Asequibilidad

Es evidente que la izquierda mundial tiene por delante el desafío de mantener el territorio ganado con enorme sacrificio en las llamadas "guerras culturales": el feminismo, el internacionalismo, los derechos de las minorías, la inmigración como oportunidad, el reconocimiento del desastre climático, la defensa de la paz y los derechos humanos... Todos y cada uno de esos hitos, que costó décadas conquistar, se ven amenazados hoy en día por la rampante extrema derecha mundial, cruel, corrupta y envalentonada. Con todo, queremos pensar que esos avances de la civilización no serán revertidos por los plutócratas que se reparten el mundo sin rubor: los señores feudales de la tecnología, las grandes energéticas, los megapromotores inmobiliarios, los invisibles e irresponsables fondos de inversión... y, por supuesto, las marionetas políticas que manejan para garantizarse impunidad y libertad de movimientos. 

Quisiéramos pensar que los gays podrán seguir adoptando niños, que nadie destruirá las Naciones Unidas o el proyecto europeo, que mantendremos nuestro sistema público de salud, o que este retorno de la superstición religiosa es en realidad solo una moda pasajera de la música pop contemporánea.  

Si a final de mes la ciudadana anónima ve que las cuentas no le llegan, de poco le servirá que el Gobierno certifique un crecimiento estratosférico de nuestro PIB nacional

Pero nuestra resistencia en las batallas culturales estará muy condicionada a que la izquierda sea capaz de ganar también la batalla económica, proporcionando soluciones con las cosas del comer y no solo con las del alma. Con los instrumentos y no sólo los símbolos, por importantes que estos últimos sean. Se trataría de garantizar la "asequibilidad" (affordability en su original inglés). Es un concepto nuevo para la más poderosa idea progresista de todos los tiempos, de evidente origen marxista: la verdadera justicia social solo llega a través de la economía. "Asequibilidad" es el título del capítulo central del manual progresista contemporáneo. Mamdani, por ejemplo, el flamante alcalde de Nueva York, esperanza de los demócratas estadounidenses, ha ganado la ciudad con la promesa de convertir Nueva York en un municipio asequible, y él no ha hecho sino seguir la pauta de la agenda socialista mundial que estaba aún recluida en las recomendaciones de los think-tanks

La mayoría de la ciudadanía, y sobre todo las generaciones comenzando o creciendo en su desarrollo profesional (digamos que las que aún no han pasado los 50 años de edad) reclaman una vivienda asequible, una guardería asequible para sus hijos, una bolsa de la compra asequible, un transporte asequible... Si a final de mes la ciudadana anónima ve que las cuentas no le llegan, de poco le servirá que el Gobierno certifique un crecimiento estratosférico de nuestro producto interior bruto nacional. Puede que incluso busque también culpables de su precariedad en los inmigrantes que se encuentra en el ambulatorio o en los políticos acomodados y sus "mamandurrias". 

A partir del reconocimiento de la necesidad de dotar a la gente de un techo y unos servicios y unos bienes asequibles, la tentación de la derecha es conocida: dejar que el mercado actúe con la supuesta magia de su mano invisible. Allá ellos. La propuesta de la izquierda no puede ser otra que la intervención decidida de los poderes públicos para limitar los efectos de la codicia humana. No digo yo que debamos perseguir la abolición de la propiedad privada ni de las clases sociales, pero quizá no sea una locura pedir que impidamos que un señor mexicano (al que un día le regalamos la nacionalidad española por su generosidad inversora) se compre veinte edificios en Madrid para ponerlos en manos de Airbnb y facturar desde Delaware. Quizá no sea mala idea, como se propone en Nueva York, dejar el transporte público gratuito para los habitantes de la ciudad y que paguen los que vienen de visita o los que se empeñan en meter el coche particular en los centros históricos. Si el Estado es capaz de proveer buenos servicios de transporte en tren o autobús, por ejemplo, o también de servicios de salud y educación o de una eficacísima administración tributaria, nada impediría que los poderes públicos pudieran gestionar bien una excelente y atractiva red de mercados públicos de barrio, o un buen banco de inversión (el ICO ya lo es de hecho, aunque casi nadie lo sabe) o una agencia de alquiler que pueda competir con las privadas. 

Si la ciudad aún más políticamente vanguardista del mundo estrena un alcalde socialista (y migrante y musulmán) que propone una contundente intervención del poder público para hacerle la vida asequible a la gente, quizá no todo esté perdido. Feliz año nuevo.

Es evidente que la izquierda mundial tiene por delante el desafío de mantener el territorio ganado con enorme sacrificio en las llamadas "guerras culturales": el feminismo, el internacionalismo, los derechos de las minorías, la inmigración como oportunidad, el reconocimiento del desastre climático, la defensa de la paz y los derechos humanos... Todos y cada uno de esos hitos, que costó décadas conquistar, se ven amenazados hoy en día por la rampante extrema derecha mundial, cruel, corrupta y envalentonada. Con todo, queremos pensar que esos avances de la civilización no serán revertidos por los plutócratas que se reparten el mundo sin rubor: los señores feudales de la tecnología, las grandes energéticas, los megapromotores inmobiliarios, los invisibles e irresponsables fondos de inversión... y, por supuesto, las marionetas políticas que manejan para garantizarse impunidad y libertad de movimientos. 

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