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Jugar detrás del balón o tomar la iniciativa

Hace unas semanas hablaba con un sindicalista de los que han estado en primera línea desde que, allá por marzo de 2020, un virus nos puso la vida patas arriba. Digo estar en primera línea no como una frase hecha, sino como una realidad. A saber, desde la puesta en marcha, junto a Trabajo, del sistema de ERTE hasta la negociación de la Reforma Laboral, desde los centenares de pequeñas huelgas y conflictos que pasan desapercibidos al foco mediático hasta el impulso al SMI, el ojo vigilante a una ultraderecha que no ha parado de crecer, también hacia unos fondos europeos para evitar que acaben en manos turbias. Dos años muy agitados, inéditos, tras una década donde nos enfrentamos a la mayor crisis económica después de 1945. Aquella conversación fue justo unos días después del estallido de la guerra. Su aspecto era una mezcla de estupefacción y cansancio: “vamos a seguir ahí, pero ¿qué falta por suceder?”.

Cuando parecía que estábamos a punto de ver la luz, cuando creíamos que el tema de conversación de esta primavera iba a ser la retirada de la mascarilla, Putin invade Ucrania. Las consecuencias humanitarias son desastrosas. También las económicas. Esta es una de esas crisis que alteran el devenir de un continente que ya venía con las pilas justas: nada es casual. En España, tal y como sucedió al inicio de la pandemia, hay unos cuantos relamiéndose el bigote. Unos piensan en una gran coalición PP-PSOE, otros en meter a los ultras en la Moncloa, sueño húmedo del aznarismo desde 2004. Todos ellos en laminar a una izquierda que no ha sabido encontrar la alquimia entre estar gobernando y explicar su labor a unas bases que esperaban más. Esta amenaza se vislumbra y el debate es si enfrentarla volviendo de nuevo al papel de forasteros del poder o reclamar un lugar ganado a pulso en la construcción de la democracia.

En la conversación con aquel sindicalista, mi respuesta fue de ánimo, pero olvidando un hecho que creo esencial para entender el nuevo contexto: el trabajo vuelve a ser el centro del debate público. Sin haber perdido nunca importancia en la realidad, lo laboral había sido postergado a una cuarta fila en la conversación política, tanto institucional como activista. La acertada estrategia de Yolanda Díaz y su equipo forman parte de la ecuación, pero, sobre todo, que el virus nos hiciera patente lo fundamental sobre lo contingente. Lo cierto es que cuando se habla sobre convenios, salarios y jornadas, cuando lo público se muestra necesario, cuando el Gobierno alemán nacionaliza la filial germana de Gazprom, las posibilidades de la izquierda de recuperar protagonismo aumentan. Un contexto impensable hace un par de décadas. Una nueva mano en la que se contaría con cartas ganadoras si no fuera porque hubo obcecación en renunciar al trabajo como núcleo articulador de su acción política.

Quien juega detrás del balón suele perder el partido: no sólo es el cansancio sino la imposibilidad de poder desplegar su juego

Quienes ya han visto este cambio en el centro de gravedad de los problemas públicos han sido los ultras: son malos, no tontos. Y han estado raudos en aplicar una estrategia corporativista, como ya les contamos por aquí, es decir, ocupar el espacio de los conflictos laborales, donde su sindicato negro no pincha ni corta, para manipular los empresariales en su beneficio. España es un país que, tras la pasada crisis, realmente desde los años 90, ha ido perdiendo masa salarial convirtiéndola en trabajadores autónomos y pequeños empresarios: para el orden de clase es más óptimo un país de propietarios diminutos que de grandes plantillas. Este ecosistema productivo atomizado resiste mucho peor las crisis: estos trabajadores con NIF pasan a la precariedad más descarnada. La cuestión es que, emancipados de su conciencia de clase, con una relación mercantil en vez de laboral, son mucho más susceptibles de ser manipulados por las derechas. En todo caso el problema material está ahí, uno que se está solventando mediante la respiración artificial con dinero público, uno que requeriría una ordenación estatal de estos sectores.

Pero lo que existe, también, es un blanqueamiento de la explotación más sórdida. Es cierto que hay pequeños empresarios que sufren el incremento de precios y unas cadenas de venta inasumibles, como también que hay otros, con los que se comparte pancarta, que son simplemente unos explotadores. El conflicto inflacionario les proporciona la coartada para obviar que sus problemas derivan del bajo valor añadido, unos salarios de pena y unas condiciones lamentables. ¿La última? La de los empresarios de hostelería eventual que han amagado una protesta en la Feria de Sevilla. Con la complicidad o impericia de buena parte del aparato mediático, incluida la televisión pública, se ha extendido la idea de que este nuevo conflicto se derivaba de la nueva reforma laboral.

Les traduzco: para las derechas era muy jugoso, tras dos años sin Feria de Abril y con unas elecciones andaluzas a las puertas, extender la idea de que la comunista Díaz venía con sus artimañas a amargar la diversión. Justo en el día en que conocimos que la contratación indefinida volvía a batir récords, la propia ministra de Trabajo tuvo que explicar que los contratos para actividades eventuales siguen existiendo, tanto como el derecho al descanso. Lo cierto es que lo que los empresarios de hostelería habían puesto sobre la mesa era que incumplían el Estatuto de los Trabajadores, vigente desde 1980. También que gran parte de su negocio es en negro o bien que los sueldos son de risa: ninguna parece una alternativa edificante. Alguien parece que les había asesorado muy mal, como ya ha ocurrido con el transporte y el campo: no todo el que va de verde porta esperanza o ecologismo.

Por desgracia, por muchas explicaciones que se den a posteriori, por muchos artículos que se escriban, es muy probable que para mucha gente la manipulación haya quedado como lo cierto en este caso, en tantos otros. También que si buena parte del aparato mediático hiciera su trabajo, y no comprara las polémicas prefabricadas con lacito incluido, estas campañas tendrían más difícil arraigar. Más allá del análisis, necesario al menos para dejar constancia de cómo se adultera diariamente nuestra democracia, la izquierda debería asumir que la situación no va a variar por su denuncia o por la apelación a los principios: es inútil esperar de quien tira arena a los ojos un acto sincero de enmienda. Esta degradación de la vida pública acaba teniendo un correlato perverso: quien precisamente se afana por hacer política acaba agotado al tener que defender su acción de las mentiras.

Quien juega detrás del balón suele perder el partido: no sólo es el cansancio sino la imposibilidad de poder desplegar su juego. La diferencia con el fútbol, en esta estrategia de sombras, es que quien maneja la mentira no aporta una alternativa, sino confusión respecto a lo que se hace pero también a sus propios deseos. Es perfectamente lícito expresar que el mercado debe ser un juez inapelable en nuestra sociedad, que en la pandemia cada uno se hubiera agenciado sus respiradores, que no exista el derecho al descanso laboral, que no haya que subvencionar los combustibles, prohibir vender a pérdidas o tasar el precio de la energía. Es perfectamente lícito proponer esta visión de las cosas, abogar por una sociedad en la que los deseos e intereses del mundo del dinero tengan preferencia sobre la soberanía popular. La cuestión es que la derecha, de expresar de forma tan diáfana sus objetivos, pasaría a ser una opción más que minoritaria. Para entender una estrategia a menudo es más útil mirar su objetivo antes que su desarrollo.

La izquierda debe hacer política útil, también desmontar las manipulaciones. Pero además enunciar una estación de destino y un pasaje para el trayecto. En la pasada década hubo un sujeto surgido de la indignación y un objetivo de impugnar al régimen político. En esta el camino y los protagonistas deben adaptarse a las condiciones de posibilidad: el protagonismo del trabajo como un bien estratégico y la restauración del imperio de la democracia sobre la economía. Puede que el alud de mentiras diarias nos nuble el paisaje, pero nunca ha habido un momento más propicio que el actual para pasar página al neoliberalismo: no es sólo una cuestión de justicia social, también lo es de estabilidad.

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