Verso Libre

¿Son populistas o comunistas?

Los dirigentes del PP vuelven a la estrategia del “y tú más”. Con poco tiempo de vida, piensa la derecha que algunos miembros notables de Podemos pueden servir de excusa para debilitar las críticas del nuevo partido contra la corrupción. La lógica del “todos somos iguales” resulta siempre útil al pensamiento reaccionario. Desprestigiar la política va en favor de los que quieren tener las manos libres y hacer negocios sin regulación alguna del Estado. Ahora, además, sirve para arrebatarle a Podemos su aire de nueva y limpia política, algo que en una situación de corrupciones generalizadas atrajo el voto de sectores muy diversos.

Estos ataques, claro está, forman parte de un ruido superficial. Podemos ha metido la pata más que la mano a la hora de explicar y resolver algunos casos; pero nadie puede equiparar con honestidad asuntos menores como la beca de Errejón o las operaciones del padre de Espinar en nombre de su hijo con las tramas de corrupción organizada por el PP para enriquecerse con el dinero público.

Este tipo de críticas no merecen consideración alguna. Mayor interés me despiertan las descalificaciones contra Podemos por sus orígenes comunistas o populistas. ¿En qué quedamos? Las críticas de comunismo quieren contagiar la idea de que se trata de un movimiento fracasado, viejo, perteneciente a otra época. Las críticas al populismo aluden al nuevo fantasma que sufren las élites económicas en los inicios del siglo XXI. Los ataques no casan bien en el tiempo, pero tampoco en el espacio ideológico, porque el comunismo buscó organizaciones muy jerarquizadas, de control sólido y programas calculados a largo plazo, y el populismo tiene que ver con masas sin articulación, multitudes manipuladas por el ímpetu de las indignaciones efímeras.

También hay una diferencia en torno al concepto de libertad. Como el comunismo cree en el Estado, la libertad tiene para él una inevitable dimensión social. Se trata de construir un marco de igualdades en el que cada individuo se pueda desarrollar con libertad. Los movimientos populistas proponen en realidad una fe en las patrias y constituyen una acumulación de soledades bajo la luz de un caudillo.

El comunismo se condenó al fracaso cuando perdió el respeto por el Estado como espacio de representación popular y convirtió a los revolucionarios en policías en favor de una élite política. Acabó con la conciencia del militante para dar paso a las represiones y a la devoción de los feligreses. La democracia se ha pervertido también por una pérdida de respeto al Estado, convertido en el gran negocio de las élites económicas. El populismo que tanto temen los neoliberales surge en Francia y Estados Unidos después de años en los que mucha gente ha comprobado que el sistema no sirve para solucionar sus problemas. Conservadores y progresistas trabajaban con los matices de sus alternancias en favor de un mismo poder.

Los caudillos procuran hablar directamente con sus devotos sin intermediaciones democráticas. Trump, por ejemplo, intenta saltarse a la torera a los jueces y a los periodistas para componer una realidad alternativa con mensajes de Twitter a sus seguidores. La alternativa a un caudillo no puede ser, desde luego, un político como Mariano Rajoy que manipula a la fiscalía del Estado y a los medios públicos de información (con la ayuda de los grandes medios privados) para legitimar sus abusos de poder y sus mentiras. Ni lo uno, ni lo otro.

El cocinero como héroe moderno

¿En qué quedamos? Si me interesan más las acusaciones de populismo y comunismo contra Podemos que los insultos del “y tú más” y del “todos somos iguales”, es porque nos pueden ayudar a comprender un camino útil a la hora de presentar una alternativa útil contra el neoliberalismo.

No me atrevo a decir que una democracia social debería escoger lo mejor del comunismo y del populismo. No están los tiempos para eso, y además sería una mezcla de laboratorio sin meditación verdadera sobre la realidad española. Pero estoy convencido de que se debe reconstruir el valor democrático de un Estado firme como representación popular y consolidar los espacios fundamentales de intermediación. Necesitamos sociedades dueñas de su Estado y una prensa independiente capaz de vigilar las injusticias del poder. Necesitamos también una izquierda organizada capaz de respetar al Estado y de expulsar del poder a los que trabajan para las élites económicas. Representar a la mayoría social, dialogar y decidir es la tarea de esa izquierda.

¿Por dónde empezar? No creo que el debate sea ahora el “y tú más”, ni las purezas, ni el populismo o el comunismo. Empecemos por plantearnos la función de las puertas giratorias, las complicidades de la política con las élites económicas y el papel de IBEX35 en el Estado. Y que cada cual se sitúe.

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