La derecha gobierna para un puñado de millonarios

Eran paisaje habitual de estaciones de transporte, de mercados y lugares transitados, desde la mitad del siglo XIX hasta, al menos, la década de los ochenta del pasado siglo. Los mozos de cuerda, hombres corpulentos, cuando no esforzados, que acarreaban el equipaje de los viajeros, a veces en carretilla, otras al hombro uniendo hábilmente los bultos con un cordel, de ahí su nombre. En la vieja estación de Atocha, la que más tarde se convirtió en un vergel, esperaban la faena bajo el hierro forjado y el tabaco negro, en actitud vigilante para evitar la competencia desleal.

Aunque su profesión estaba regulada, lo que les proporcionaba unas tarifas, una insignia que lucían en la gorra o el abrigo, e incluso, durante un tiempo, les otorgó funciones auxiliares en la seguridad pública, disolviendo riñas o sacando a los borrachos de las fuentes, en el tumulto de la ida y llegada de los trenes siempre se colaban espontáneos, conocidos como soguillas, que hacían la misma labor tirando los ya bajos precios por los suelos. Si quien esperaba en el andén traía abundante equipaje, con las iniciales grabadas, había que andarse al quite. Lo mismo hasta caía propina.

Estampas de una España, más que en blanco y negro, en daguerrotipo. Un país de escasez y frío, de esfuerzo y astucia, de buscarse el sustento de la manera que fuese. Los mozos de cuerda desaparecieron de las estaciones entre otras cosas porque ya casi nadie viaja con la casa a cuestas, pero sobre todo porque, al menos por un tiempo, aparecieron empleos con nómina, derechos y sindicatos: no hay nada más moderno que formar parte de una plantilla con convenio. Eso hasta que llegó el siglo XXI y trajo el triunfo del sálvese quien pueda, caracterizado por un mochilón amarillo a la espalda.

Tras la verborrea del neoliberalismo tan sólo se hallaba esto, que los empleos pasaran de ser oficios regulados a ocupaciones caóticas: nuestra contemporaneidad, por muchos colorines con los que se vista, tiende empujada por la rapiña digital hacia lo pretérito. Y así los mozos de cuerda, que pensábamos extintos, transportan hoy una hamburguesita de buey de Kobe, seguramente de vaca de Parla, justo el día que cae un intenso chaparrón, cumpliendo así otra de las reglas de nuestros días: lo profundamente gilipollas que nos hemos vuelto.

Este tipo de economía crea muchos pobres con faena y unos pocos millonarios de postín, que, unidos a los de rancio abolengo, necesitan a sus 'soguillas' para que les lleven las cuentas de la forma más creativa posible, esto es, con mucho paraíso fiscal y poca vergüenza. Además de los profesionales de la materia, que tendrán alguna denominación en inglés de esas que dan tanta rabia, tienen a unos cuantos políticos para hacerles la elusión fiscal aún más fácil. Mejor ponerles nombre: los presidentes autonómicos del PP, que, con el cordel al cuello, gritan en el andén diciendo que ellos se lo hacen por menos.

Cada vez que alguien promete una rebaja fiscal debería detallar a continuación de qué partida va a restar el dinero que dejan de ingresar las arcas públicas

Y así, Isabel Díaz Ayuso, la adelantada, decidió regalar a 500 ricos en el año 2021, último del que tenemos cifras, 1.200 millones de euros al dejarlos exentos de pagar el impuesto de patrimonio. Juanma Moreno, ese señor tan popular, le copió la idea, y con la llegada de Vox a las comunidades gobernadas junto al PP, se acaban de unir a esta fiesta la Comunitat Valenciana, Extremadura, Aragón, Baleares y, en nada, también Murcia. Una carrera indecente, con el pitillito en la boca, en el que las derechas gritan a los del equipaje con iniciales que ellos se lo hacen por menos.

Ahora que tanto se va a hablar de solidaridad territorial, de independentismo, de egoísmo de los que más tienen, convendría recordar que Ayuso ha situado a Madrid como la comunidad responsable del 98% de este agujero fiscal para dar satisfacción a un 0,2% de los madrileños. Efectivamente, en España aún existe un procés, el tramado por la inquilina de la puerta del Sol, para convertir la región que gobierna en un lupanar para millonarios, arrastrar por el suelo la solidaridad con el resto de provincias y humillar de paso a los ciudadanos que le dieron su voto: a ellos les deja la conspiranoia y las guerras culturales.

Cada vez que alguien promete una rebaja fiscal debería detallar a continuación de qué partida va a restar el dinero que dejan de ingresar las arcas públicas, qué servicios van a empeorar o cuáles de ellos van a echar el cierre. Y también, ya que estamos, promover que los ricos nos enseñaran qué van a hacer con la pasta de los impuestos que se les han condonado: el duodécimo deportivo, tomarse un té cultivado por vírgenes nepalíes o alimentar con ternera de Kobe, esta de verdad, al velociraptor de su finca pacense. Será por ideas.

Ahora en serio. Que todo esto suceda en los años posteriores a una pandemia, en plena guerra en Europa, en un proceso de transición energética, cuando lo público se ha demostrado condición necesaria para equilibrar, avanzar y, sencillamente, sobrevivir, es un disparate. Ya no se trata tan sólo de una cuestión de justicia social, algo que no es poco, sino de que los países que consigan salir fortalecidos de esta encrucijada tomarán mucha ventaja en un mundo que será mucho más crudo que en el que crecimos. No estamos para caprichos, al menos que quede por escrito.

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