Qué ven mis ojos

Todo lo que ha pasado nunca ocurrió

“A veces el que engaña no es peor que quien finge creerse la mentira”. 

Algunos políticos son como todos los magos: cuando ellos aparecen en escena, la realidad se oculta, se vuelve ilusoria y se llena de cortinas de humo, dobles fondos y puñales trucados. Su oficio consiste en hacernos ver con nuestros propios ojos lo que no ha sucedido. Sus manos son rápidas y su voz es narcótica. Tienen la habilidad de un prestidigitador y la destreza de un tahúr. Pero nada de eso bastaría si nosotros no fuéramos al espectáculo a que nos engañen, a seguirles el juego, a aceptar que las palomas crecen en las chisteras, que los cuerpos levitan, que es posible volver a juntar las mitades de una persona cortada en dos con una sierra o, si pasamos de los circos y las salas de variedades a los parlamentos, que los candidatos se van a sacar de la manga quinientos mil puestos de trabajo, van a bajar los impuestos, a subir los salarios, a defender contra viento y marea la sanidad y la educación públicas... Es verdad que en muchos casos todas esas promesas son justo lo contrario de lo que hicieron cuando gobernaban, pero ellos confían en que nuestra memoria nos traicione, las hemerotecas sean papel mojado y las pantallas de los televisores se parezcan a los espejos de un famoso poema de Borges, esos vidrios impenetrables donde "todo acontece y nada se recuerda".

Un día, sale el presidente en un programa y dice que en España el trabajo precario sólo afecta al 1% de la población, que tres cuartas partes de los contratos que se firman en nuestro país son indefinidos y que él ha cumplido casi íntegramente su programa electoral. Otro día, la segunda de a bordo del Senado declara en una entrevista que Rodrigo Rato fue un gran ministro de Economía, un extraordinario jefe del Fondo Monetario Internacional y un hombre ejemplar "que podía haberse hinchado a ganar dinero y no lo hizo", unas declaraciones que le quedan como un guante a las del cardenal de Barcelona, que sostiene que "Pujol ha sido un referente de honestidad" y deja caer que lo único que ha hecho es dar la cara por sus hijos.

A finales de la semana, el portavoz del Partido Popular repite en otro plató y hasta la saciedad que los suyos han creado un millón de empleos, que nuestro mercado laboral es la envidia de Europa y que con ellos las pensiones están aseguradas, a pesar de que hayan puesto la hucha boca abajo, hayan metido el cuchillo y en esta legislatura hayan sacado más de 50.000 millones de euros de los fondos de la Seguridad Social. La lista sería interminable y se pueden poner mil ejemplos que vienen a significar lo mismo: esta gente no habla para decir algo sino para tapar con sus palabras lo que sabemos, como si intentaran disimular un nombre tatuado en la piel convirtiéndolo en un dragón, una palabra en chino o un ramo de flores. Algunos sólo aparecen en los medios de comunicación porque tienen algo que ocultar, para ponerse delante de lo que han hecho y taparlo, que se nos olvide.

"Nunca antes han estado las muchedumbres tan pasivamente sujetas a las manipulaciones de la información y pocas veces hemos sabido menos del mundo", escribe el novelista y poeta colombiano William Ospina en su libro La lámpara maravillosa, recién publicado por la editorial Navona. En su opinión, el exceso de noticias al que estamos sometidos nos deja sin criterio, sin espacio para procesarlas, nos transforma en ciudadanos de los que se podría decir lo que dijo Óscar Wilde de los doctores: «Lo saben todo, pero eso es lo único que saben". El autor de El país de la canela y El año del verano que nunca llegó mantiene que vivimos una realidad "donde las cosas no existen para que las sepamos sino para ser consumidas", porque sólo nos interesa la novedad y eso lo vuelve todo relativo, eventual, perecedero: un desahucio, un caso de malversación o un despido de cientos de obreros hacen arder los titulares una semana y luego otro asunto ocupa su sitio, aunque la desgracia de quienes los padecen no haya hecho más que empezar. "La democracia no existe sólo para producir el bien de todos, sino también el bien de cada uno", dice, pero sabe que eso hace ya mucho que ha quedado atrás porque es exactamente lo contrario del neoliberalismo.

Si lo que alguien nos ofrece no se parece a quien es, deberíamos sospechar; pero no todos lo hacen y aún son muchos quienes "admiran más la fuerza que la lucidez, la ostentación que la austeridad, los golpes bruscos de la suerte que los frutos de la paciencia o de la disciplina". Y últimamente, ni eso, ahora que tantos han tirado la toalla y se conforman con líderes cuya mayor virtud sea no tener ninguna, ser un simple gestor, no correr riesgos, creer que su máximo acierto puede ser que se equivoquen los demás, dar la callada por respuesta, no ir a los debates, hacer pasar la cobardía por astucia, la falta de argumentos por cautela y las huidas hacia delante por un repliegue estratégico. Qué más da uno que otro, se dicen quienes no quieren darse cuenta de que si la forma de ser y la ideología de un candidato no fueran un detalle tan decisivo, no llevarían décadas tratando de convencernos de lo contrario, con la famosa teoría de que todos son iguales. Para combatir ese principio, Ospina recurre a la idea que tenía de Roma el historiador inglés Edward Gibbon, según la cual con cada emperador subía al trono del imperio un vicio o una virtud: "Con Tiberio, subió la perfidia; con Calígula, la crueldad; con Claudio la falta de carácter; con Nerón el narcisismo criminal; con Galba, la avaricia; con Otón, la vanidad y con Vitelo la epidemia de la gula. Pero un día llegó Nerva, y con él se impuso la moderación; lo sucedió Trajano y con él nació la era de la justicia; con Adriano se propagó la tolerancia; con Antonino Pío, la bondad y con Marco Aurelio, la sabiduría". No sé hasta qué punto es cierto que cada nación tiene los dirigentes que se merece, pero estoy seguro de que acaba pareciéndose a ellos. Por eso es tan importante pensar bien en qué manos quieres estar.

Así que el proceso tendrá su lógica, pero es extraña: nada por aquí, nada por allá, primero juran sobre la Biblia que lo que nos ha pasado nunca ocurrió, porque no hubo ni rescate, ni promesas incumplidas, ni corrupción, ni recortes, ni abusos de poder, ni pérdida de derechos y nuestras nóminas jamás han bajado; y después, afirman que no dar nunca la cara es la mejor forma de ser la cabeza visible de un país. No digo que España no sea rara, pero no sé si tanto.

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