El "síndrome del escaparate apagado" o un debate público envenenado

Llego al bar por la mañana. Los parroquianos charlan. Alguno levanta la voz y el camarero hace siete cosas a la vez. El ambiente es un poco menos fresco que otros días, pero se está bien, o a mí me lo parece. No hace calor y tampoco el frío absurdo que, en algún momento, todos hemos pasado en algún sitio a pesar de las temperaturas infernales de la calle. En las conversaciones, entre sorbo y sorbo de café, reina la ola de calor, asoma un poquito de fútbol, la cuenta atrás para las vacaciones o la resignación del que acaba de volver. Abundan, claro, opiniones de todo tipo sobre el ahorro energético, los escaparates y si 27 grados en un local significan lo mismo en Móstoles que en Girona.

En ese bar no-tan-fresco-como-antes, justo antes de llevarme la tostada a la boca, me asalta una pregunta que me llena de ansiedad: ¿Sigo siendo libre? ¿Me habría dado cuenta, en el caso de que ya no lo fuese? ¿Vivo engañado en mi aparente normalidad? ¿Es eso que estoy viviendo, que siento en mis glándulas sudoríparas (o que no siento, incluso), la primera grieta que conducirá al colapso de la democracia? ¿Blanqueo al totalitarismo yendo al bar y aceptando tomar el café en esas condiciones, metafóricamente de rodillas?

Qué buena salud tendría la libertad si sus más fieras amenazas fuesen esas que combaten algunos, cuales cruzados, con palabras tan gruesas como frívolas. Qué mala salud tendría la libertad si su defensa dependiese de esos que se dan tantos golpes de pecho. 

Por la noche quedo a cenar con dos amigas que, como yo, trabajan en estos días de agosto. Tampoco en el restaurante se deja ver el apocalipsis. Nos lanzamos a un debate irreconciliable en el que todos caemos en la generalización. Ellas defienden que “la gente” es muy fácilmente manipulable y que eso que yo considero absurdo, cala. Incluso aunque se base en falsedades. Y los que manipulan lo hacen porque saben que funciona. Yo apelo al sentido común de “la gente” (de nuevo, generalizando) y confío en ella.  

Les recuerdo que vivimos en un país que ha avanzado mucho en casi todo, cuyas nuevas generaciones están concienciadas con el ahorro energético, el cambio climático o la lucha contra la violencia de género. Incluso, insisto, pese a los constantes riesgos de involución o las crecientes desigualdades económicas. Que España sabe que hay una guerra que no ha causado pero que sufre y que eso comporta consecuencias. En España deberíamos haber tenido una gran conversación pública sobre el ahorro energético mucho antes. Estamos preparados para afrontar el debate.

Somos un país solidario (como se ve en todo tipo de indicadores, desde donación de órganos a cooperación) que ha desmontado leyendas como la de la falta de disciplina acatando sin pestañear uno de los confinamientos por covid más duros de Europa. Pronto dejamos ese debate entre el despotismo ilustrado y el optimismo, quizás excesivo, en la democracia, y pasamos a comentar la escasez de hielos, otra de las desgracias contemporáneas que nos asolan.

Reconozco que estoy absolutamente perplejo ante el debate de los últimos 10 días. Los más ardientemente militaristas y atlantistas, a los que le falta irse al frente con un fusil, los que exigen que Alberto Garzón o Irene Montero que canten de memoria el himno de la Legión en la cumbre de la OTAN o, si no, abandonen el Gobierno, reaccionan airados asegurando que su modo de vida está en peligro si los escaparates de tiendas en las que no pueden entrar se apagan a las 22 de la noche. 

Defienden una guerra contra Putin pero son vencidos a la primera de cambio por un termostato a 27 grados. Todo ello a pesar de que el propio Núñez Feijóo había pedido limitaciones en ese sentido unos días antes y, en la Xunta, desde hace lustros, como ha desvelado David Lombao en Praza.gal. ¿Qué ocurrirá cuando haya que hacer sacrificios de verdad, esperemos que no del estilo de los que tendrán que asumir otros europeos (europeos como nosotros, solo que en el este y norte del continente)?

La derecha española es capaz de enfrentarse a Ursula von der Leyen, a la Unión Europea, a su propia hemeroteca y al sentido común con tal de atacar al Gobierno y crear un clima que movilice a sus votantes y desanime a la izquierda. ¿Les funcionará o quedarán en evidencia? 

Defienden librar una guerra contra Putin pero son vencidos a la primera de cambio por un termostato a 27 grados. ¿Qué ocurrirá cuando haya que hacer sacrificios de verdad?

Para algunos, todo vale. Difícilmente el nuevo líder del PP puede presumir de moderación cuando calla ante los desmadres dialécticos o, es más, cuando se emiten desde la propia sede de Génova, donde uno de sus vicesecretarios aseguró que en España "estamos abrazados a una cartilla de racionamiento energético". ¿Es moderada y de mayorías la derecha que enmarca a España en los “regímenes totalitarios”, como hizo la presidenta de la Comunidad de Madrid, uno de los pilares del PP? Es evidente que Feijóo no se enfrenta a Ayuso sino que espera que el PP pueda defender una cosa y la contraria, tratar de exhibir moderación y a la vez utilizar métodos trumpistas. Si cuela, adelante. Algo así vimos en Galicia entre 2005 y 2009. Y funcionó. 

Estos días de argumentos estériles, quizás amplificados por ser agosto, revelan que la calidad del debate público en España no está para echar cohetes. Como muestra, paralelismos con otros países donde el asunto se trata con normalidad. También podemos hacer un par de ejercicios basados en hipótesis. Si el Gobierno dijese que España no ahorra o incluso que quiere gastar más energía para prevenir una posible recesión, ¿qué habría hecho Díaz Ayuso con tal de llevar la contraria? ¿Sería descartable un plan de austeridad energética propio en Madrid en solitario? ¿Habría adjudicado por la vía de emergencia y con cientos de millones de dinero público a empresas amigas la construcción del primer hospital 100% LED o incluso sin bombillas (además de sin médicos, por descontado)?

Si Díaz Ayuso no saliese a cargar contra el decreto, antes incluso de conocer sus 80 páginas de contenido, amagando con una rebelión ante la ley, ¿habría habido críticas al plan del Gobierno? Desde mi punto de vista, sí. De libro serían las del Gobierno vasco y la Generalitat catalana por asuntos competenciales. Probablemente surgirían también alternativas a algunas de las medidas anunciadas y algún reproche a la falta de diálogo. 

Pero todo eso quedó sepultado por un PP arrastrado por Madrid, que marcó la pauta pese a que España sea mucho más que Madrid y el PP mucho más que Ayuso. Nos han hurtado un debate sereno sobre el ahorro energético para brindarnos un rechazo absoluto al ahorro (algo que desafía toda lógica) y una buena colección de manipulaciones y bulos contra el Gobierno. Que estaba mal escrito porque Ribera se quería ir de vacaciones y Sánchez estaba en Lanzarote (ver esto), que se podrían apagar los escaparates sólo 10 segundos, que subirían las agresiones sexuales porque las calles se quedarían a oscuras, que iba contra las normas de prevención de riesgos laborales… Todo mentira. Por no hablar de resucitar una apuesta por la nuclear y la térmica que jamás llegaría a tiempo.

En una palabra: ruido a toda costa para que cale que el Gobierno podría haberlo hecho muchísimo mejor con facilidad. Como esos argumentos eran insostenibles, acabaron instalando dos menos deshonrosos: la falta de diálogo y la de pedagogía ante unos comerciantes en algunos casos desinformados… por el propio ruido generado durante días. 

Algunos medios de comunicación tienen también una reflexión que hacer. Dar tanto espacio a un plan que sí es concreto y claro como a las críticas basadas en bulos y manipulaciones no hace ningún bien ni al debate público ni a la credibilidad de la prensa. No tiene ningún sentido colocar información y mentiras al mismo nivel y presumir de dar voz a todo el mundo. Solemnizar planteamientos absurdos y corrosivos por mucho que los expongan dirigentes destacados no contribuye al pluralismo sino a la desinformación.

La gran batalla de nuestros días no es, ni mucho menos, entre liberalismo y totalitarismo sino entre liberalismo y la ley de la selva que sublima las desigualdades, cuanto mayores sean, mejor. Y los defensores del liberalismo son, a menudo, quienes menos presumen de serlo. En los medios, la disyuntiva es la de siempre, nada líquida, muy clara y consciente: hechos contra mentiras. 

PS: Para polémicas estelares, la del rey en Colombia. Los mismos medios que sacaban a hombros a su majestad por haberse quedado sentado ante la espada de Bolívar corrieron a agarrarse a unos segundos finales donde el monarca se puso en pie. Sin rubor. La misma derecha que desde hace 50 años alababa a Bolívar (lo hacía la dictadura, Juan Carlos I, el actual rey como príncipe a la cabeza) ahora carga contra el mismo hombre, que lleva sin decir una palabra desde que murió en 1830 (ver aquí). En la sensatez de alguna “gente” es difícil creer.  

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