Mal tiempo y mala cara

¿Qué son las palabras separadas de la vida? Eso se preguntó el poeta mexicano Jaime Sabines, en su libro Maltiempo (1972), para responderse que las palabras pueden llegar a ser naipes, juegos solitarios, pasatiempos mortales. El enfermo que se engaña a sí mismo para ocultarse la gravedad de una situación ejemplifica bien lo que están haciendo una parte de los responsables políticos de la desinformación a la hora de analizar la realidad que nos envuelve. Juegan sus cartas, confunden los problemas, generan desconfianza, mienten, para no asumir la gravedad de lo que acontece en el mundo. Son pasatiempos mortales. Israel y Estados Unidos provocan un genocidio en Gaza, rompen el derecho internacional, declaran una guerra sobre Irán, y cuando la respuesta cívica pretende negarse a la guerra, hay quien dice que los que defienden la paz son los partidarios de que las mujeres soporten un velo en Teherán. Pasatiempo mortal es defender con complicidad machista a un alcalde de tu comunidad, acusado de graves acosos contra una mujer de tu propio partido, para después justificar un bombardeo asesino en nombre de las mujeres iraníes.

Es inevitable que se nos quede mala cara a los que intentamos defender la dignidad humana, el derecho a la vida y la convivencia frente la las identidades cerradas, la prepotencia y la soberbia de los que supeditan el mundo a sus propios negocios

EEUU impone un bloqueo cancelador sobre Cuba para hacerle la vida imposible a los cubanos. Se esté de acuerdo o no con el régimen, es difícil aceptar que un país extranjero amenace, provoque el hambre, el bloqueo, la desprotección, el deterioro de los servicios mínimos, la falta de electricidad y de gasolina en una existencia cotidiana. Pasatiempo mortal es, por ejemplo, apoyar como patriotas españoles a los EE.UU cuando intentan, según ocurrió en 1898, borrar la presencia española en Cuba, su identidad latina, para convertir el país en el patio trasero de los norteamericanos, un territorio de esclavitud anglosajona, con servicios baratos para los que quieran hacer negocios, jugar en los casinos y pasarse unas vacaciones lujuriosas. 

La prepotencia de los nuevos mandarines está dinamitando el pudor. Ya no da vergüenza pisotear los derechos humanos, la justicia internacional y la convivencia pacífica. Y es muy grave ponerle buena cara a este mal tiempo. Así que agradezco la tristeza, la inquietud en las palabras y las ojeras en los rostros. El poeta Jaime Sabines se convirtió en cronista cuando un volcán furioso hizo erupción desde las entrañas y sobre los cielos de Chiapas en marzo y abril de 1982. Miró a los heridos y a los muertos, reconoció la tragedia en los municipios de Chapultenango y Francisco León, sintió por dentro la historia de cada una de las víctimas, pero al final no pudo evitar la inquietud de una pregunta: ¿Por qué se ha de medir la catástrofe por el número de muertos y no por el de sobrevivientes? Las cifras de muertos son terribles en Irán o Palestina, pero lo mismo de terrible es el mundo que quieren imponernos a los sobrevivientes, un futuro sin derecho internacional, dispuesto a los genocidios y dominado por la ley del más fuerte.

Resulta que defender la paz supone ahora ponerse una camisa simpática, una estrategia electoralista, según los defensores mediáticos y políticos de Donald Netanyahu y Benjamín Trump. Es inevitable que se nos quede mala cara a los que intentamos defender la dignidad humana, el derecho a la vida y la convivencia frente la las identidades cerradas, la prepotencia y la soberbia de los que supeditan el mundo a sus propios negocios. Jaime Sabines escribió el poema Tlatelolco 68 para denunciar la terrible matanza cometida en México, en la plaza de las Tres Culturas. Empezó por reconocer que “nadie sabe el número exacto de los muertos, ni siquiera los asesinos, ni siquiera el criminal”. Fueron cifras terribles.

Pero hubo algo más terrible. Lo que se asesinó entonces no fue un conjunto de víctimas: “fue peor, aquí han matado al pueblo”, escribió Sabines, denunciando lo que se quería hacer con un país que consolidaba su democracia y su deseo de convivencia. Y esto es lo que ocurre hoy en el mundo. Junto al dolor sentido ante cada una de las víctimas, hay que ponerle muy mala cara a este mal tiempo que quiere acabar no ya con las personas, sino con la idea de un futuro que camine hacia la democracia social, el derecho internacional y el respeto a la dignidad humana. 

Jaime Sabines nació en la primavera de 1926, en Chiapas, hace ahora 100 años.

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