La esclavitud nutrió capitalismo manufacturero del s. XVIII y enriqueció a Europa mediante el comercio triangular. Este estaba basado en la esclavización de contingentes importantes de africanos. Europa enviaba telas, armas y alcohol a los jefes de tribus a cambio de esclavos, los embarcaba hacia América y allí, como mano de obra esclavizada, apátrida y sin derecho alguno, recogían azúcar, algodón, índigo y tabaco. Productos que eran enviados a las manufacturas de Europa. El Golfo de Guinea se convirtió así en cantera de esclavos. África no puso freno a la esclavitud, incluso el reino de Dahomei se convirtió en principal proveedor. Nada impidió la injusticia ni la impunidad. Y la ideología supremacista hizo saltar la sangre fuera. Con argumentos racionalizadores sobre la bondad de la esclavitud frente a la barbarie, de esos mismos pueblos esclavizados, intentó legitimar una explotación sin límite. De ahí, el enriquecimiento de Europa, sobre todo del ingente desarrollo de la manufactura algodonera inglesa, uno de los motores económicos que permitió sentar las bases de la futura revolución industrial.
Cuando la máquina de vapor echó a andar, vino el nomadeo de los campos, se llenaron de miseria los suburbios y se enriquecieron aún más las metrópolis burguesas. Hoy el Golfo de Guinea es el mundo entero. Las condiciones impuestas por las compañías de mayor envergadura no difieren demasiado de las originarias fuerzas productivas africanas. Se nutren de trabajo injusto, precario, mal pagado e inseguro. La balanza interés general/interés particular nunca ha estado más desequilibrada.
La historia está llena de ejemplos: el dominio del interés particular sin el freno político de una mayoría se torna despótico y tiránico. Actualmente este despotismo se diferencia sólo en su obscenidad. Quienes imponen sus intereses económicos de alcance global ni siquiera se molestan en argumentar o justificar sus posiciones. Simplemente parodian, presionan cuanto pueden, amenazan, extorsionan, invaden o masacran. Las democracias ya no les sirven y los Estados que pretenden cierta cobertura social, tampoco. Claman por la libertad y alguno incluso toma el término de anarcocapitalista, por aquello del caché romántico. Pero la libertad que desean es libertad para humillar, para someter, para subyugar, para vencer en guerras que rompen toda norma internacional, para masacrar.
Pero no nos engañemos, el desorden y los desmanes no provienen de un país, sino –como advertía el malhadado Joe Biden– de los grandes oligopolios. No son muchos, pero sus raíces son extensas y difíciles de extirpar. ¿Acaso EEUU está bajo el dominio de un “déspota loco”? No, no es la mejor definición. Sería mejor indagar los pilares que sostienen esta “locura” de reality show. ¿Locura? tampoco, sólo ademanes y formas grotescas. Lo que circula por las redes viralizado no es la imagen de un loco, sino la de alguien que desee lo que desee lo consigue, alguien que se reafirma frente a todos los demás, alguien que no obedece normas, alguien libre como el viento, para sacudir bombazos a su enemigo. Y tras el trampantojo de omnipotencia infantil, despotismo caprichoso e ingeniería social, rige una racionalidad arraigada en poderes potentes y casi imparables.
Hace poco, en una entrevista concedida al periódico El País, Larry Fink, fundador de BlackRock, uno de los grandes de las finanzas mundiales, declaraba que, tras la Segunda Guerra Mundial, “los estadounidenses tenían que pagar aranceles” ―decía― mientras que Europa ha disfrutado las ganancias. Es hora de que Europa responda (justificando soterradamente la política impositiva de aranceles). Y añadía que las relaciones comerciales debían ser “más simétricas” y que es necesario que Europa invierta en “su defensa”. Parece que el Plan Marshall fue un regalo. A esto añadía su idea sobre la globalización. Según él, ésta tenía como objetivo “obtener los productos allí donde son más baratos de fabricar. Sin embargo, eso nos hizo excesivamente dependientes de terceros países en temas como la fabricación de chips, la obtención de tierras raras… Quizás ahora es el momento de que Estados Unidos o Europa fabriquen sus propios semiconductores y no dependan solo de un único proveedor de minerales críticos.”
Si fuera un consejo desinteresado, vale. Pero no parece que en su idea esté la Europa independiente y solidaria que algunos deseamos, sino que suena más a una Europa consumidora de tecnología y armamento USA, dependiente de America First y, por tanto, sin más garantías.
Según Fink, muy distante de Rousseau, la desigualdad no proviene de la propiedad (aún menos de la ropiedad de los medios de producción), sino de que en Europa hay demasiado capital muerto, nadie invierte en bolsa. “... si más ciudadanos invirtieran en el mercado estarían invirtiendo en su país y, con ello, ampliando sus probabilidades de éxito.” Y a continuación da el jaque mate al Estado Social de Derecho y a la desigualdad: “La Seguridad Social no es el sistema ideal porque no incentiva a los ciudadanos a crecer de la mano de su país. La desigualdad ha aumentado porque hay mucha gente que, bien porque no puede o porque no quiere, no invierte a largo plazo en el mercado y prefiere tener su dinero en cuentas bancarias.”
En efecto, si fuera por él, todos debiéramos estar enganchados permanentemente a la red para ver la cotización y los movimientos en bolsa y, así, especulando, especulando, con las tecnológicas, las armas, la guerra y la IA, y sin trabajar más que como broker apostado en la pantalla, podríamos lograr una buena educación para nuestros hijos, una buena sanidad y una buena jubilación. El augur de las finanzas ―a quien hay que tomarse en serio― sigue la entrevista con su periplo: “La IA va a tener gran influencia en nuestras vidas y, al mismo tiempo, va a demandar una gran cantidad de energía para alimentar los centros de datos.” El cambio está ahí, ”la gran cuestión es que, si no lo hacemos nosotros, Europa y Estados Unidos, lo hará China. Así que no se trata de si la IA transformará nuestras vidas, sino de quién y cómo guiará esa transformación.”
Ni en él ni en Trump hay asomo de colaboración, sólo competencia y, en caso contrario, guerra. Nada de diplomacia ni de política internacional, nada de acuerdos sobre la IA como solicitaba China; o “nosotros” o el enemigo. Y ese “nosotros”, evidentemente, nada tiene que ver con la población de este u otro país, sino con las grandes compañías que influyen decisivamente en la dirección de ese gran país que es EEUU, y que está a punto de convertirse en una dictadura sin paliativos.
David Fernández, periodista de El País especializado en asuntos económicos, tras habérsele ido el magnate por las ramas en sus preguntas clave, añade esta información cargada de ironía: “Como co-consejero delegado del Foro Económico Mundial (Davos), ha tratado este año de reverdecer el viejo esplendor de un evento salpicado en los últimos años por diferentes escándalos. Su inabarcable agenda contribuyó a traer en enero pasado a esta idílica ciudad suiza a la flor y nata del empresariado mundial. También logró la asistencia de 65 jefes de Estado, incluido el mismísimo Donald Trump, a un evento que, irónicamente, este año tenía como lema Un espíritu de diálogo.”
Por supuesto, como ahora es de rigor, el magnate alentaba además a EEUU y a Europa a hacer frente a China, porque si no dominamos nosotros lo harán ellos. Una sintonía con el déspota que no desentona con los grandes magnates de las Big Tech, tampoco con las grandes del petróleo ni con la industria armamentística cuyo entramado cada vez más está en contigüidad con estas empresas.
No nos engañemos, el desorden y los desmanes no provienen de un país, sino –como advertía el malhadado Joe Biden– de los grandes oligopolios. No son muchos, pero sus raíces son extensas y difíciles de extirpar
Pero seamos serios, ¿no será este apoyo soterrado a la “locura trumpista” una excepción entre los grandes de las tecnológicas, de las finanzas y de la industria armamentística, por más que pise callos al ejército y a algún peón, o incluso pez gordo de la judicatura? Absolutamente no. Si fuera excepción no se puede entender cómo este aparentemente disparatado presidente convoca a los más grandes representantes de las tecnológicas para formar su nuevo Consejo de Ciencia y Tecnología centrado básicamente en el desarrollo de la IA, aunque no sólo. Allí estaban Mark Zuckerberg de Meta, el inversor Marc Andreessen, Larry Elison de Oracle Corp, Jensen Huang de Nvidia Corp. Y como propuesta suena la presidencia de este consejo a cargo de David Sacks, el inversor de capital de riesgo que actualmente ejerce como asesor de Trump en materia de criptomonedas y Michael Kratsios, director de política científica y tecnológica de la Casa Blanca.
Parece que la puesta en crisis de la cohesión de Europa, promocionando a la ultraderecha, acabando con la crítica política y promoviendo la degradación moral del adversario, su voluntad de arrastrar a esta misma Europa fragmentada a la guerra en Oriente Próximo, sus desplantes con los líderes europeos y su cerco petrolero a China no son chaladuras, sino estrategia descomunal y pavorosa de alguien que no es ese actor del reality show, ese que vemos todas las mañanas con flequillo rubio y una sorpresa aún más desagradable que la anterior, sino un conjunto de equipos económicos de las Big Tech, de las finanzas y de las grandes industrias armamentísticas y del petróleo que ponen esa cara delante de los espectadores, pues los ciudadanos hace tiempo que perdieron la vez.
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Sergio Hinojosa es licenciado en Filosofía por la Universidad de Granada y profesor de instituto.
La esclavitud nutrió capitalismo manufacturero del s. XVIII y enriqueció a Europa mediante el comercio triangular. Este estaba basado en la esclavización de contingentes importantes de africanos. Europa enviaba telas, armas y alcohol a los jefes de tribus a cambio de esclavos, los embarcaba hacia América y allí, como mano de obra esclavizada, apátrida y sin derecho alguno, recogían azúcar, algodón, índigo y tabaco. Productos que eran enviados a las manufacturas de Europa. El Golfo de Guinea se convirtió así en cantera de esclavos. África no puso freno a la esclavitud, incluso el reino de Dahomei se convirtió en principal proveedor. Nada impidió la injusticia ni la impunidad. Y la ideología supremacista hizo saltar la sangre fuera. Con argumentos racionalizadores sobre la bondad de la esclavitud frente a la barbarie, de esos mismos pueblos esclavizados, intentó legitimar una explotación sin límite. De ahí, el enriquecimiento de Europa, sobre todo del ingente desarrollo de la manufactura algodonera inglesa, uno de los motores económicos que permitió sentar las bases de la futura revolución industrial.