Une los puntos y colorea

Una crónica se parece a un auto judicial. Consiste en dar coherencia a los hechos en un hilo de sentido. Como en la instrucción judicial, hay que dar contexto y establecer un flujo de hechos, pues todo discurso es curso. Y hay que encontrar el hilván que pespuntea trapos, personajes y arcos narrativos. Por eso, todo auto judicial exige conocimientos en determinadas materias. Por supuesto, en Derecho. Quizá el lector piensa que esta primera precisión es una obviedad, pero el infortunio de la realidad quiere que tengamos que detenernos en lo más básico para avanzar sobre alguna base sólida.

Conviene detenerse aquí porque, toda vez están siendo los jueces los que nos inviten a vivir en una realidad alternativa que desacredite a la política –y a la realidad, como pudimos ver con las condenas a Alberto Rodríguez y Álvaro García Ortiz–, es aconsejable fijar algunos conceptos. Por ejemplo, como cualquier profesor de Derecho Penal o Procesal sabe, una denuncia no se admite a trámite por el mero hecho de que quien la presente tenga dedos oponibles y no use pañales. Ni siquiera es suficiente con revisar que no contenga errores formales. No. En la admisión a trámite el juez de turno debe dictaminar si los hechos denunciados —averiguar si son ciertos no es cometido de ese momento procesal— son constitutivos de delito. Es decir, si hay un tipo penal que describe ese comportamiento denunciado. Si los hechos —sean ciertos o no— no encajan en algún tipo penal específico, la admisión a trámite es una arbitrariedad, una cagada o una prevaricación. Oh, sorpresa. Dicho de otro modo, Abogados Cristianos y Manos Limpias existen porque a veces nadie mira.

Una denuncia no se admite a trámite por el mero hecho de que quien la presente tenga dedos oponibles y no use pañales

Pero no basta con tener conocimientos en Derecho, se requiere dominio del léxico —no es lo mismo “maliciar” que “inferir”—, de la sintaxis —estaría bien distinguir sujeto de objeto, porque si dices que los malotes quieren conseguir que Zapatero les haga de contacto, el expresidente es objeto de la acción y no sujeto—, de la ortografía —esas comas entre sujeto y verbo hacen llorar a los niños de África y cuando Dios las lee, estrangula un gatito— y de lógica elemental. El flujo de los acontecimientos, el caudal de lo real, tiene que ser consecuente: los hechos consecutivos pueden tener una relación de causalidad pero a lo mejor no, y conviene que el Une los puntos y colorea tenga todos los números bien ordenados, no sea que el dibujo resultante en lugar de ser una ceja circunfleja sea un tricornio, no sé si me explico.

Leyendo el auto que le va a amargar la existencia a José Luis Rodríguez Zapatero, el arriba firmante creyó que se había comido un folio cuando, tras leer decenas de entrecomillados de la alegre pandilla de bandoleros que al parecer andaban intentando afanar el crédito extraordinario del Estado a la compañía Plus Ultra, en un punto y aparte arranca asegurando que la “cadena de correos” dictamina que el expresidente organizó y lideró un grupo criminal. Semejante chimpún llevó al cronista a releer todo lo anterior dos veces convencido de que se había saltado un folio o dos, o bien que el togado redactor se había comido algún párrafo. Pero no, era todo. Así las cosas, de momento no se describe ningún hecho específico del expresidente que se ajuste a un tipo ilícito. El derecho Penal es muy cuco y exige probar que alguien concreto ha hecho algo específico —se puede decir “solo o en compañía de otros”, pero no se debería decir “lo hizo él o a lo mejor lo hizo otro” en una sentencia condenatoria, como escribió la Sala Segunda del Supremo en su fallo contra Álvaro García Ortiz—. En clases de cine te previenen contra los saltos de eje y en las escuelas de escritura, contra los giros de guion gratuitos y los deus ex machina que sacan al escritor del atolladero en el que él solo se metió merced a una arbitrariedad. Y también te avisan de los riesgos de rellenar carencias con voz en off o con un personaje que resume explícitamente la trama cuando no sabes cómo contar algo. ¿Oíste, Christopher Nolan?

Una cadena lógica y consecuente es coser el caso Kitchen y el apoteósico juicio oral al que estamos asistiendo a los acontecimientos que lo envuelven. Los cronistas de este oficio impostor estas cosas las llevamos en el ADN y nos salen solas con relativa fluidez. Por ejemplo, por la Operación Catalunya y el secuestro-sainete en casa de Luis Bárcenas sabemos bien que en el ministerio del Interior y en los servicios de información de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado hay gente que ha estado delinquiendo cual si fueran una Stasi garbancera. Y, si nos remontamos dos pares de décadas, sabemos que no es la primera vez.

Del alcance de ese carcinoma institucional solo sabemos hasta dónde llega por las operaciones en que metieron la pata, como las citadas o la persecución uniformada y togada a Unidas Podemos. El periodismo, cuando se practica con cierto rigor y no se amilana por la apabullante doctrina del shock, maneja en secuencias lógicas de onda larga el mar de fondo que dibuja el cuadro de los bastidores de lo que pasa en el país, pese al ruido ensordecedor de los registros e imputaciones que accionan las alarmas de la última hora y que pueden llevar a olvidar lo que dijo el inspector jefe del Cuerpo Nacional de Policía Manuel Morocho en sede judicial: que de él hacia arriba y hacia los lados, todo el mundo intentó por lo civil y por lo penal que soltara la presa y mirase para otra parte.

Así que, uniendo puntos según el orden natural de los numeritos, sabemos que las sucesivas persecuciones, espionajes y denuncias falsas contra Podemos, la Operación Catalunya y el sainete Bárcenas, como diría el juez Calama, “permiten afirmar la existencia de una estructura organizada y estable” en el ministerio del Interior y con eventuales ramificaciones en las alturas funcionariales de la carrera judicial y fiscal. Las dimensiones reales del problema —hasta dónde llega la madriguera de conejo— las desconocemos por la lógica obvia de que solo salen a la luz las actividades de los delincuentes cuando sus operaciones fracasan. Por eso, pese a que el moralismo catequista que habita en nosotros siempre nos tienta a indagar hacia arriba —si María Dolores de Cospedal, Mariano Rajoy u otros gerifaltes del PP estaban en el ajo—, lo que de verdad debe inquietar a la ciudadanía de una democracia liberal es hasta dónde había penetrado este hongo córdiceps hacia abajo. Es decir, cuál es la dimensión y afectación real de la tumoración.

De lo que se barrunta y se comenta del caso Leire Díez, podemos sospechar que en el PSOE o en sus alrededores estaban convencidos de que había metástasis y que esta alcanzaba a órganos vitales de la judicatura y la fiscalía, y —según malicia el juez Santiago Pedraz— se puso en marcha una operación ilícita y defectuosa de expurgo de funcionarios pochos a partir de material comprometedor que afectaría a destacados integrantes de esos cuerpos.

Que la semana en que los pesos pesados de la Kitchen pasan por la Audiencia Nacional a explicar, si es caso, “hasta dónde llega la madriguera de conejo” y el levantamiento del secreto del sumario del caso Plus Ultra nos dejó poco más o menos como estábamos, siguiendo el relato con apneas del auto del juez Calama, que esa misma semana, decía, se filtren unas fotos de unas joyas sin haberlas peritado, el Pepe Gotera de la instrucción judicial amenace con esposar a la esposa del presidente y la Unidad Central Operativa llame a las puertas del partido del gobierno y de la dirección general de la Guardia Civil —considerando que al frente del operativo está un teniente coronel al que se supone que amenazaba Díez (“sola o en compañía de otros”) con su kompromat—, bonito no hace.

Y para pintar este paisaje, a diferencia de la literatura jurídica de estos tiempos, no hace falta ir a preguntar a la embajada estadounidense o la Nave del Misterio si Henry Kissinger sigue vivo ni si el chupacabras se está comiendo el ganado.

El periodismo, como ven, no es Francisco de Goya. Solo une los puntos y colorea.

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