Plaza Pública

Vistalegre II y el izquierdismo como enfermedad infantil

Fran Casamayor / Francis Gil

La diferencia entre un veneno y una vacuna es fundamentalmente de cantidad. La dosis es la clave. Un mal cálculo puede causar la muerte y un exceso de precaución convertir la vacuna en inútil. La justa medida, el equilibrio, es lo que garantiza la eficacia.

Una vacuna es, en esquema, una síntesis del microorganismo causante de una determinada enfermedad, elaborada a partir de un debilitamiento de sus toxinas, que se inocula en el cuerpo para que el sistema inmunológico lo reconozca, aprenda a combatirlo y cuando se produzca una nueva infección nuestras defensas resulten más eficaces. Es una forma, relativamente sencilla, de enseñar a nuestro organismo a resistir. Aprender a resistir, mejorar nuestras defensas entrenándolas, es la mejor garantía de no caer enfermos cuando somos víctimas de un virus tópico. El ejemplo es sencillo: la falta de entrenamiento de las defensas, la escasa o nula capacidad de resistencia de los niños les convierte en las víctimas perfectas, por indefensos, de enfermedades que los adultos ya han superado y aprendido a combatir. Pero no siempre es así. Hay adultos cuya fisiología sigue siendo infantil. Que no están preparados para resistir y cuyo cuerpo cede ante los factores atmosféricos y medioambientales con mayor facilidad. Esa paradoja se produce porque crecer no es sólo una cuestión física, no es sólo una cuestión cronológica. Crecer es madurar, y eso requiere del aprendizaje de la experiencia, obliga a haber superado la enfermedad para que nuestro cuerpo sepa hacer un buen diagnóstico previo que ponga el remedio adecuado ante los primeros síntomas. Dicho de forma rápida; para curarse primero hay que enfermar. Vacunarnos nos refuerza internamente para combatir los contagios exteriores y nos enseña, el cuerpo también aprende, a resistir frente a los diferentes tóxicos y parásitos que pretenden invadir nuestro cuerpo. Si forzamos un poco la metáfora, no es difícil descubrir relaciones de paralelismo entre el propio cuerpo y el “cuerpo político”. En política también hay agentes tóxicos y procesos virales. De hecho, el contagio hoy es uno de los fenómenos sociales y políticos más comunes, más aun en una etapa de comunicación constante e instantánea que convierte la política en comunicación y la comunicación en política. Quizás siempre fue así, sólo que ahora el proceso es más rápido e intenso.

Que la medicina es imperfecta en muchos aspectos éticos, al igual que la política democrática, es indiscutible. Sin embargo, cuando somos víctimas de la enfermedad o de la injusticia, sólo tenemos dos opciones: dejarnos llevar y esperar, o resistir y luchar. Nuestro cuerpo es como nuestro pueblo, y los revolucionarios del siglo XVIII lo sabían perfectamente cuando afirmaban, como Robespierre: “Una nación está verdaderamente corrompida cuando, después de haber perdido, paulatinamente, su carácter y su libertad, pasa de la democracia a la aristocracia o la monarquía; el cuerpo político muere entonces por decrepitud”. Y ese riesgo siempre estará presente. La enfermedad no es solamente la ausencia de “salud”, el Comité de Salud Pública fue sinónimo de Comité de Salvación Pública por su homonimia latina, donde Salud y Salvación se comprendían como una y la misma cosa. La salud de la revolución era un asunto de virtù personal, y el futuro de cada uno estaba ligado a una tesis política concreta y su defensa frente a una Asamblea Nacional que podía tomar decisiones, que como en el caso Robespierre, terminarán dirimiendo las diferencias políticas con la “igualitaria” hoja de la guillotina. Eran tiempos en los que defender tesis políticas y asociarlas a personas concretas tenía costes personales muy elevados, tiempos en los que en los documentos te jugabas la vida. Hoy esa fase, casi con total seguridad, la hemos superado, y no hay porque tener miedo a asociar nuestro nombre a un documento e incluso a un manifiesto. Hemos consolidado el derecho democrático a defender nuestras ideas y representarlas personalmente; hemos conseguido que cada uno, individualmente, pueda defender su propio proyecto político. No renunciemos a esa conquista y, sobre todo, no infravaloremos esa victoria democrática.

La Revolución francesa no fue el inicio, fue el final de algo que está por empezar. Si Lenin se miraba en el reflejo de Babeuf, y nosotros nos reflejamos sobre La Huelga de la Canadiense, o los discursos parlamentarios de Azaña, que incendiaban el hemiciclo cuando afirmaba: “por encima de la Constitución, está la República, y por encima de la República la revolución”, antes de todo esto, estaba la política de la Roma en que se referenciaban Marat y Saint-Simon para reivindicar el verdadero cambio de estructuras, un cambio incomodo, duro y nada amable que requería, en palabras de Marat, saber llegar hasta el final, asumir que lo que empieza como una propuesta, como una equivalencia discursiva de demandas, puede y debe terminar siendo una realidad por la fuerza de los hechos: “Las revoluciones empiezan por la palabra y concluyen por la espada”. La pregunta lógica, pues, es quién empuñara la espada. Ni Roma, París, Moscú o La Habana nos resolverán el problema. El problema es nuestro problema. Y como todos los problemas interesantes, es diferente pero es el mismo de siempre.

Suetonio, Tácito y Dion Casio no se ponen de acuerdo en quién pero tienen claro el cómo. A Claudio lo envenenaron… y Nerón se convirtió en Emperador. Ese podría ser un motivo suficiente y creíble para buscar un culpable; la ansiedad por ocupar un lugar, aunque sea de forma ilegítima, moviliza las excusas necesarias para cualquier acto por deplorable que este pueda ser. Quienes juzgan con dureza a los cobardes o los traidores suelen ignorar que el miedo, nuestro propio miedo, es el peor enemigo con el que nos enfrentamos en los momentos decisivos. La incapacidad para entender que no es posible ser queridos por todos, por los tuyos y por tus enemigos, el miedo al rechazo o el ridículo, es un virus que infecta la psicología del agente doble y del traidor inconsciente. No es el miedo a perder la guerra, es el miedo a que tus adversarios tengan razón y tú estés equivocado lo que mueve al desertor a cambiar de bando. Todas las campañas de propaganda del quinto columnismo tienen ese objetivo: la guerra psicológica desde el interior, minar en lo posible la moral del contrincante para aumentar la confianza de tus propias fuerzas. Porque ya sabemos que el miedo es contagioso, es vírico y puede infectar con mucha más rapidez a un grupo que convive en comunicación constante. Como un virus informático, el miedo se contagia por confianza y eso hace que la lógica amigo/enemigo se vuelva difusa, liquida y resbaladiza. Cuando el enemigo es sólo un concepto, una abstracción, el amigo desaparece. Y la política, la de verdad, requiere de un principio de amistad, esto es; de lealtad entre iguales que defienden un proyecto común. Sin esa lealtad presupuesta, amigo/enemigo es un significante vacío incapaz de actuar políticamente.

Posiblemente Nerón sabía que nunca sería realmente Emperador, que su propio nombramiento estaba envenenado, que “Roma no paga traidores” y que él estaba condenado a sufrir siempre la situación de interinidad del falso heredero, de quien se sabe impedido de entrada para ser realmente Emperador por derecho. Nerón y Darth Vader son referentes equivalentes, comparten la misma patológica impotencia; demasiado conscientes de sus miedos para perder el miedo inconsciente que les limita. Las consecuencias ya las conocemos: al final arde Roma y estalla la Estrella de la Muerte. Sus miedos se socializan y se convierten en una corriente psicótica que impone la lógica del veneno; la búsqueda de una respuesta fácil y rápida a un situación complicada derivada de un secuencia compleja de acontecimientos acumulados. Son sujetos, personajes, envenenados que contagian con sus miedos a una colectividad, intoxicando con el único objetivo de sostener una posición de poder adquirida circunstancialmente por un desarrollo inesperado de los acontecimientos y, que sin saber defender individualmente su hipótesis, reclaman que todos nos paremos para que su mundo personal siga estable; para que su mundo no cambie exigen que nada cambie.

Pero todo sigue moviéndose. El movimiento popular sigue empujándonos, no permite que nos detengamos. Hoy Podemos es un punto de apoyo, y eso es suficiente para mover el mundo. Seguimos avanzando y por eso asumimos que el tertium non datur es la formulación lógica que debemos aplicar como metodología política, es decir: Cuando nos enfrentamos a dos enunciados de tipo disyuntivo uno debe ser correcto y el otro falso. Aquí la verdad relativa de lo político desaparece automáticamente. Usemos el ejemplo clásico de Aristóteles; “el Sol es un astro” (A es B) y el “Sol no es un astro” (A no es B). En esta formulación no cabe enmienda ni propuesta transaccional. Hay que optar (Galileo lo comprendió de forma brusca y nada amable al tener que defender sus tesis científicas); o bien se asume la reducción al absurdo propia de las ideologías unidimensionales o se reconoce una verdad concreta. Lo aparentemente abstracto de esta afirmación quizás se comprenderá mejor si lo llevamos al campo de la elección a la que nos enfrentamos en Vistalegre II. ¿Qué está en juego? Todo. Hay que decidir si el sol es o no es un astro, es decir; sí Podemos es o no es la “espada” que terminará lo que empezamos.

En Vistalegre II nos jugamos nuestra identidad política como sujeto popular de transformación. Si hasta ayer fuimos anti-héroes de lo político, no deberíamos renunciar a nuestra propia identidad y aceptar las reglas de lo políticamente correcto bajo una falsa ilusión de recuperación de la normalidad. ¿Quién quiere, y mejor, quién ha recuperado la normalidad? Y, ¿qué normalidad? Para quienes quieran superhéroes “blancos”, limpios de conflicto y homologados por el establishment para ocupar escaños parlamentarios ya existían opciones institucionalmente patrocinadas con discursos amables de mayorías. Pero nosotras somos diferentes, “somos panteras”: porque nosotras no nos referenciamos en la cultura del enemigo y no buscamos su respeto, sino su más profundo desprecio por ser la representación transparente de todo lo que no se doblega y resiste frente a sus estrategias de domesticación: la verdadera mayoría. Somos panteras porque no nos dejamos amaestrar, no nos dejamos acariciar por el poder y siempre seremos salvajes, impredecibles y peligrosas.

Desde ahí, desde lo indomable de nuestra propia esencia, necesitamos construir una cultura política de mayorías. Un proyecto transversal para ganar y gobernar. Pero su articulación discursiva no puede significar la renuncia a los significantes fuerza, a aquellas demandas populares que hacen pensar la política como una diferencia, como una formulación de las necesidades de “imposibles”. Alain Badiou lo explicaba con precisión –entrevistado por Jorge Lago- en el número dos de La Circular (verano de 2015): “Una política nueva es siempre una política que define ella misma lo que es posible e imposible”. Y nosotras estamos obligadas a ganar todo, arriesgándonos a perderlo todo por el camino.

Porque ya sabemos que hacer política es arriesgarse a lo imposible, arriesgarse a ganar, a ganarles, hay que  aumentar las apuestas, asumir el riesgo y ser conscientes que se juega para ganar. La otra política es gestionar lo posible, dentro de lo razonable, para terminar justificando lo existente. Esa enfermedad infantil del izquierdismo que se asusta ante cada contratiempo porque no está vacunada contra el oportunismo. Ahora la ruptura del marco y el rechazo del relato hegemónico, pasa por asumir que hemos crecido, y seguiremos creciendo, hasta ser la única alternativa de gobierno. Ha llegado el momento de dejar de hablar de nosotros mismos y empezar a gobernar antes de gobernar. Aprender a gobernar antes de gobernar. _______________

Fran Casamayor, Secretario de Organización de Podemos en la Comunidad de Madrid

Francis Gil, Secretario Político de Podemos en Castilla-La Mancha

Pensando Vistalegre

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