Verso Libre

Comparecencia navideña

Luis García Montero nueva.

El verbo comparecer vive momentos difíciles. Su definición más saludable, persona que se presenta en un lugar llamada o convocada por otra, se ha enredado en los aires difíciles que vive el espacio público. Una autoridad asiste a una reunión política en la que otros participantes no van a escuchar, sino a criticar, berrear, despreciar e insultar. Todo el mundo está tan seguro de la verdad de sus intereses que teje su relato con mentiras, es decir, separa el relato de la verdad, algo que supone el sacrificio de los valores en favor de los golpes de efecto. La polarización ha impuesto en la política una narrativa melodramática.

Juan de Mairena, el personaje machadiano que sabía mantener su escepticismo gracias a sus creencias, y sus creencias gracias a su escepticismo, aconsejaba desconfiar de las voces que aconsejan no meterse en política. Son voces que quieren hacer la política sin nosotros y, la mayoría de las veces, contra nosotros. Los discursos desaforados sobre el enemigo en las comparecencias no sólo degradan al enemigo. Dañan también la imagen de la política, su crédito general. Eso siempre tiene buenos resultados para los que quieren quebrar los marcos de convivencia pública en favor de la ley del más fuerte. El insulto parlamentario es inseparable de la trampa democrática más peligrosa en nuestros días: confundir la libertad con la ley del más fuerte. Es un espectáculo ver en el parlamento cómo aplauden y reclaman a voz en grito libertad, libertad, libertad, los mismos que se consideran herederos de una de las dictaduras más crueles de la Europa contemporánea.

Y es todo un espectáculo que se quiera perpetuar en España el desmantelamiento de la educación pública en nombre de la libertad. ¿De qué libertad estamos hablando? Algunas veces, en medio del mentidero y la agitación, cruza como un rayo la verdad. Aunque sea por causas que no conviene aclarar aquí, alguien proclama la verdad: no todos somos iguales ante la ley. Es decir, los defensores de la neolibertad quieren construir un país en el que no todos, no todas, seamos iguales ante la sanidad, la educación, el trabajo y la justicia.

No basta con que la defensa ante estos neolibertadores se base en un necesario discurso teórico para legitimar al Estado como marco regulador de convivencia. Hay también que favorecer políticas capaces de ir más allá de los golpes de efecto y el insulto. Hay que darle una oportunidad a los valores para que levanten la cabeza como punto de atracción en la realidad.

Comparece todos los días en su trabajo la panadera del Mercado de Barceló que me saluda y me vende la barra de pan y los molletes para tostar. Comparecen los médicos y las enfermeras que soportan las carencias de una sanidad pública dañada y los nervios de los pacientes que necesitan ser atendidos. Comparecen los profesores de una enseñanza pública que ven cómo cada año se limita su trabajo para convertir la educación en un negocio. Y, por desgracia, ya nadie está en contra de que haya centros destinados para las élites, dispuestas a cultivar la desigualdad democrática desde la infancia. Ahora lo que se pide es que esos centros no sean subvencionados con dinero público. No se puede recortar presupuesto en profesores de filosofía para subvencionar los uniformes obligatorios en los colegios de monjas.

Comparecen todos los días en su trabajo miles de ciudadanos, desde el arquitecto al poeta, desde el transportista a la científica, para comprometer su vida con el bien común. Los unos somos llamados o convocados por los otros. Nuestro día a día conforma el mejor mensaje, el mejor relato, la mejor defensa de la verdad, el mejor antídoto contra los enemigos de la política.

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