Muros sin Fronteras

El calamar y la risa políticamente correcta

Ramón Lobo nueva.

Acabo de ver los nueve capítulos de El juego del calamar, una serie surcoreana producida por Netflix que se ha convertido en la más vista de la historia de la plataforma. No me ha atraído su aceptación masiva, algo que, en mi caso, suele cotizar en contra. Me llamó la atención que una producción para adultos repleta de violencia fuese vista por miles de jóvenes sin aparente control ni acompañamiento parental. Ahora, muchos repiten los seis juegos de eliminación en los recreos y en los parques, como si ese fuese el único mensaje.

Nos falta contexto en la política, en el periodismo y en el debate social. Somos una sociedad de piel fina que se ha desprendido del valor de la complejidad y de la verdad, por eso dejó de pesar la Filosofía en el sistema educativo. No sabemos discrepar ni argumentar. Solo sabemos escandalizarnos para que no nos expulsen del rebaño ideológico. Gustan más los libros sobre los seres imaginarios que Platón. Sin esos valores, tampoco es posible la memoria, saber de dónde venimos y quiénes somos, por qué luchamos.

Todo es inmediatez, superficialidad, disparate, insulto, vergüenza ajena. Triunfan los cínicos y los mediocres. Son ellos los que nos gobiernan con nuestros votos y un consentimiento pasivo diario. Es difícil encontrar en los periódicos las claves ocultas de lo que sucede, la dirección en la que se mueven las noticias. Todo es una sucesión de impactos efímeros sin raíces ni sentido.

Ganan el trending topic, las redes sociales, el humo, los pollos sin cabeza. Priman los fuegos artificiales sobre el calado de las cosas. Lo que no escandaliza se apaga en minutos.

Resulta preocupante comprobar cómo las izquierdas están contaminadas de la moda de lo efímero. Persiguen el eslogan fácil en lugar de apostar por políticas valientes en asuntos tan complejos como la migración y la seguridad. Dejan el manejo exclusivo de los miedos a las derechas. Hay vida más allá de Madrid y Barcelona, y de la onda expansiva de la cultura de la cancelación. El problema no es el precio de la luz, es el sistema.

El Juego del calamar resulta a menudo algo lenta. Se mueve en una parsimonia narrativa que pone nervioso al espectador, o al menos a este espectador. Debe ser parte de la trama que busca generar desasosiego, asfixia e incomodidad. Si no la ven no les va a pasar nada, pero sí deberían hacerlo si tienen hijos. Está vedada a los menores de 16 años y menos sin algún tipo de acompañamiento que fuerce un debate posterior. Recuerden que existen los móviles y los intercambios de contraseñas entre amigos.

Deberían ayudarles a entender el contexto. Qué critica y por qué. Informarles de que existe una violencia mayor en el sistema que resulta invisible. Es la que se van a encontrar cuando busquen trabajo y se den cuenta de que solo existen los contratos basura.

OJO CON ESTOS DOS PÁRRAFOS, anticipan una revelación de la trama (spoiler para aquellos que no sepan castellano).

La serie es una crítica furibunda al ultraliberalismo, sobre todo el que se vive en Corea del Sur. Es lo que nos quieren colocar aquí: educación y sanidad para quien se la pueda pagar. Denuncia un sistema injusto y desigual en el que los ricos necesitan divertirse con los pobres porque ser asquerosamente rico no es suficientemente divertido.

Para ello crean una competición para que los más desgraciados luchen entre ellos, en un juego a vida o muerte con miles de millones de wones de premio en juego. Lo divertido es ver cómo los nadies se dejan atrapar por la ansiedad del dinero, el sueño de ser ricos para pagar sus deudas y alcanzar sus sueños. Para lograrlo son capaces de matar, de violentar sus principios. El escritor Rafael Chirbes dijo que era casi imposible hacerse rico trabajando honradamente dentro de las leyes. Tal vez nunca empleó ese “casi”; lo pongo para no parecer antisistema.

FINAL DEL SPOILER SPOILER(revelación para aquellos que no sepan inglés)

Aunque no tiene que ver con la serie, o quizá sí, me ha llamado la atención la polémica sobre el monólogo de Dave Chappelle (Netflix) llamado The Closer. Se le ha acusado de tránsfobo por hacer chistes sobre la comunidad transexual. Hay alguno muy bueno. También se mete con la policía, Detroit, el sistema judicial de EEUU, J.O. Simpson, Bill Crosby, los negros (él lo es), los asiáticos, los blancos (muchas veces), los jóvenes sin memoria política, los gays y los judíos. No sé si se me olvida alguno.

Deducir que esa parte del monólogo incita a la violencia contra la comunidad trans es una exageración más propia de la iglesia católica de Toledo. Chappelle se ríe de las quejas trans sobre la discriminación que padecen. No las niega, solo las contextualiza, las compara con la historia de los afroamericanos en EEUU. Sostiene que los avances no se producen de repente, aunque exista una ley, y que a él aún le llaman negrata pese a las leyes de los años sesenta que pusieron fin a la segregación racial. También bromea con la hipersensibilidad de este y otros colectivos similares que por lo general son urbanos y blancos.

Creo que el humor político debe tener pocos límites porque es necesario llevar al espectador a sus límites, poner de manifiesto sus contradicciones. En el monólogo asegura que está a favor de la igualdad entres mujeres y hombres, y en contra de las violaciones y otras formas de abuso y violencia. Son tiempos en los que hay que defenderse preventivamente. Es un especial que me hizo reír, casi tanto como los anteriores. En este hay más contexto, una crítica más afilada a la sociedad de lo políticamente correcto.

El humor consiste en ensanchar fronteras mentales, escandalizar y, a través de las bromas, denunciar la sociedad en nos ha tocado vivir. ¿Recuerdan a Lenny Bruce?

Si quieren emociones fuertes vean a Jim Jefferies (un blanco nacido en Australia que pone a parir valores de EEUU, como el de las posesión de armas de fuego) o a Alí Wong, que denuncia el feminismo de pose sin dejar hablar de sexo de la manera más cruda posible.

La exigencia de retirada del show de Chappelle del catálogo de Netflix es preocupante, sobre todo viniendo de donde viene la demanda de censura, de personas y colectivos progresistas que dedican su vida a luchar por sus derechos y los de otros. La crítica no acude al contexto. Se queda en lo superficial y accesorio. Añadan a la cultura de la cancelación un poco de extrema derecha, populismo y movimientos antivacunas y tendrán la película de unas democracias en proceso de demolición.

[Este será mi último artículo en infoLibre durante un tiempo, veremos si largo o no. Llevo en su web desde su nacimiento. Ha sido un gran viaje. Necesito parar y centrarme en escribir algún libro decente y viajar como un poseso. Mi generación no debería ser un tapón que impide el conocimiento de nuevas voces. Hay que dejar espacio a los demás. Me jubilé y quiero notarlo en el placer de no hacer nada, o de hacer mucho. Deseo lo mejor a infoLibre y a cada uno de sus redactores, jefes y lectores.]

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