En Transición

Arde París

Empezó como una revuelta contra la subida del diésel, pero es obvio que eso fue sólo el detonante. A cualquiera que hoy le digas que el 15M encontró su chispa en la Ley Sinde le costaría recordarlo. En unos días, nos pasará lo mismo cuando recordemos que los Gilets Jaunes (chalecos amarillos)Gilets Jauneschalecos amarillos que están prendiendo fuego a Francia empezaron a movilizarse contra esta subida de los combustibles. Y una vez más, el origen no es baladí, pero es sólo eso, el origen. Hoy, a los primeros manifestantes se han unido estudiantes, agricultores y clases medias urbanas venidas a menos que en su momento, hartas de los partidos, confiaron en Macron y hoy vuelven a estar decepcionadas. No deja de ser irónico que el movimiento con el que el hoy presidente llegó al Eliseo se llamara En Marche!, una especie de premonición de la importancia que la movilidad iba a tener en su mandato.

La forma que ha adoptado la reivindicación de los chalecos amarillos no tiene mucho de original. Lo llevamos viendo desde hace 20 años y alcanzó su madurez en España con el 15M: un movimiento que crece en las redes sociales, que repele los liderazgos, sin portavoces, sin una lista clara de reivindicaciones –pese a algunos carteles que han ido difundiéndose por las redes– y sin nadie con quien negociar, porque en el fondo no hay nada que negociar. No se trata de una subida salarial, de una bajada de impuestos ni de un incremento de partidas presupuestarias para no sé qué servicio público. De hecho, la retirada del impuesto al diésel no sólo no ha parado la protesta. No. Se trata de un malestar difuso que encierra causas distintas y que señala que el rey, aunque sea republicano, está desnudo. Es inevitable recordar a Stiglitz y su Malestar en la globalización, de obligada lectura.

La frustración es doble, y quizá eso explique el "odio" –en expresión de Marc Bassets-  si se piensa que Macron fue el enfant terrible que venía a salvar la democraciaenfant terrible de la debacle de los partidos tradicionales. Él fue el plan B para muchos franceses, que hoy se sienten doblemente decepcionados y que empiezan a comprobar que la democracia liberal representativa ya no da respuesta a los problemas de esta fase del capitalismo. Y qué mejor sitio para mostrarlo que en el París revolucionario que exhibe con orgullo su Asamblea Nacional y que lleva cincuenta años contestando que bajo sus adoquines, en vez de arena de playa, existía un suelo firme donde el anclaje de los cimientos de la democracia liberal burguesa había encontrado un sólido apoyo.

Debajo del alquitrán de las carreteras por las que discurren todos los días los que comenzaron a vestirse esos chalecos amarillos se han ido acumulando toneladas de indignación, de desafección hacia un sistema del que se sienten cada vez más abandonados.

Si la Revolución Francesa, símbolo por excelencia de la modernidad, consagró el ideal de movilidad social y geográfica, la crisis de 2008 y las últimas reformas anunciadas se han encargado de dar al traste con ambas. Previo a la toma de la Bastilla, los que se alzaron incendiaron las barreras de acceso a las ciudades para no pagar un peaje antes de entrar. Hoy, lo que están incendiando no son sólo los coches y el mobiliario urbano con el que se cruzan. Las que arden son las barreras que separan posiciones sociales entre aquellos que viven en grandes ciudades, son cosmopolitas, digitales y pueden asumir la globalización por la que navegan cómodamente, y aquellos otros que tiemblan sólo de pensar que llega una nueva ola de cambios.

Lo describe muy bien Pierre Rosanvallon en Le Monde: no estamos tanto ante una lucha de clases como de posiciones. Una brecha que se ha abierto ya en buena parte del mundo occidental y que seguirá extendiéndose. Se trata de entender un nuevo eje de la desigualdad que no tiene tanto que ver -aunque también– con la renta o la edad, sino con eso que llamamos el status, la posición social o el modo de vidastatus.

Frente a los modos cosmopolitas, que circulan cada día por redes de transporte público para acceder a los servicios sanitarios, los centros culturales, los ámbitos de trabajo en oficinas y despachos, y donde no faltan estímulos sociales, puntos de encuentro y espacios exóticos dentro de la homogeneidad, existe una Francia –y una España, y una Europa, y un Occidente-, donde los servicios públicos o no llegan o son deficientes, donde no existe el teletrabajo y es preciso hacer todos los días decenas o cientos de kilómetros, donde raramente llegan obras de teatro, estrenos cinematográficos o novedades editoriales. No es exactamente la división rural–urbano, sino más bien una forma de estar que no sabría cómo definir porque me resisto a pensar que lo contrario al cosmopolitismo es… el proteccionismo.

¡Menospreciados! es, de hecho, la queja que más se está escuchando estos días cuando se analizan entrevistas y declaraciones de quienes participan en las protestas. Una parte de la sociedad a la que no se tiene en cuenta desde las capitales ni por parte de quienes, aunque no tengan en ellas su vivienda habitual, trabajan viajan y se relacionan como si el tiempo y el espacio se hubieran volatilizado. Recorren distancias de cientos de kilómetros en apenas hora y media en trenes de alta velocidad, acuden a fiestas de cumpleaños a varias horas de viaje de su lugar de residencia, están permanentemente conectados con seres queridos –y bastante parecidos a ellos– que habitan en las antípodas, y sus vidas se desenvuelven ya en un entorno global, cuya preservación les interesa cada vez más e impulsa a evitar el uso del vehículo privado y consumir frutas y verduras de precios escandalosos procedentes de la agricultura ecológica. Una brecha más, por tanto, que se une a las ya múltiples que han surgido en los últimos años.

Frente a esta realidad, sigue existiendo esa otra en la que, como digo, no es posible el teletrabajo, a la que ya machacó la crisis del 2008 de forma especial, y que tiembla viendo cómo las siguientes –e inaplazables– reformas van a recaer también sobre sus espaldas.

Por si a alguien le cabía alguna duda, la transición ecológica, irrenunciable, imprescindible y urgente, en la que nos va la vida, o es justa o no será. No si su precio recae sobre las espaldas ya corvadas de quienes han soportado con mayor virulencia el peso de la crisis.

No es de extrañar que las formaciones políticas –ni las nuevas ni las tradicionales– no encuentren respuesta a estos nuevos desafíos. Es que todos los nuevos retos, juntos, dibujan un nuevo paradigma que de momento no alcanzamos ni a ver en su profundidad. Podemos mirar a la época de entreguerras para entenderlo, o al 68 francés para encontrar analogías, pero estamos viviendo en tiempo real un cambio que habremos de interpretar y al que dar respuesta. Y lo que es más importante: no podemos equivocarnos porque la intransigencia, la xenofobia, el machismo más rancio y el autoritarismo más implacable aprovecharán cualquier error. Otro día hablaremos de Andalucía.

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