Qué ven mis ojos

El doble rasero

“La desigualdad es que sólo haya dos tipos de personas: las que no tienen límites y las que no pueden cruzar las fronteras” 

Si el día 21 de diciembre el Partido Popular no gana las elecciones, quien llegue a la Moncloa tendrá que cantarle al revés el Que te vaya bonito de José Alfredo Jiménez: cuántas luces dejaste apagadas, yo no sé cómo voy a encenderlas. Porque en estos cuatro años, el Gobierno le ha quitado tantas bombillas a la lámpara que ahora mismo, cuando los discursos deberían estar llenos de promesas, sólo están llenos de negaciones, y ya casi nadie le pregunta a sus adversarios qué harán si vencen, sino qué desharían: prometo invalidar la reforma laboral que ha convertido el trabajo en otro modo de no poder ganarse la vida; derogaré la ley de seguridad ciudadana cuyo único fin es cambiarle a la Justicia la venda por una mordaza; vamos a frenar las privatizaciones bajo cuerda de la Sanidad y la Educación públicas; aquí se va a acabar la dictadura de los bancos y el Ibex 35…

Hablan en singular, pero saben que será muy difícil que todo eso pueda llevarlo a cabo una sola formación, porque en esta legislatura se ha tirado de tijera con tanta prepotencia y tan poco sentido del diálogo, que gran parte de los españoles nos hemos puesto de acuerdo en que para salir del túnel y poner orden es necesario que las cosas estén menos claras y más revueltas; que pasen a la historia el bipartidismo, las mayorías absolutas y la administración por decreto. La paradoja de nuestro sistema es que cuantos más votos recibe un partido, menos democrático es su comportamiento. A nosotros nos lo van a contar, eso o que si le cambias el orden de los factores a la famosa sentencia de Lord Acton, continúa siendo verdad: la corrupción absoluta, corrompe absolutamente al poder. Unos cobran comisiones a cambio de adjudicar contratos a tramas mafiosas y se llevan el botín a paraísos fiscales; los Jordi Pujol e hijos de este mundo nos enseñan con una mano la bandera, como si fuese el capote de un torero, y con la otra vacían la caja fuerte de la patria; y otras, como Esperanza Aguirre, hacen que la Comunidad de Madrid le pague los recibos de luz de su vivienda particular durante diez años, mientras fue presidenta y, eso sí, a la vez que daba lecciones de transparencia y mandaba poner en sus atriles un cartel con la leyenda “comprometidos con los que lo necesitan.” Las compañías eléctricas le cortan cada año el suministro de electricidad a más de un millón de familias que no tienen dinero para pagarla. Lo contrario del esplendor es la oscuridad.

Desde el día siguiente de su victoria en las urnas, los conservadores se han dedicado a tirar piedras contra su techo electoral, porque sus recortes han perjudicado, entre otros, a casi todos; es decir, también a muchos que confiaron en su programa y han visto que era papel mojado. Y ya se sabe que no hay peor decepción que la que uno sufre en sus propios carnés. Esta vez han ido demasiado lejos y ahora no saben por dónde volver, van a la deriva y dan vueltas en una montaña rusa, a cuestas de las encuestas, mientras dudan muy seriamente si en esta ocasión les va a alcanzar con las siglas, que más que un aval son un lastre, y hasta qué punto va a funcionar el característico mensaje del miedo, ahora que hemos caído en la cuenta de que lo que hace insalvable un obstáculo es el temor saltar. Por no saber, no saben ni quién saldrá elegido ni por cuánto tiempo, porque un Congreso muy fraccionado y un Gobierno que se tendrá que basar en alianzas frágiles suele ser igual a una legislatura corta.

Si el día 20 de diciembre el Partido Popular gana las elecciones, sus aliados, quienes le apoyan y en algunos casos financian, ya saben lo que le van a pedir a cambio. La CEOE y el Círculo de Empresarios, por ejemplo, exigen despidos aún más baratos y contratos aún más flexibles, más empleo a tiempo parcial o en prácticas y, en el colmo de la desvergüenza, “que se limiten el derecho de huelga y la posibilidad de impugnar ante los tribunales los despidos colectivos, que no puedan declararse nulos si los jueces advierten en ellos defectos formales y que los magistrados no tengan la capacidad de valorar si son adecuados o no, cuando la empresa alegue problemas económicos.” Las grandes entidades financieras, por su parte, al tiempo que esperan con la cuchara en la mano su trozo del pastel de Bankia, exigen que les sean autorizadas una serie fusiones en cadena que reinstaurarán el monopolio del que tanto nos costó salir y que van a mandar a más de treinta mil personas al paro. Todo ello mientras sus beneficios se multiplican: en la primera mitad de 2015, los seis grandes, Santander, BBVA, la Caixa, Bankia, Popular y Sabadell, lograron unas ganancias conjuntas 7.989 millones de euros, un 48% más que en el ejercicio anterior. Para celebrarlo, algunos de ellos luchan a brazo partido por imponer una comisión de dos o tres euros a quienes usen sus cajeros automáticos sin ser clientes.

En la España de hoy, la unidad de medida es el doble rasero; por eso aquí la desigualdad ha crecido durante la crisis más que en ningún otro lugar de Europa. Mires donde mires, te encuentras con la ley del embudo. La Audiencia Nacional sentará en el banquillo a una concejal que insultó al ex–rey, pero no parece que vaya a investigar si él se quedó con veintiún millones que le dio Arabia Saudí para el Estado y que según se ha publicado acabaron en varias cuentas de las Islas del Canal, Suiza y las Bermudas a su nombre y el de su amiga Corinna zu Sayn-Wittgenstein. El Consejo de Ministros cesa por las malas y para que se vea quién manda aquí, puesto que él había ya dimitido, al antiguo jefe del Estado Mayor, el general Julio Rodríguez, para castigarlo por irse a Podemos y acusándolo de “falta de idoneidad”; pero mantiene al frente de Defensa a alguien que se ha dedicado a repartir dinero oficial entre las empresas de armas de las que antes cobraba como asesor. Las puertas giratorias no se pueden cerrar de un portazo, así que habría que desmontarlas.

A la escritora india Arundhati Roy la conoció el mundo entero por su novela El dios de las pequeñas cosas, pero a su valor como narradora hay que añadir su papel de activista, su defensa sin cuartel de los humillados y ofendidos, como los llamó Dostoyevski y su lucha infatigable contra el sistema de castas que maneja su país. En Espectros del capitalismo, un libro recién publicado por la editorial Capitan Swing, explica cómo en la democracia más grande del mundo, con más de ochocientos millones de votantes, todo se ha manipulado para que tan sólo cien personas acumulen una riqueza que equivale a una cuarta parte del PIB y naden literalmente en oro, mientras el resto subsiste por lo general con veinte rupias al día, unos treinta céntimos de euro, y los que alcanzan los dos dólares se pueden considerar unos privilegiados.

En Bombay, la gente se muere de hambre por las calles, pero el hombre más rico de la ciudad tiene una casa de siete plantas con tres helipuertos, nueve ascensores, varios jardines colgantes, una pista de esquí con nieve artificial, un gimnasio, un salón de baile y seiscientos criados. En Nueva Delhi hay personas acaudaladas que viajan en aviones privados y niñas que se pelean a golpes en los cruces de las carreteras por quedarse una limosna de quince céntimos que le han sacado a una turista. Cuando se celebraron allí los Juegos de la Commonwealth, las fuerzas del orden hicieron desparecer a los vendedores ambulantes y los conductores de rickshaws, y se encerró a miles de mendigos en los barrios de chabolas del sur, que fueron tapados con vallas publicitarias donde se reproducía la leyenda “Delhiciosamente tuya”.

En todo el país, el Gobierno expropió a los agricultores las tierras que les daban de comer, para vendérselas a precio de saldo a corporaciones privadas internacionales que las destinaron a sus agronegocios. Cuando las víctimas protestaban, ocurría lo que pasó en Kalinganagar: las fuerzas del orden disparaban contra los manifestantes y después acusaban a los muertos de terroristas, exactamente lo mismo que hizo con los maestros de Calcuta que trataban de denunciar los abusos de la policía; con quienes se quejaban por haber sido expulsados de las selvas de Chhattisgarh o de la zona occidental de Bengala; con los campesinos de las junglas del centro de la nación, que suelen acabar en la cárcel acusados por maoístas; o con los habitantes de las poblaciones que fueron desalojadas para construir presas como la de Kalpasar, que conlleva el desplazamiento forzoso de ciento ochenta millones de seres humanos. La avaricia mueve montañas y, como dice Roy, el lema de quienes la practican es: “cuanto más se tiene, más se puede tener.”

Conviene no pasar por alto ejemplos de esa magnitud, porque cuando te detienes en ellos te fijas en la cantidad de similitudes que hay entre lo que ya ha ocurrido en sitios como ese y lo que podría llegar a suceder aquí si hoy no les paramos los pies a quienes mañana van a bailar sobre nuestras tumbas.

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