Nuevo conservadurismo: enseñar tetas, bailar en La Casita y León XIV

Recuerdo enseñar las tetas y besarme con no sé quién cuando Benedicto XVI visitó Santiago de Compostela en 2010. Estudiaba Filosofía entonces y, de forma orgánica, como cuando Fraga vino a la facultad o el 15M ocupó el Obradoiro, hicimos lo propio. No eran gestos calculados para las redes sociales, sino simplemente lo que tocaba, una interpelación necesaria a una institución que llevaba décadas administrando el cuerpo de las mujeres, gestionando las agresiones sexuales a personas menores de edad y oponiéndose al aborto, al divorcio y a la homosexualidad mientras reclamaba su espacio público con la bendición del Estado.

Publicidad

Esta semana León XIV está en Madrid y Bad Bunny en el Metropolitano.

Señoras de izquierdas acuden, cumpliendo en silencio el protocolo de negro, a los actos del primero, mientras que otras mujeres de izquierdas son seleccionadas (o desean serlo) por el equipo del segundo para subir a La Casita, y no precisamente por ir vestidas de negro recatado. Escasean las protestas. Y las que asoman, se entierran bajo el paradigma de las necesarias contradicciones que la izquierda y el feminismo deben pagar hoy por la posibilidad de gobernar.

Publicidad

Ir tapada a rezar con el papa y perrear hasta el suelo enseñando las tetas en Instagram no son cosas que estén de ningún modo mal. Tampoco soy tan ingenua como para afirmar que apunten al mismo problema. No hay nostalgia ni voluntad de decirle a nadie lo que tiene que hacer aquí, pero sí mucha preocupación sobre la capacidad política que, como país, tenemos para ahogar o avivar las contradicciones, las normas y sus disidencias, ya que es en todo ello donde reside nuestra potencia de cambio.

Hubo un tiempo en el que teníamos gestos que nos permitían, a pesar de nuestras contradicciones, disfrutar y respetar los dos escenarios al mismo tiempo que señalábamos aquello que tenía que cambiar en la Iglesia o en la industria musical. ¿Qué ha cambiado en estos años?

Publicidad

Hubo un tiempo en el que teníamos gestos que nos permitían, a pesar de nuestras contradicciones, disfrutar y respetar los dos escenarios al mismo tiempo que señalábamos aquello que tenía que cambiar en la Iglesia o en la industria musical

Como mujer feminista, aunque entiendo lo liberador que puede resultar perrear hasta el suelo para un hombre (aunque, puestas a protestar contra el patriarcado, disfruto personalmente mucho más de perrear para una mujer), no me siento cómoda con la idea de que no protestemos contra el papa. Pero, como con La Casita, lo que me ronda la cabeza estos días no es si la izquierda o el feminismo es coherente, que es un debate que sirve sobre todo para paralizar(nos), sino qué ha pasado con nuestra disposición a incomodar que parecía tan constitutiva de nuestra posición ideológica.

Y es que lo que ha desaparecido no es exactamente la crítica, que todavía la hay en artículos, hilos o reels; la cosa es mucho peor, lo que ha desaparecido es el gesto radical, lo subversivo, el acto que ponía el cuerpo donde estaba el argumento. Seguimos haciendo izquierda, seguimos haciendo feminismo, pero de riesgo 0. Enseñar las tetas ante la Iglesia era una forma de decir que ese cuerpo no aceptaba su jurisdicción. Enseñarlas en TikTok ocurre en un contexto donde el destinatario ha cambiado hasta invertir el sentido completo del acto, no porque la protagonista produzca un contenido para la plataforma que controle (de hecho, no lo hace, pero este es otro debate), sino porque existe una diferencia que se puede medir en la recompensa recibida frente a la violencia sufrida en una y otra acción. Pasamos de hacerlo a pesar de y contra, a hacerlo por placer y a favor. No hay nada intrínsecamente distinto en el gesto. Lo que ha cambiado es hacia quién apunta y, en consecuencia, lo que consigue.

Publicidad

Cabalgar contradicciones se ha convertido en la postura por defecto de una izquierda que aprendió, por supervivencia y oportunidad, a gestionar las tensiones en lugar de sostenerlas. We have been PSOED es una forma de decirlo; otra, compatible, es hacerse cargo de lo terriblemente complejo que supone seguir manteniendo una posición dura en un ecosistema cultural, mediático y judicial que destroza toda discrepancia. Sabemos que Bad Bunny puede ser a la vez símbolo anticolonial y productor de espectáculos donde se selecciona a las mujeres por su aspecto, y seguimos comprando las entradas. Sabemos que la Iglesia puede traer un papa que habla de migrantes mientras su institución mantiene intacta su doctrina sobre el aborto y su historial de encubrimientos. El peligro no reside ahí sino en lo que Foucault llamaría normalización: conseguir que las normas parezcan deseos, que las jerarquías parezcan estilos, que la reproducción del orden parezca elección. La Iglesia de Benedicto disciplinaba sobre un cuerpo que sabía (o aún tenía) dónde plantarse para oponérsele. El algoritmo de 2026 normaliza sobre un cuerpo que, mientras cree resistir, está produciendo el contenido que lo regula. La izquierda se ahoga en esa contradicción.

Cabalgar contradicciones se ha convertido en la postura por defecto de una izquierda que aprendió, por supervivencia y oportunidad, a gestionar las tensiones en lugar de sostenerlas

Todo esto recuerda inevitablemente a lo que Mark Fisher llamó realismo capitalista: esa colonización capitalista de la posibilidad misma de imaginar una alternativa al sistema, que tan bien diagnosticó en la izquierda de su tiempo como un conservadurismo sombrío que repetía gestos de rebelión mientras enmascaraba en ellos una resignación de fondo. Dicho de otro modo, el problema no es este u otro gesto cultural, sino que nuestra capacidad de producir gestos culturales que rompan el sistema está tan mermada que incluso los que producimos son funcionales para el mismo sistema que queríamos cuestionar. Tanto, que resulta demasiado difícil pensar que no estamos sumándonos a esa ola conservadora.

Por eso lo más peligroso de este nuevo conservadurismo no llega con crucifijos ni con nostalgia de los años 50, sino cuando la crítica se da por necesidad algorítmica en redes sociales; es decir, cuando la resistencia se vuelve fundamentalmente una cuestión estética, cuando está mal visto exigir una posición moral y, sobre todo, cuando señalar una contradicción ocupa el lugar de confrontarla. Somos más conservadoras que quienes nos precedieron no porque hayamos abandonado las ideas, sino porque ni siquiera nos damos cuenta de que lo somos. Porque hemos perdido la capacidad de reconocer la forma que toma hoy el poder sobre nosotras mismas.

Publicidad

No sé si revertir esta situación pasa por volver a enseñar las tetas ante una catedral (cosa que haría sin dudar) o cualquier gesto equivalente, sea taparse, quedarse quieta, hablar mucho o poco, bailar todo o nada. Lo que sí sé es que echo de menos vivir en un tiempo en que esa pregunta era la que más sentido tenía hacerse, el tiempo en el que ser feminista era querer quemar la Conferencia Episcopal. Y a la vez, ¿cómo no alegrarme de las fortunas y hegemonías del feminismo? Have I been psoed too?

_______________

Ángela Rodríguez 'Pam' es ex secretaria de Estado de Igualdad.

Recuerdo enseñar las tetas y besarme con no sé quién cuando Benedicto XVI visitó Santiago de Compostela en 2010. Estudiaba Filosofía entonces y, de forma orgánica, como cuando Fraga vino a la facultad o el 15M ocupó el Obradoiro, hicimos lo propio. No eran gestos calculados para las redes sociales, sino simplemente lo que tocaba, una interpelación necesaria a una institución que llevaba décadas administrando el cuerpo de las mujeres, gestionando las agresiones sexuales a personas menores de edad y oponiéndose al aborto, al divorcio y a la homosexualidad mientras reclamaba su espacio público con la bendición del Estado.

Más sobre este tema
Publicidad