Ideas Propias

La vía catalana hacia la nada

Manuel Cruz Ideas Propias

Se le suele recordar mucho a Pedro Sánchez (especialmente en las sesiones de control al gobierno de los miércoles en el Congreso) sus declaraciones en campaña afirmando que no podría dormir tranquilo si tuviera ministros de Podemos en puestos clave del ejecutivo. Se le recuerda menos que rectificó esa afirmación de inmediato, tras conocer el resultado electoral. Y tal vez sea esto último lo que debería recordarse más, a la vista de lo que ha estado pasando en Cataluña en las últimas semanas.

Unos y otros, PSOE y Unidas Podemos, fueron capaces de alcanzar en breve tiempo un acuerdo y llevar a cabo algo inédito hasta el presente en nuestra democracia, un gobierno de coalición que, por añadidura, parece que se mantendrá cuanto dure la presente legislatura. No hace al caso ni me interesa ahora entrar a valorar el cambio de opinión de Pedro Sánchez o la posterior gestión del gobierno surgido de ella, sino señalar la diferencia en relación con lo que ha pasado en Cataluña.

Porque, aplicando la misma lógica, cabía esperar aquí que el acuerdo para continuar gobernando al alimón entre dos fuerzas, Junts y ERC, que ya lo hicieron en la legislatura anterior, no resultara una empresa en exceso complicada. Tras dicha experiencia compartiendo ejecutivo, no solo se podía suponer que ambas tendrían muy claras sus prioridades (la independencia “en el menor tiempo posible”, ¿o qué otra cosa podría haber más importante, como no cesan de repetir las dos a todas horas?), sino que tendrían también muy identificados los ámbitos de discrepancia y, por tanto, las formas, si no de solucionarlos, al menos de soslayarlos. El nuevo gobierno catalán, probablemente pensaba algún ciudadano ingenuo, se iba a constituir en pocos días (en su ingenuidad ese mismo ciudadano probablemente remachaba el clavo diciéndose para sus adentros: sobre todo teniendo en cuenta la gravedad de los asuntos pendientes).

Sin embargo, lo que hemos estado viendo durante estas largas semanas no es que al independentismo le costara pactar un programa de gobierno, sino que ni tan siquiera tenía claro con qué fuerzas pretendía conformar dicho gobierno. Sin que se pueda decir que las diferentes posibilidades implicaran diferencias menores o de detalle. Ahí es nada la diferencia para ERC entre pactar con la derecha independentista de Junts (la expresión es del propio Gabriel Rufián) o con la extrema izquierda independentista de la CUP, o incluso con una izquierda, la de los comunes, que a estas alturas, esto es, finiquitado el procés, aún no ha ido más allá de afirmar que eso de decidir es muy importante, aunque no haya informado a la ciudadanía acerca de qué decidiría cuando tuviera que decidir (no ha descartado la libertad de voto, como si la independencia no fuera una cuestión política sino moral, equiparable al aborto o a la eutanasia).

Aunque, todo hay que decirlo, los comunes se apartaron enseguida de cualquier posible negociación, probablemente oliéndose la tostada del futuro que les aguardaba en el caso de seguir adelante, futuro en el que se les asignaba la inequívoca función de revestir al independentismo con unos ropajes de progresismo y transversalidad que servirían con eficacia al objetivo de desgastar a la oposición no independentista del PSC (como en tiempos ya hizo Javier Madrazo, de Izquierda Unida, formando parte de un gobierno del PNV en el País Vasco). Con los comunes fuera de la combinatoria, el pulso era ya exclusivamente interno al independentismo, lo que resultaba clarificador, en la medida en que hacía visibles las importantes grietas existentes en el seno de dicho bloque.

Al respecto hay que decir que, por más que algunos analistas se esfuercen en ver doctrina donde no la hay, el asunto hace mucho que no va de ideas. Hasta tal punto, que Junts ha necesitado llevar a cabo una encuesta para organizar el debate ideológico interno y poder así constituir las grandes corrientes que la conformarían en tanto que fuerza política. Pero casi tan insólito como el procedimiento demoscópico seleccionado para definir el signo de su proyecto político, lo resulta también el contenido de las opciones que se le han ofrecido a los encuestados, selección que constituye un genuino indicador de una confusión ideológica, o tal vez de una inanidad teórica, ciertamente notables. Las opciones entre las que se puede escoger son: “liberal”, “socialdemócrata”, “izquierdas” o “ninguna”.

Llama la atención, por lo pronto, la última opción, esto es, la carencia absoluta de ideología política, cosa que desde un punto de vista lógico constituye un auténtico imposible práctico-teórico (el de pretender intervenir en el espacio público defendiendo determinadas políticas, pero sin criterio definido alguno), pero que es de toda evidencia que a los encuestadores les parece perfectamente razonable. A continuación, destaca una ausencia reveladora: la de la opción “derecha”, tal vez subsumida, de manera vergonzante, bajo el rubro de “liberal”. Pero, también por pura lógica, si se distingue, sin el menor fundamento politológico, entre “socialdemócrata” e “izquierdas”, con más razón debería haberse introducido de manera explícita la opción conservadora en mayor medida. Máxime teniendo en cuenta que no han faltado destacados militantes de la formación liderada por Carles Puigdemont que han hecho declaraciones que, en lo tocante a xenofobia y supremacismo, los aproximan más a Vox que a cualquier otra fuerza del espectro político.

Sin embargo, a la vista está que para los dirigentes de Junts eso son pelillos a la mar. Ellos están por lo que están. Que no es volver a hacer, como retóricamente proclaman algunas pancartas en los balcones desde hace un tiempo, sino continuar haciendo. Con el debido respeto, yo no creo, en contra del criterio del Tribunal Supremo, que lo que los independentistas intentaron en octubre de 2017 fuera una ensoñación. Fue un fracaso, que no es lo mismo. Ensoñación es lo de ahora, la ficción de que, con el acuerdo de gobierno firmado el pasado lunes, se le está ofreciendo a la ciudadanía catalana alguna propuesta política, del tipo que sea. Porque ¿acaso se puede considerar una propuesta mínimamente atendible situar en el horizonte la celebración de otro referéndum más (y van…), por añadidura esta vez supuestamente tutelado por unos organismos europeos cuya actitud al respecto de estos asuntos ya quedó clara, sin margen de duda, en el pasado reciente?

Aunque se trata, habrá que reconocerlo, de una ensoñación sostenible, en la medida en que los votantes independentistas tampoco demandan concreción alguna (ni, por descontado, la menor verosimilitud en las propuestas), y en los días previos a la formación del gobierno se limitaron únicamente a exigir que se formara gobierno. El que fuera, mientras fuera de los suyos, y aunque no llevara a cabo ninguna tarea específica, como ninguna tarea llevó a cabo al frente de su gabinete aquella encarnación de la insignificancia política que respondía al nombre de Quim Torra. Al fin y al cabo, para alcanzar tan pobre objetivo e irse de rositas, es suficiente con que entre ERC y Junts decidan acerca del reparto de TV3 y Catalunya Ràdio. No resulta casual que sea lo primero sobre lo que tradicionalmente acostumbran a pactar: es lo que les permite mantenerse en el permanente como si en el que viven instalados desde hace tiempo.

Entretanto, la sociedad catalana continúa, como en el tango, cuesta abajo en la rodada. Desangrándose lentamente, ante la mirada complacida de unos dirigentes independentistas de los que cabría predicar aquello de que se han acostumbrado tanto a mentir, que se sonrojarían el día que dijeran la verdad. Pero no hay cuidado de que nadie les saque los colores: quienes deberían reclamársela no lo hacen, y quienes sí lo hacen se ven sistemática y rigurosamente ninguneados. He aquí la perfecta ruta hacia la nada.

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Manuel Cruz es filósofo y expresidente del Senado. Autor del libro 'El virus del miedo' (La Caja Books)

Del 'tenim pressa' al 'slow process' (En diálogo con Rubén Amón)

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