegos, de Historia, y hablan mucho de libros. La madre habla a la hija de escribir. Mientras, al otro lado del Atlántico, la abuela de esta historia pierde la cabeza poco a poco. Y dice la narradora de Principio, medio, fin: Solo estoy diciendo que la imaginación mira hacia adelante y la memoria mira hacia atrás, y que el lugar donde se encuentran es eso: la ficción. Pero no tiene ningún sentido eso, le responde la niña. Si algo mira hacia adelante y algo hacia atrás nunca se encuentran.
Y así este fin de semana, cruce sin mirada de distintas ficciones en un kilómetro cero, de conversaciones entre madres e hijos, cada uno militante de su fe, la asunción de que no siempre tenemos las respuestas para explicarnos, ni a ellos ni a nosotros mismos, este caos infinito de tiempo que pisamos.
Calles cortadas, bocas de metro cerradas, dos millones de personas en la plaza de Cibeles. De vuelta de la Feria del Libro a casa, le digo a mi hijo que el caos que se va a montar en Madrid el domingo con la visita del papa… Y me responde que el papá de quién. El papa de la Iglesia, le digo. De cuál. De todas las iglesias católicas. Y dónde vive. En el Vaticano, le respondo, en Roma, en Italia. Se queda pensando un rato y dice: ¿Y hay mamá? No, solo es un hombre y siempre ha sido un hombre. Quiero decir, no tiene hijos, no es papá, es papa. Papa: palabra llana. No hace más preguntas. Pero quiero explicárselo y me lío: es el jefe de los que creen en Dios, pero no de todos, rectifico. Sigue callado. Me callo yo también: cómo hemos llegado hasta aquí sin que ninguno le contemos nada de la existencia de ese papa y cómo le razono la relevancia que puede tener la llegada de un hombre que detiene el ritmo de una ciudad en un país aconfesional. Hay una laguna cultural enorme, es evidente, pero también hay algo de signo de su tiempo.