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Mala hierba

Feliz cumpleaños, chaval (Una carta al pasado)

Portada Daniel Bernabé

Recuerdo el verano de 1998 como si fuera ayer y lo recuerdo porque todo estaba por estrenar. El principio de la juventud es esa época donde todo brilla y todo parece al alcance de la mano, donde nos pensamos tan infalibles como inteligentes, donde el miedo a fallar se compensa con la esperanza de lo que está por suceder. No todas las vidas se parecen, sobre todo porque no todas parten del mismo sitio: algunas arrastran la escasez material pero también la de imaginar posibilidades, otras son impulsadas desde el primer momento para que todo encaje donde tiene que encajar. Pero todas, una y otras, tienen en común que parten de algún sitio para dirigirse hacia alguna parte. Un día te acuestas pensando en que todo está por recorrer y cuando despiertas has llegado ya a la mitad de tus días.

Los cumpleaños son un buen momento para la celebración, que durante un tiempo se piensa como una gran fiesta acompañada por el exceso. Realmente no son más que una ocasión para pasar un rato agradable al lado de aquellos a los que quieres. En la infancia había una emoción chispeante por aquello de los regalos y la tarta, aunque diera una enorme vergüenza que mucha gente fijara su vista en ti mientras que cantaban y aplaudían. En la infancia el tiempo es elástico e inabarcable porque apenas hemos dispuesto de él, por eso, cuando ya le hemos tomado una cierta medida a la repetición de amaneceres y ocasos, los cumpleaños son una ocasión propicia para echar la vista atrás y hacer balance, una misión peligrosa a riesgo de quedar atrapados en la bruma de la nostalgia.

Siempre pienso qué escribiría si pudiera hacer llegar un mensaje al pasado, uno quizás anónimo, en forma de un libro que se despista en un autobús, carretera de Carabanchel a Leganés, con algunas páginas marcadas. Si valdría de algo advertirme de cuestiones que hoy creo irrenunciables y que hace más de veinte años no entraban siquiera en mi mapa vital: la letra enseña y marca senderos, pero la única manera de aprender es paso sobre paso, jornada sobre jornada, golpe a golpe, verso a verso. No obstante, el ejercicio valdría la pena, sobre todo porque siempre que le hablamos al pasado, que no es más que una marca en la memoria, realmente a quien estamos hablando es a nuestro futuro: rememorar es siempre el primer paso para construir.

De las pocas cosas de las que estoy seguro, tal y como una vez me dijo un amigo de esos con la afiliada sabiduría que da la calle, es de que los discos, los libros y las películas nunca te fallan. This time tomorrow de los Kinks no te va a arreglar la vida, pero te va a hacer sentir menos solo. No estábamos equivocados cuando decíamos que “había que ver” Ladrón de bicicletas, más que como una obligación social para tener tema de conversación, como si se tratara de algún tipo de epifanía. Tampoco cuando al abrir las páginas de La soledad del corredor de fondo descubriríamos que eso que pensábamos propio e irrepetible ya le había pasado a otro antes porque, en el fondo, nos llevamos contando las mismas historias miles de años. Fuimos la generación que alcanzamos la cúspide del siglo XX, la que miramos con reverencia a los que nos antecedieron pero, no te engañes, también la que no tendrá a nadie a quien legar lo que atesoró con ilusión. Es triste, pero es lo que hay.

Hablando de tristeza, la vida tiene momentos duros, algunos de ellos sin parangón posible en esa escala que nos pone todo del revés y que nos ata una serpiente al cuello, dejándonos casi sin respiración, sin saber cómo continuar al minuto siguiente. No te apures, aprieta los dientes, no intentes escapar y enfrenta ese sentimiento azul y frío con toda la entereza que puedas. Aprende. Y sobre todo procura llorar por aquello que merezca la pena ser llorado. No siempre todo lo que pensamos definitivo lo es, no siempre todo lo que suponemos una tragedia merece ni de lejos ese nombre. Es egoísta cuando se tienen buenas cartas jugar tan mal algunas manos: si los golpes van a llegar es absurdo buscarlos, delincuencial regodearse en ellos. Y recuerda, el sol sale siempre para todos.

Vas a hacer daño y te van a hacer daño. De lo segundo procura protegerte. Hay miseria, traición y mezquindad en los demás. Los malos, los malos de verdad, son apenas un puñado entre nosotros, ese no es el problema. El problema es que descubrirás que los tontos son tan capaces de fusilar como los listos, que incluso la persona más bonita te puede dejar roto en el momento más inesperado. Aprende a valorar, pero no seas nunca desconfiado, no te dejes arrastrar al odio. En eso los jedis tenían razón: el lado oscuro existe y es enormemente tentador, vivimos en una sociedad que premia a quien pisa para ascender. Perdona, a los demás y a ti mismo, es uno de los sentimientos más liberadores que existen. Y pregúntate cada día, cuando te mires al espejo por las noches, si ese día has sido una buena persona, no en general, ese día en concreto: la vida no se construye de grandes intenciones, sí de momentos pequeños. Tú también harás daño muchas veces y serás incapaz de verlo.

Estabas en lo cierto cuando pensabas que no había mayor satisfacción que mirar a los ojos de alguien más poderoso que tú y no bajar la mirada cuando la razón te asiste. Vivirás varios episodios gloriosos a este respecto, totalmente inútiles para el devenir general, pero gloriosos al fin y al cabo. Los protagonistas serán algunas ratas de moqueta, algún tipo peligroso e incluso algún juez del Tribunal Supremo: uno de ellos te costará tu empleo pero habrá merecido la pena. Porque merece siempre la pena mantener lo que uno cree si tiene el oído atento a lo que los demás piensan. Muchas de las cosas que das por seguro en política se derrumbarán ante tus ojos como un castillo de naipes. Muchas otras permanecerán, a la vista de todos, pero ocultas a sus pasiones. Nuestro yo del futuro no me ha advertido de nada más –esperemos que sea sólo cansancio– así que no tengo más respuestas que darte en este epígrafe. Bueno, sí, quizá sólo una: el destino del mundo no depende de ti en exclusiva, chaval. Te honra sentir tanto peso ajeno, pero tampoco te flipes.

Invita a salir a la chica de ojos azules que repartía el 20Minutos en el metro de Ríos Rosas. Intuyo que puede ser una gran aventura, quizás incluso algo más. Que te sonriera todas las mañanas de aquella manera tan especial era, pedazo de imbécil, un síntoma evidente de algo.

Respecto al amor tengo poco que ofrecerte. Seguimos igual que siempre, es decir, mal. Conformate con saber que el ser humano no ha sido capaz de definir el amor de una forma satisfactoria en toda su historia. Es una de las emociones más bonitas que existen, pero también una de las más peligrosas si no se sabe llevar. Nadie te va a salvar de tus demonios, nadie tiene las respuestas que tú no eres capaz de encontrar cuando estés a solas, nadie tiene el deber de aguantar lo que no le pertenece. Una serie de dibujos animados protagonizada por un caballo te dará algunas claves en esto de querer: llegará tarde, pero los salvavidas llegan de donde menos te lo esperas. En esa serie verás una escena donde un personaje le dice a otro: “No hay nada más injusto que hacer creer que quieres a alguien por pena”. No lo hagas nunca. No dejes que lo hagan contigo. Disfruta mientras suenen las trompetas del apocalipsis pero, esto es importante, aprende a querer cuando tengas la cara tiznada por el hollín de lo cotidiano. Y, a pesar de todo, nunca te arrepientas. Incluso las historias más decepcionantes dejarán, después de un tiempo, algo cálido en ti.

Algunos últimos consejos rápidos: la noche es maravillosa para ir de visita, no para quedarte a vivir en ella. Al final, con el amanecer somos todos más feos de lo que pensamos. El sexo está bien, pero está sobrevalorado, sobre todo porque no se trata tanto de lo que se acaba haciendo que de lo que se piensa que se va a hacer. A partir de mitad de la treintena, si no haces deporte, brota una insidiosa barriga que te arruinará tus mejores camisas. Viaja todo lo que puedas, no esperes encontrar en los viajes respuestas para nada. En Viena un tipo te intentará atracar en el metro. Cuando te saquen una pistola en un after de Lavapiés sonríe y dile que te invite a una copa: saldrá bien. No nos toca la lotería de Navidad, puedes ahorrarte el dinero y comprarle un regalo bonito a alguien. Fíjate en la arena de una playa en Rota, encontrarás algo que llegará a tus manos después de cientos de miles de años. Los gatos tendrán cosas que contarte. Aprende de ellos.

Nunca dejes de escribir, aunque pienses que es una ilusión baldía, que eso no te pertenece, que no eres lo suficientemente bueno ni listo para hacerlo. Nunca dejes de escribir.

Confía en tu familia, siempre van a estar a tu lado. Pero eso tú ya lo sabes.

Disfruta de tus 18 años, Bernabé, lo único que podemos decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado, hacer de nuestra vida un lugar, al menos, digno.

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