El árbol y las nueces en violencia de género Miguel Lorente Acosta
Todo el mundo tiene una opinión sobre todo. Incluso cuando creemos no tenerla, ya estamos tomando posición. Opinar es, en esencia, una forma de obligarse a pensar. A ordenar ideas, a confrontarlas, a entender lo que ocurre. Y es gratis.
Es el primer paso de cualquier conciencia crítica. Y, en un contexto cada vez más complejo, cada vez más necesario. Pero desde el sofá.
Quizá nunca habíamos opinado tanto. O, mejor dicho, generado tanto ruido. La conversación pública es constante, inmediata, inagotable. Todo genera reacción. Todo exige posicionamiento. Hemos interiorizado que participar es estar, y que estar es decir. Como si el juicio —rápido, muchas veces superficial— fuese equivalente al compromiso.
Sin embargo, mientras hablamos más que nunca, la capacidad real de transformar lo que nos indigna parece cada vez más lejana. Opinar se ha convertido en un gesto suficiente en sí mismo. Se reacciona, se comparte, se comenta. Y con eso, de alguna forma, se cumple. Una pequeña palmadita en la espalda. Dopamina fugaz. La sensación de haber hecho algo, cuando en realidad apenas se ha empezado.
Opinar no es un problema. Al contrario. Bendito sea. Y que no se pierda. Pero cuando participar no cuesta nada, tampoco obliga a nada.
Hemos construido un espacio público donde la expresión constante reduce la exigencia del compromiso. Donde el posicionamiento sustituye a la implicación y donde las cuestiones sociopolíticas, cada vez más, se convierten en algo que se siente, no en algo que se hace. La indignación encuentra salida y, con suerte, viralidad, pero rara vez recorrido.
Y en ese proceso se ha instalado una forma silenciosa de desafección. No la del que se desentiende, sino la del que participa sin consecuencias. La del que habla, pero no espera nada. Todo ocurre, pero todo se disuelve rápido. Todo cuenta… pero nada pesa demasiado.
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para participar. Y, a su vez, pocas veces había sido tan fácil quedarse en la superficie
Es casi automático. Vemos, reaccionamos, opinamos, y pasamos a lo siguiente. La emoción se consume en el gesto. El conflicto se diluye en el comentario. Es un cierre emocional sin apertura real.
En ese contexto, el ruido ocupa el lugar de la política y de todo dilema popular. No porque haya más debate, sino porque hay menos fricción real. Menos conflicto que obligue a moverse, a organizarse, a sostener posiciones más allá del instante.
El sistema no necesita que participes. Solo necesita que opines.
Porque opinar mantiene viva la sensación de implicación. Sostiene una democracia que parece activa, dinámica, incluso intensa. Pero lo hace sin alterar nada esencial, sin generar el coste que implica cualquier cambio real. El ruido sustituye la pugna. La expresión, a la transformación.
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para participar. Y, a su vez, pocas veces había sido tan fácil quedarse en la superficie. Opinar se ha vuelto inmediato. Implicarse, sin embargo, sigue siendo exigente.
Y en esa diferencia - cómoda, casi invisible - no solo hemos rebajado el umbral de la participación. Hemos redefinido su significado. Pero desde el sofá. No vaya a ser…
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Alberto Fandos Portella es periodista y director de comunicación y marketing.
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