El otro día estuve en el escenario de una matanza. Pese a que hayan pasado 12 años y en la tele no hagan especiales de esos que duran un día entero, con un montón de expertos desplazados al terreno opinando y poniéndole cara, personalidad, nombre y vida a los muertos y heridos, hay gente que se empeña en recordar tanto a los catorce jóvenes a los que les arrebataron la vida como a los responsables de que así fuera.

Nunca había estado en Tarajal y, a primera vista, como afromadrileña a la que todas las playas le parecen bellas, diría que se trata de una enclave bonito desde el cual se divisa la Ciudad Autónoma de Ceuta si no fuera porque en uno de sus lados está flanqueada por una valla que separa dos continentes. Bueno, no, eso es lo que nos han hecho creer. La realidad es que geográficamente, tanto a un lado como a otro, aquello es África, solo que una parte es territorio de la Unión Europea.

La valla es gigante y mide, dura y duele kilómetros. Forma parte del monstruo frontera que, en su dimensión tangible, es de alambre e hinca sus patas frías a lo largo de extensiones cubiertas de bosques, caminos y, justo aquí, rocas y arena. Como criatura viviente que es, cada año crece unos metros a lo ancho y a lo largo alimentada por las nuevas directivas excluyentes de la Europa fortaleza, y su objetivo es que nadie pueda pasar por encima de ella. Su sola presencia sobrecoge por la constancia de que es peligrosa, hasta letal, puesto que con su cabeza dentada sesga vidas o, como poco, arranca pedazos de carne, de piel y de esperanza. 

Seguramente, si lo que se vive a diario ahí tuviera lugar en otra parte del planeta, nos resultaría inaceptable. Y ya no me refiero únicamente a lo de aquel día aciago, cuando mataron a catorce personas sin consecuencias penales y varias decenas fueron devueltas de forma irregular a Marruecos, sino a contemplar como algo normal que alguien tenga que tirarse al mar o escalar una valla, que no deja de crecer a lo alto, ancho y largo, por la falta de vías seguras para migrar. Por la no emisión de visados. Por el pillaje neocolonial de recursos. Por la jerarquización de conflictos que provoca que quienes vienen de ciertos lugares tengan las puertas abiertas y que si el origen es otro lo que encuentren sean búnkeres y hostilidad. 

En esta Europa hipócrita de los Derechos Humanos para algunos y a medias, si los muertos son migrantes, africanos y/o tienen la piel marrón o negra, la memoria social y mediática es breve y la indignación ligera

En esta Europa hipócrita de los Derechos Humanos para algunos y a medias, si los muertos son migrantes, africanos y/o tienen la piel marrón o negra, la memoria social y mediática es breve y la indignación ligera. Estamos tan acostumbrados a ver sufrir a ciertos cuerpos en prime time, a contemplar, sin siquiera ocultar sus rostros, a personas padeciendo, que nos parece normal. 

Y como normal no fue ni es, puesto que sigue sucediendo, desde Elín, una organización que lleva décadas asistiendo, compartiendo, relacionándose, cuidando y un montón de gerundios horizontales no “a” sino “con” personas migrantes, recuerdan cada año a los muertos. A aquellos a los que disparó proyectiles de goma la Guardia civil en ese momento, a los que llegan a otras playas y a los que se quedan en el camino tratando de alcanzar un Norte global que se dice garante de derechos pero que depreda el Sur sin asumir su responsabilidad ni las terribles consecuencias.

Cada 6 de febrero, varios colectivos hacen memoria junto a personas que están ahí a diario o que van para allá en estas fechas y que huyen del protagonismo ya que los protas, por desgracia, son los que murieron: Samba, Ousmane, Blaise, Youssouf, Jeannot, Roger Chimie, Dauda, Luc, Yves, Larios, Oumarou, Keita, Armand y otra persona cuya identidad se desconoce.

Este año, el temporal ha provocado que no se haya podido hacer una marcha. Ha sido, más bien, una concentración a cubierto. En ella se ha recordado a los caídos, se ha puesto nombre a los culpables, se ha dicho en voz alta que hacen faltas vías seguras y emisión de visados, se ha exigido justicia con los fallecidos y también con quienes les sobrevivieron, porque estos últimos continúan llorándoles a distancia debido a que no les han hecho entrega de sus cuerpos. Y, por supuesto, se ha reivindicado el derecho a moverse por donde quiera que sea, puesto que a nadie pertenece el planeta. 

Ojalá ese monstruo dentado se muera.

El otro día estuve en el escenario de una matanza. Pese a que hayan pasado 12 años y en la tele no hagan especiales de esos que duran un día entero, con un montón de expertos desplazados al terreno opinando y poniéndole cara, personalidad, nombre y vida a los muertos y heridos, hay gente que se empeña en recordar tanto a los catorce jóvenes a los que les arrebataron la vida como a los responsables de que así fuera.

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