Apliquémonos el Voight-Kampff

Una carroza de carnaval titulada «Trump ICE», que representa al presidente estadounidense Donald Trump, participa en el desfile del Lunes de Carnaval en Düsseldorf, Alemania, el 16 de febrero de 2025.

Cuando la agencia americana ProPublica reveló los nombres de los agentes del ICE implicados en el asesinato de Alex Pretti en Minnesota, me resultó inevitable recordar el momento central de la película Blade Runner sobre el cual, como un eje primario, gira en bucle todo el argumento. Ese momento no es la escena final, cuando Roy Batty, el replicante interpretado por Rutger Hauer, anuncia su muerte asumiendo que sus recuerdos se perderán “como lágrimas en la lluvia”. No es esa. Toda la película da vueltas sobre una pregunta de apariencia inocente formulada en tono tímido por Rachael, otra replicante, a Rick Deckard: “Así que este es el test Voight-Kampff. ¿Te lo has aplicado a ti mismo?”. La pregunta que le hace Sean Young a Harrison Ford queda colgada en las alturas, sin respuesta; tal vez sería hora de contestarla nosotros. 

Rick Deckard es un ‘blade runner’, un cazarrecompensas que dedica sus esfuerzos a neutralizar y matar replicantes, unos androides idénticos a los humanos salvo por un mínimo detalle: al ser autómatas carecen de la empatía propia de las personas. De ahí que la única forma de descubrirlos sea hacerles pasar un test que, a partir de sus respuestas y valorando ínfimas variaciones en la pupila, constate la ausencia de emociones característica de las máquinas. 

La película adapta una novela de Philip K. Dick que, como otras muchas de este autor, sobrevuela majestuosamente los límites de la realidad, la duda, el sueño y la ficción. La película de Ridley Scott respeta los juegos de sombras y espejos del autor para, de una forma suave pero descarnada, dejar sobre el alero la sospecha de que Deckard es un replicante; de hecho, su propia falta de empatía sería un serio indicio de ello. 

Deckard vive su papel de policía neutralizador con una agonía oculta: ¿y si estoy atacando a los míos? La novela deja entrever la debilidad de un test que, por su naturaleza, no puede aplicarse nunca a soldados: si el resultado les señala como replicantes serán eliminados, y si confirma su condición humana, entonces asumir su capacidad de empatía les impedirá matar.  

Hoy, lo más parecido a un ‘blade runner’ sería un agente del ICE, estos tenebrosos policías armados que recorren Estados Unidos para buscar y retirar inmigrantes, como si fueran apenas réplicas humanas. La comparación se nos aproxima hasta hacerse odiosa cuando advertimos que en el relato de Dick, de múltiples aristas y lecturas desasosegantes, a los replicantes no se les persigue realmente por androides; se les acosa por ser inmigrantes ilegales, esclavos de las colonias que, hartos de una vida de penuria trabajando para sus dueños, deciden escaparse a la metrópolis donde sus patronos viven una vida regalada.

Las hordas que el poder manda a luchar en su nombre están plagada de miserables, cegados deliberadamente para no reconocerse en el otro

Hace algunas semanas, se revelaron los nombres de los ‘blade runner’ implicados en la persecución inmisericorde de latinos y en la muerte de Alex Pretti. Se llaman Jesús Ochoa y Raimundo Gutiérrez. En este contexto, la pregunta lacerante que escucha Deckard y que no sabe contestar nos interpela, porque si estos dos estúpidos matones se hubieran aplicado a sí mismos el Voight-Kampff, si se hubieran puesto ante las armas que blandían contra otros, entonces hubieran constatado que eran de la especie que perseguían, extranjeros en tierra extraña, latinos persiguiendo a latinos, pobres persiguiendo a pobres. 

Tal vez la enseñanza de la película, y del libro que adapta, es esta moraleja desoladora tantas veces recordada: las hordas que el poder manda a luchar en su nombre están plagadas de miserables, cegados deliberadamente para no reconocerse en el otro. Ahí radica la fortaleza de la casta y, por paradoja, la semilla de su debilidad: sin la sumisión de los ochoas y los gutiérrez, no son nadie; apenas una panda de bufones peligrosos, bravos pero débiles, impetuosos pero ridículos, arquetipo representado en la película por el doctor Tyrell, interpretado por Joe Turkel, y en la vida real por Donald Trump

Hoy en día el poder del dinero es tan demoledor que parece arrasar todo a su paso. Así como la avaricia conduce a la rapiña, el capitalismo conduce inevitablemente a la guerra, sobre instintos parangonables: el territorio, las tierras raras, el gas y el petróleo, el poder y la gloria. Han creado una necropolítica, en palabra de Víctor Sampedro, diseñada por personas que no conocen más dolor que el propio, dispuestas siempre a poner una bomba al final del argumento. Disponen de un imperio absoluto que, sin embargo, podría pararse en un suspiro: las guerras se detendrán cuando los soldados se nieguen a ir, cuando las sociedades que nutren las tropas empiecen a condolerse, cuando seamos conscientes de nuestra fuerza. Terminarán cuando quienes empuñan un arma se pongan en la mirilla del Voight-Kampff, deseando averiguar si mantienen la empatía que les hace humanos, para descubrir finalmente que son iguales a los seres que se disponen a matar, porque sus víctimas también tienen, como ellos, vida y recuerdos de momentos que se perderán en el tiempo. 

Cuentan las crónicas que durante la batalla de Bailén en 1808, el general Dupont, encerrado en el valle, mandó al flanco un destacamento de soldados suizos; el general Castaños, por su parte, había enviado un regimiento suizo al mismo lugar. Las avanzadillas se encontraron sobre el cerro de Haza Walona; se reconocieron como compatriotas, dejaron las armas y empezaron a charlar, supongo que quejándose del sol abrasador de la campiña jienense. Debió de ser un momento evocador, que lamentablemente no se repitió con posterioridad. El ímpetu del socialismo estuvo a punto de sacar a los soldados de las trincheras de la Primera Guerra Mundial convenciéndolos para que no se dejaran matar por los intereses de otros, pero no lo consiguió. Y murieron por millones, unos mandados por Jorge V y otros por Nicolás II, dos primos hermanos que, si se miran de cerca, resultan ser indistinguibles. Ya nadie recuerda las razones de aquella guerra. 

A veces, los duendes del destino parecen reírse de nosotros con detalles absurdos que, más allá de lo naíf, invitan a una reflexión: cuando el gobierno de los Estados Unidos reveló los nombres de los primeros soldados muertos en su miserable guerra contra Irán –quién sabe si integrantes de la tropa implicada en el bombardeo de la escuela de niñas al sur de Teherán–, muchos repararían (Lucila Rodríguez-Alarcón seguro que lo hizo) en el peculiar apellido de una de las caídas, una suboficial originaria precisamente de Minnesota: la sargento Amor. No perdamos la esperanza.

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Carlos López-Keller es abogado, especialista en derecho penal; no ha escrito ningún libro.

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