Qué ven mis ojos

Déjales una bandera y meterán el palo en la rueda del país

Benjamín Prado nueva.

“La persona que finges ser hablará mal de ti a tus espaldas”.

“Por sus actos los conoceréis” es una frase de doble filo, que dice lo que dice y lo que no, en este caso que hay personas en cuyas palabras no conviene creer, porque no las usan para decir la verdad sino para tergiversarla, para engatusarnos, para mentir. Pasa en todos los ámbitos, pero en el territorio de la política vemos tan continuamente la diferencia que hay entre los discursos y los hechos, el abismo que separa lo que prometen los candidatos a lo que sea y lo que tienen pensado llevar a cabo en el instante en que tengan el poder en las manos, que da la impresión de que ya se da por hecho que un buen líder es el que nos lía. A no cumplir lo que ofrecen, que siempre es igualdad y justicia, lo llamamos tener sentido del Estado.

Una de las especialidades de la actual oposición, en estos tiempos rabiosos de ultraderechas y otras malas hierbas, consiste en que los palos en la rueda del Gobierno sean los de las banderas, algo que surge de ese patriotismo enfático tan propio de los vendedores de esencias y los oportunistas que se saben ante su última oportunidad. Estos días trágicos en Afganistán, el país traicionado por el mundo entero, que lo usó como campo de tiro antes de dejarlo abandonado a su suerte, y gracias a ello reconquistado por los espantosos talibanes y sus leyes medievales, que volverán a torturar a sus mujeres, entre otras canalladas, vemos cómo el líder del Partido Popular, Pablo Casado, aparece en sus redes sociales, amarillo de envidia, clamando por el supuesto ridículo hecho, según él, por el presidente Sánchez, al que aseguraba que Estados Unidos había ninguneado. Para su desgracia, y un poco para su ridículo, el jefe de la Casa Blanca, Joe Biden, salió de inmediato a elogiar "el liderazgo de España" en este drama y nuestra capacidad para "movilizar apoyo internacional". Poco antes, la número uno de la Comisión Europea había alabado “la humanidad y solidaridad” demostradas por España en Afganistán y las había descrito como “un ejemplo para Europa”.

Aparte de la torpeza reiterada del eterno aspirante a la Moncloa, que cada vez debe verla más lejos, sus intentos continuos de torpedear —que casualmente es una palabra que empieza por torpe— cualquier acción del Gobierno le llevan a ir por medio mundo pidiendo que se perjudique a nuestro país, que no se le den fondos, que se congelen ayudas, que se desconfíe de nosotros… Todo ello en unos momentos en los que tratamos de salir del profundo hoyo en el que la pandemia de coronavirus ha sumido al planeta entero. ¿Es esa la actitud que cabe esperar de un aspirante a presidente? Porque es obvio que un tanto por ciento de su posición vendrá dictada por sus socios de la ultraderecha, pero el resto, el margen que le queda y podría utilizar para hacer una demostración de su talante democrático, su honestidad personal y el sentido del deber de su partido para con la nación, siempre tendría que ir más allá de ideologías y estar por encima de las aspiraciones legítimas a los bancos azules del Congreso que tiene cualquier formación, y más si es una del peso y con el bagaje histórico del PP. La idea de que cualquier táctica y camino son buenos si llevan a la cabecera del Consejo de Ministros resulta peligrosa: a veces, va en sentido contrario a la propia democracia.

Casado ha tirado piedras contra nuestro tejado en la crisis migratoria de Ceuta, un chantaje de Marruecos que él atribuyó a  nuestro Gobierno, llegando a reunirse telemáticamente con partidos que exigen la entrega al reino alauita de Ceuta y Melilla; malmetió lo que pudo en la UE con el fin de dificultar la entrega de los fondos que nos corresponden en base al Plan de Recuperación Económica, que nos dará de aquí a 2026 ni más ni menos que ciento cuarenta mil millones de euros que, de manera obvia, no quieren que gestionen otros. La lista sería interminable, pero cabe toda en una palabra: deslealtad.

Que Casado y el PP le pongan pegas al método de repatriación y salvamento llevado a cabo por el actual Gobierno en Afganistán, el mismo que ensalzan en Bruselas y Washington, es sintomático; pero que se atrevan a hacerlo después de lo que ocurrió, con ellos en el poder y Federico Trillo de ministro de Defensa, en el caso terrible del Yak-42, el vuelo fletado en Kabul y estrellado en Trebisonda, Turquía, en el que los tripulantes fueron enviados a la muerte en un avión sin condiciones de seguridad y cuyas víctimas fueron identificadas de cualquier manera y sus restos mezclados en los ataúdes, es ya de juzgado de guardia. La primera conclusión que puede sacar cualquiera que compare los dos sucesos es que no puede dar lecciones quien no se las sabía y ha hecho trampa en los exámenes; la segunda, es fácil de deducir de lo que se pudo oír en el funeral de Estado por los setenta y cinco fallecidos aquel 25 de mayo de 2003, cincuenta y tres de ellos militares: hay gente que no dice la verdad ni en los entierros.

Pablo Casado tiembla y dice que está bailando

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