Qué queda de democracia en EEUU

Quienes nos preguntamos en 2016, cuando Trump llegó al poder por vez primera, cuáles serían los efectos que provocaría tener un presidente así en la Casa Blanca, nos debatíamos entre dos tipos de previsiones. Por un lado, quienes consideraban que el sistema tiene suficientes resortes para resistir los embistes de la barbarie, los famosos check and balances, los contrapesos establecidos en la primera democracia del mundo. Por otro, había quienes no dudaban de que el destrozo iba a ser inevitable. El primer mandato de Trump pareció dar la razón a los primeros, aunque los signos de deterioro de la convivencia habían arraigado ya. El segundo mandato que ahora vivimos bascula hacia el lado contrario. ¿Hemos de asumir que, inevitablemente, Trump va a arrasar con todo? No tan rápido.

Un análisis detallado de lo ejecutado en lo que va de mandato, como este que publica Le Grand Continent, conduce a la locura, no hay consuelo. Pero aquí no acaba la Historia: las movilizaciones de estos días en Minneapolis pueden ser un punto de inflexión en dos sentidos. En primer lugar, porque ha obligado a Trump a echar el freno y se han abierto discrepancias serias entre los suyos. Las protestas le llevaron a destituir a Greg Bovino, jefe del operativo antiinmigración, y su sustituto empezó a hablar de “desescalada”, lo que provocó la reacción inmediata de Steve Bannon, que pedía más madera. Al mismo tiempo, las críticas de Trump al hecho de que Alex Pretti, el enfermero asesinado por el ICE, portara un arma, provocó la respuesta airada de la Asociación Nacional del Rifle, apoyo imprescindible de los republicanos. Se abren grietas entre los bárbaros mientras la aprobación de Trump cae en las encuestas a un 37%, su mínimo.

Lo más relevante, sin embargo, a mi juicio, es lo que está sucediendo al otro lado. La violencia, asesinatos, detenciones de niños y la mentira sistemática ha acabado con la paciencia de los ciudadanos, y la sociedad civil, ¡al fin!, ha saltado a las calles. Movilizaciones multitudinarias, redes de apoyo entre los vecinos, asociaciones prestando ayuda a quien lo necesita y articulando colaboración. Una sociedad civil que tradicionalmente ha sido fuerte y bien estructurada en EEUU, parecía haberse rendido ante la barbarie, pero ha resucitado. Ha empezado a ser consciente de su poder y a ejercerlo. Ha sido capaz de lanzar un grito de dignidad al mundo que debemos escuchar.

De Niro clama contra el neofascismo, Michael Keaton se dirige a los propios votantes de Trump para advertirles: “¿No os dais cuenta de que esa gente a la que apoyáis os desprecia, se ríe de vosotros?

Junto a ese tejido social, la cultura ha reaccionado. Streets of Minneapolis de Springsteen quedará ya para la historia como un canto de guerra contra la barbarie. ¡Por algo es el Boss! Junto a él, Neil Young, Mark Ruffalo, Madonna, Whoopi Goldberg, Harrison Ford o Stephen King, como cuenta aquí David Gallardo, han entendido el poder de la cultura, que, junto a una sociedad civil movilizada, puede ser imparable. De Niro clama contra el neofascismo, Michael Keaton se dirige a los propios votantes de Trump para advertirles: “¿No os dais cuenta de que esa gente a la que apoyáis os desprecia, se ríe de vosotros?

Lo que queda de democracia en EEUU hay que buscarlo hoy en las calles de Minneapolis y en los escenarios de quienes están dando pasos al frente. Ojalá sea una ola que se extienda al resto del país. En noviembre se celebran las elecciones de medio mandato donde se eligen 435 congresistas, 33 de los 100 senadores y 34 de los 50 gobernadores que dirigen los Estados. Trump sabe que no lo va a tener fácil. “Si pierdo, buscarán una excusa para destituirme”, ha declarado. Mientras acabo esta columna llega la noticia de que en Texas los demócratas han arrebatado el escaño a los republicanos, que lo habían ganado en 2024 con 17 puntos de ventaja. 

Viendo las imágenes de las manifestaciones multitudinarias y la fuerza con la que hablan quienes las lideran, me gustaría pensar que, al menos como hipótesis, todavía podemos creer en esa visión que defendía que las democracias tienen los contrapesos suficientes para parar la barbarie. Ojalá. Si así es, y coincidiendo con el nobel Acemoglu (ver aquí), estoy segura de que todo dependerá, como siempre, de la movilización de la sociedad civil, del pueblo.

Si esto ocurre, Trump irá perdiendo hegemonía. Pero aquí tampoco acabará la Historia. Desde que las ultraderechas emprendieron la ofensiva en el conjunto de occidente, han llegado al poder en algunos casos, han caído en otros y vuelto a subir después…. La alternancia se sigue produciendo en unos y otros gobiernos, pero hasta la fecha, nadie ha conseguido dar respuesta a los malestares y descontentos que fundamentan el apoyo a los bárbaros.

Ese es el auténtico desafío. Tomemos nota también en esta parte del mundo.

Quienes nos preguntamos en 2016, cuando Trump llegó al poder por vez primera, cuáles serían los efectos que provocaría tener un presidente así en la Casa Blanca, nos debatíamos entre dos tipos de previsiones. Por un lado, quienes consideraban que el sistema tiene suficientes resortes para resistir los embistes de la barbarie, los famosos check and balances, los contrapesos establecidos en la primera democracia del mundo. Por otro, había quienes no dudaban de que el destrozo iba a ser inevitable. El primer mandato de Trump pareció dar la razón a los primeros, aunque los signos de deterioro de la convivencia habían arraigado ya. El segundo mandato que ahora vivimos bascula hacia el lado contrario. ¿Hemos de asumir que, inevitablemente, Trump va a arrasar con todo? No tan rápido.

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