El regreso del señor

Un hombre viejo, teñido y ansioso como un Gustav von Aschenbach con sobrepeso, señala en un mapa una isla blanca, remota, pronunciada como se enuncia una propiedad, sin habitantes, sin actividad y sin historia. “Groenlandia”, dicha en voz alta como se nombra una finca inmensa y aun así exagerada por las mentiras convencionales de los mapas. El mismo hombre que reclama el premio que ha ganado una mujer rica. Rica, pero mujer. Y ella se lo da y él posa con ambos trofeos, ambas posesiones: la mujer sometida y el premio robado. Caza y conquista. Otro hombre —también viejo, también poderoso—, rodeado del eco de canciones y aplausos de antaño, trata de acallar un murmullo que atraviesa las paredes de su castillo y escapa a través del inmenso jardín-prisión hasta el mundo exterior: son los relatos de mujeres jóvenes y pobres, cuerpos disponibles por defecto para los abusos recreativos de un viejo Barbarroja. Lejos, en otra geografía, un agricultor, también hombre, también viejo, es detenido por abusar laboral y sexualmente de temporeras migrantes, mujeres pobres, semiesclavas, sin amparo ni red, traídas para recoger fruta como otras fueron reclutadas para limpiar babas. En Persia, las mujeres salen a la calle descubiertas o cubiertas porque el gesto es existir en público, recordarle al poder de los viejos místicos que el cuerpo no es una frontera administrable. 

Cuatro escenas en territorios alejados, incompatibles, apelan al periodismo con la exigencia de hilvanarlos en una misma respiración, la de un mundo libre que se resquebraja mientras otro pugna por levantar la lápida y salir con su cuerpo putrefacto de la necrópolis de la Historia, el mundo del anciano señor del castillo. La globalización también es eso, contextos culturales, económicos y políticos distintos, geografías distantes y una sola pulsión, la del sombrío feudalismo, el derecho de pernada, la peonada, las doncellas sometidas, las cacerías y el hambre de conquista y gloria. El periodismo de los señoritos acude a la complejidad y la prudencia, apela a viejos avíos de la reputación, emplea términos trasnochados como la “honra” de un “caballero” y nos previene de la generalización, pues siempre hay palabras disponibles cuando se trata de mirar para otra parte, siempre hay retórica bien dispuesta para tapar un crimen. Incluso para darle la vuelta, señalando al varón blanco heterosexual como el lastimero chivo expiatorio de las mentiras de esas arpías de patio interior. Un periodismo para el que la mujer ha de someterse o arder.

El aire huele a algo conocido, podre, huele a los siglos en que el mundo fue sencillo —injusto pero estable— y el tiempo era circular. Cada cual sabía dónde estaba y dónde habría de estar por siempre. El señor mandaba, el siervo obedecía, la doncella se sometía, la tierra pertenecía a quien podía defenderla mediante la violencia y el cuerpo femenino a quien tenía poder suficiente para reclamarlo. Y el extranjero y el pobre no tenían derechos, solo utilidad. Ese mundo que hoy llaman “orden” tenía castillos pero también cultivos y fronteras susceptibles de ser empujadas por las armas de los hombres.

Trump habla de Groenlandia como quien habla de una extensión sin dueño, del premio Nobel como quien administra la gloria, habla con el lenguaje anterior a la ley, el lenguaje del amo

Luego llegó la anomalía, la idea peligrosa de que el cuerpo no es una herramienta, de que el trabajo no suspende la dignidad, de que ni patrón, ni marido, ni corona pueden apropiarse del otro. Durante casi dos siglos pareció que aquella idea había vencido, se escribió en constituciones, se enseñó en escuelas y se repitió en discursos hasta que la creímos firme. Pero las ideas no mueren aunque sean derrotadas, acaso duermen. 

Trump habla de Groenlandia como quien habla de una extensión sin dueño, del premio Nobel como quien administra la gloria, habla con el lenguaje anterior a la ley, el lenguaje del amo. El empresario del campo y el cantante añoso no emiten discursos porque les basta con el aislamiento y con la necesidad que domina a los cuerpos disponibles, con la frontera invisible que separa a quien puede denunciar de quien no puede hacerlo. Su poder no es ideológico sino logístico porque controlan la vivienda, el trabajo y el transporte. Controlan el miedo y el pan. El daño es ruido y la nostalgia actúa como absolución retroactiva, como si la violencia envejeciera y se volviera decorativa. En Irán, el poder de un dios no se esconde, allí el cuerpo femenino es ley escrita y la desobediencia se castiga porque no cuestiona una norma sino el principio mismo de toda jerarquía. Una mujer sin velo no infringe, insulta. La gramática es la misma y todo pasa a la vez en todas partes.

El señor cree que el mundo existe para servirle y muchos, desde abajo, votan su regreso sin advertir el engaño esencial: el feudalismo nunca fue el régimen de muchos señores sino el régimen de uno. Uno por territorio, uno por finca, uno por castillo. El resto nacía para trabajar, callar y agradecer. La restauración reaccionaria promete autoridad pero reparte obediencia, promete estabilidad pero distribuye miedo, promete grandeza pero exige el silencio a tiros. La probabilidad de ser señor siempre fue mínima, la de ser siervo, casi absoluta. Pero la ilusión funciona porque la igualdad fatiga, porque la libertad exige decisión y autoestima, porque el mundo moderno, con su ruido, su ambigüedad, su conflicto y su irreverencia, cansa más que la obediencia al viejo orden.

Y entonces aparece la dimensión grotesca de la época. Los nuevos señores son viejos, ancianos que mandan mucho y envejecen mal, se aferran al poder como quien se aferra al cuerpo cuando empieza a fallar, se estiran la piel, se tiñen, se ponen pelo y en sus cumbres bromean con su propia decrepitud, confesando en sus charlas de talco y lunares, bien vestidos pero poco lavados, su ingenua creencia de que la ciencia les alargará la vida. Se regodean en la píldora azul, un pequeño artificio que promete potencia cuando todo lo demás declina. No es solo sexo, es símbolo, es trono y es cetro, como fijaba el célebre proverbio de Oscar Wilde: “Todo en la vida es sexo, menos el sexo. El sexo es poder”. 

Este arranque de 2026 no es una quincena cualquiera porque no contemplamos noticias sino que vemos la forma grotesca del pasado clamando por un mundo que considera suyo. El señor ha regresado

La erección como negativa a la muerte, el dominio como negación del tiempo, el poder como prótesis capilar. Nunca hubo tantos hombres tan mayores decidiendo sobre cuerpos tan jóvenes, tensando el mundo y sus generaciones. En Teherán, una mujer camina por la calle sabiendo que puede no regresar. En Huelva, otra baja la cabeza para conservar el trabajo, y en Punta Cana, una joven aprende a desnudarse cuando se lo piden. En un despacho dorado, un anciano roba honras y tierras mientras su Gestapo asesina a madres. No es una conspiración sino el pespunte que hilvana una regresión, el viejo mundo intentando convencernos de que nunca se fue, de que el consentimiento fue un experimento fallido y la igualdad, una ingenuidad de gente que lee. Alguien tiene que mandar.

Este arranque de 2026 no es una quincena cualquiera porque no contemplamos noticias sino que vemos la forma grotesca del pasado clamando por un mundo que considera suyo. El señor ha regresado. La modernidad no destruyó aquel mundo, lo contuvo, le impuso límites. Sustituyó el privilegio por la norma y la obediencia por el consentimiento, inventó la idea revolucionaria de que nadie puede disponer de la vida de otro. Ese pacto precario era el corazón del mundo contemporáneo. El señor —decrépito, pintarrajeado y medicado— ha regresado y pretende campar de nuevo, tembloroso y aferrado a la rienda su caballo, merced a tantos guardeses, a tantos siervos dispuestos a llamar a su abuso tradición, a su violencia, realismo, antes de caer en la cuenta de que el señor caza y conquista galopando sobre nuestros cuerpos, nuestros amores y nuestros nombres.

Un hombre viejo, teñido y ansioso como un Gustav von Aschenbach con sobrepeso, señala en un mapa una isla blanca, remota, pronunciada como se enuncia una propiedad, sin habitantes, sin actividad y sin historia. “Groenlandia”, dicha en voz alta como se nombra una finca inmensa y aun así exagerada por las mentiras convencionales de los mapas. El mismo hombre que reclama el premio que ha ganado una mujer rica. Rica, pero mujer. Y ella se lo da y él posa con ambos trofeos, ambas posesiones: la mujer sometida y el premio robado. Caza y conquista. Otro hombre —también viejo, también poderoso—, rodeado del eco de canciones y aplausos de antaño, trata de acallar un murmullo que atraviesa las paredes de su castillo y escapa a través del inmenso jardín-prisión hasta el mundo exterior: son los relatos de mujeres jóvenes y pobres, cuerpos disponibles por defecto para los abusos recreativos de un viejo Barbarroja. Lejos, en otra geografía, un agricultor, también hombre, también viejo, es detenido por abusar laboral y sexualmente de temporeras migrantes, mujeres pobres, semiesclavas, sin amparo ni red, traídas para recoger fruta como otras fueron reclutadas para limpiar babas. En Persia, las mujeres salen a la calle descubiertas o cubiertas porque el gesto es existir en público, recordarle al poder de los viejos místicos que el cuerpo no es una frontera administrable. 

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