Diario de una confinada

Michael Robinson, nacido para contar

Raquel Martos

Si sumara las risas, las lágrimas y las palabras que he compartido con Michael Robinson, llenaría varios tarros de felicidad. Por eso el martes se desbordó el tarro de la tristeza.

Estar con Michael sin contagiarse de su amor por la vida era imposible. No había mascarilla, ni guantes que pudieran protegerte de la pasión vital arrolladora que transmitía. "Soy un afortunado, me siento como si estuviera en la fábrica de Toys'R'Us, se han ido los de seguridad y puedo jugar en los columpios", decía. Esta metáfora era una de sus muchas maneras de contar que el suyo era un bonito viaje y viajar junto a él, un privilegio.

De admirarlo por lo que veía en la pantalla pasé a ser su "pareja de baile" en la radio. Así nos presentó Carles Francino en los primeros minutos de su primera Ventana un 3 de septiembre de 2012.

Cadena Ser.

Y qué lujo poder bailar en la radio y en la vida con alguien que llevaba tan bien el ritmo en la pista: de la risa al llanto; de esa emoción casi infantil por el fútbol a la seria reflexión histórica y política; de la fascinación por quienes tienen un don innato a la profunda admiración hacia aquellos cuya trayectoria vital consiste en saltar vallas de dificultad constantemente; del disfrute de la buena vida al compromiso por la justicia social. Todo eso era Robin, el que te regalaba una carcajada sonora o una lágrima sin disimulo, el que pasaba de decir las palabras más bellas y sentidas a "cagá en to lo que se menea".

Cuando yo alababa como fan y como profesional su Informe Robinson, un producto que destaca entre todo lo demás por talento, por elegancia, por buen gusto, por sensibilidad; por esa alquimia perfecta entre la información rigurosa, la estética y la dosis precisa de emociones sin edulcorar, él siempre me hablaba del "marco".

Y al hablar del marco, Robin pintaba gestualmente un cuadro en el aire, aquel en el que plasmaba lo que quería contar y lo que verían aquellos que lo contemplaban desde el sofá de sus casas. En este punto, asomaba a sus ojos un brillo que expresaba el respeto profundo por todas las vidas que hay tras "esas lucecitas", me decía una tarde desde la azotea de la radio, señalando las ventanas bajo los tejados de Madrid y entonces lo entendí todo.

Entendí que aquella seducción que ejercía en el espectador, no la conseguía solo por la mirada limpia que traspasaba la pantalla, ni por su sonrisa cómplice y ese delicioso acento de guiri. Aquella conexión la lograba con la mezcla de todos esos ingredientes pero, sobre todo, a través de la empatía. Michael no "hablaba por la tele", él "contaba" poniéndose en el lugar de quien escuchaba.

Era un narrador de historias, un contador de maravillosos "cuentos", palabra que solía emplear con la dulzura propia del lado mágico del término, porque con otro tipo de cuentos era implacable…

Y le gustaba tanto narrar como escuchar lo que otros contaban, otro sello de identidad: jamás interrumpía a sus entrevistados. Michael, además, buscaba el doble fondo en lo que leía, ya fuera en una columna de alto nivel en The Guardian o en la primera novela de una autora a la que nunca hubiera leído de no ser compañeros de radio, así de franco y sincero fue. Y qué bien me leíste, amigo…

Es que él era muy lúcido encontrando mensajes debajo de lo evidente, en las canciones, por ejemplo. Escuchar a Van Morrison ya me resulta imposible sin oír en mi cabeza la voz de Michael haciendo un comentario de texto.

Cuando Morrison estrenó su disco Born to sing not plan B (2012) , recuerdo su entusiasmo al analizar la idea fuerza, aquel que nació para cantar, porque no podía ser de otro modo. Y al hacerlo se autoretrataba, él había nacido para contar, tampoco había plan B.

Conocer a Robin ha sido una de esas experiencias que hacen que la vida valga la pena. Y que valga la tristeza del vacío de ahora por todo lo que nos dio antes, "quid pro quo". Michael le dijo a su inseparable compañero de aventura, Luis Fermoso: "Mis sesenta y un años son ciento treinta por tanta felicidad". Si hacemos así las cuentas, amigo, una tarde contigo era una vida…

Cuando mi padre murió, Michael me regaló una frase de consuelo que tengo grabada para siempre: "Piensa que él está bien, tu papá se deslizó a otro lugar". Pienso, Robin, que estás bien, que te has deslizado a otro lugar, con un bonito marco y que habrás pillado el mejor sitio, como siempre. Espéranos y pide muchas cervezas, somos legión los que iremos llegando para brindar contigo y celebrar que tu paso por la vida mereció la pena para ti y para nosotros.

Enorme abrazo para su familia.

Born to sing de Van Morrison.

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