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La impostura

Algunas anécdotas de la realidad tienen mucha trastienda. Después de reírnos y de bromear con los amigos, se nos queda la ironía pensativa en los ojos y uno empieza a dudar y a bromear a medias ante el espejo.

Me he reído con la aventura estafadora del joven Francisco Nicolás. No es nueva la realidad chistosa que a veces provoca la farsa social. En el entierro de Nelson Mandela, un falso intérprete de signos llamado Thamsanqa Jantjie estuvo traduciendo las palabras de los altos mandatarios del mundo con un galimatías de aspavientos. Aquel absurdo definió mejor que nada la hipocresía de un duelo en el que muchos políticos reaccionarios y xenófobos alabaron sin medida el significado histórico de Mandela.

Ahora recoge la antorcha nuestro joven Francisco Nicolás, un muchacho de 20 años, cercano a los ámbitos del PP, que con arte y simpatía se ha hecho pasar por asesor de la vicepresidenta del Gobierno y por agente del CNI. Las fotos que comparte en reuniones y besamanos con las más altas instancias del Estado dan testimonio de la carrera meteórica de un aventurero de los despachos. Según el informe forense, elaboró y vendió una “florida ideación delirante de tipo megalomaníaco”.

El convincente Francisco Nicolás utilizó su falsa enjundia para recibir euros a cambio de gestiones y favores. La magistrada que instruye el caso no acierta a entender cómo un joven pudo, “con su mera palabrería”, entrar en donde entró y conseguir lo que consiguió. Pero los servicios de seguridad no son perfectos, como demostró Thamsanga Jantjie al colocar su teatro de manos junto al presidente Obama. Y basta, por desgracia, tomar conciencia del país en el que vivimos para comprender que alguien pague 25. 000 euros a un joven con chaqueta en espera de que el Gobierno ayude a vender una propiedad en Toledo.

Uno se ríe con las burlas de Francisco Nicolás. Luego uno vuelve a reírse al pensar en la “florida ideación de tipo megalomaníaco” que define a algunos personajes de postín y patatán de nuestra vida pública. Y, finalmente, uno se mira en el espejo, pasa de la anécdota a la trastienda y medita sobre los límites de la impostura. Basta haberse visto obligado a defender los propios méritos en unas oposiciones a cátedra para intuir al impostor que todos llevamos dentro.

¿Qué hacemos con ese impostor? Como esbozó la poesía cortesana, el secreto está en el origen de la intimidad. Somos secretarios de nosotros mismos, algo que después demostró también la novela decimonónica con ayuda de los sentimientos de culpa. Nos hacemos en lo que decimos y lo que callamos.

Optar por la sinceridad absoluta es malo. Nuestros instintos pueden hacernos sacar sin educación a la calle toda la suciedad que debe quedarse en la ducha del cuarto de baño. Educarse supone elaborarse, cultivarse, conseguir fruto de un árbol que a veces se abona con estiércol. No es bueno eso de llamarle gordo a un amigo en cuanto nos cruzamos con él en un semáforo. ¡Qué gordo te veo, Jesús! La representación condensa virtudes que hacen posible y real la convivencia pública.

Optar por la hipocresía como norma también resulta negativo. Institucionalizar la mentira nos convierte en seres huecos, reproductores de palabras sin significado, hábiles partidarios de la formalidad y el procedimiento, dueños de un urbanismo que se convierte con facilidad en la máscara del engaño y de la falta de compromiso.

Los matices de la representación, fundamentales en la vida pública, marcan el devenir de las ilusiones políticas. Comprender que el mercado electoral tiene sus reglas de comunicación y sus audiencias es una virtud imprescindible en un sistema democrático. Si se quiere gobernar resulta decisivo saber qué horizonte de expectativas tienen los votantes. Sólo así es posible saludarlos con buenos modales en la calle. Pero subirse a la ola de las encuestas, hablar sólo de lo que resulta simpático y desentenderse de algunas cuestiones importantes convierte a los representantes públicos en cazamariposas. Una buena audiencia no implica que el programa de televisión sea bueno.

Dos medias verdades no forman una verdad completa, sino el hueco abierto para las mentiras. No es lo mismo un movimiento para tener buenos resultados electorales que un proyecto para transformar una sociedad. La cuestión es compleja y nos interpela, igual que la impostura, porque también es cierto que sin buenos resultados electorales resulta imposible transformar la sociedad. Así que a debatir con uno mismo y a pensarse las cosas tres veces.

Bueno, pero estas últimas consideraciones ya no tienen que ver con el joven Francisco Nicolás, asesor florido y megalomaníaco de la vicepresidenta. Está más relacionado con una coincidencia sustanciosa: la celebración del 40º aniversario del congreso de Suresnes que cambió la dirección del PSOE y la gran asamblea de Podemos en Vistalegre. Lo primero ya es historia. Espero que lo segundo vaya bien y con suerte.

Museo de la memoria

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