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Por fin encontré lo mejor de 2020

Raquel Martos nueva.

Siempre que cerramos un año, agrupamos todo lo que hemos vivido en un lote de 365 días, 366 si es bisiesto. Si el año ha sido generoso, metemos el paquete en el armario de los recuerdos bonitos y si nos salió chungo, va directo al contenedor de la basura.

¿Y qué hacemos con este 2020, que estamos a punto de finiquitar? A mí lo que me pide el cuerpo es varearlo como a un colchón viejo, romperlo después en mil trozos, quemarlo a conciencia, pasar las brasas por agua, secar las pavesas en el horno, enfriarlas en la nieve, meterlas en una bolsa de las que uso para la caca de mi perra y al cubo, sin compasión. Pero este proceso me parece demasiado suave para lo cruel que ha sido él con nosotros.

Todos hemos transitado por años nefastos que nos han robado asuntos materiales, o el trabajo, o la salud… Hemos perdido media vida en esos años señalados para siempre, pero innombrables, porque se llevaron a compañeros imprescindibles de camino. Pero es que este año ha hecho todo eso a la vez.

Cuando la vida te golpea, es probable que sientas que solo te sucede a ti. Y no entiendes por qué sale el sol, por qué suena la música, por qué la gente sigue bajando las escaleras del metro o tomando un café. Por qué los demás continúan, como si la vida continuara…

Cuando la vida te golpea, sientes que se ha parado tu reloj y que, por mucho que trates de mentalizarte, no hay Uri Geller [Esta referencia viejuna tendrán que buscarla en internet los lectores más jóvenes. Los demás, ya sabéis que me refiero a aquel “ilusionista ilusionante” que revivía despertadores muertos y doblaba cucharas, ante la mirada azul de José María Iñigo]que pueda volver a ponerlo en marcha.

Este año, Geller habría tenido que enderezar, más que doblar, porque se nos ha caído el mundo abajo. Este puto año nos ha robado el suelo y no el suelo de cada cual, el suelo que pisamos todos.

Sí, aunque a algunos se les olvide y se empeñen en que todos compartamos su negacionismo social, es un hecho innegable que todos pisamos el mismo suelo. Lo único que cambia es que, según el calzado que llevemos, somos más dados a resbalar y a dejarnos los dientes en las losetas, unos que otros.

Llevo meses tratando de encontrar algo realmente bueno en este puto año, algo que pueda valer la pena guardar en el armario de los recuerdos bonitos, algo que merezca ser salvado de la cadena de destrucción al que deseo someter al lote de dolor 366, antes de tirarlo al contenedor para no verlo más.

No me refiero a los detalles, a los pequeños rincones luminosos que hay hasta en un sótano, no a las lucecitas que siempre hay en medio del apagón, esas que seguramente se vean hasta en la Cañada Real, quiero decir bueno, realmente bueno, bueno e importante, relevante.

No, no ha sido fácil, pero después de mucho pensar lo encontré. Esto es lo que salvaría de 2020: vivir confinada dentro de este puto año me ha enseñado que el mal de muchos es peor, que la tragedia colectiva es devastadora y paralizante, que el dolor contagioso y viral, duele mucho más. Yo he aprendido que este año no habría sido tan terrible si solo me hubiera fallado a mí. Y ese aprendizaje vital voy a salvarlo.

A veces, cuando la vida te golpea y sientes que eso solo te sucede a ti… cuando no entiendes por qué sale el sol, por qué suena la música, por qué la gente sigue bajando las escaleras del metro o tomando un café. Cuando no comprendes por qué otros continúan viviendo como si la vida continuara… olvidas que formas parte de un todo, olvidas que lo que lo que sucede en tu contexto es clave para tu existencia.

He aprendido que, cuando la vida vuelva a golpearme en solitario y vea que otros siguen hacia delante, tengo que esforzarme por ser plenamente consciente de que su continuar es lo mejor que puede pasarme. Significa que cuando yo pueda volver a caminar al compás de mi reloj, no habrá ramas atravesadas cerrando el sendero y tapando la luz, porque otros, que pisan el mismo suelo, han mantenido el camino practicable y lo han hecho caminándolo.

Y quiero pensar que, cuando podamos abrir las puertas y desenmascararnos para un abrazo, sin más peligro que el de no querer despegarte del otro, será más intenso porque lo viviremos siendo parte de un todo y recuperar el aire, en modo contagioso, será mucho más aliviador. Nos deseo lo mejor en el año que estamos a punto de estrenar.

Queridos lectores, gracias, más que nunca, por vuestra compañía en un año de mierda. Y como el humor es curativo, les invito a ver mi despedida, repitan conmigo sin disimulo: 2020 te puedes ir a tomar…

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