Trump despilfarra el poder estadounidense Jesús A. Núñez Villaverde
Se trataba de decir sí o no a una modificación de 7 artículos de la Constitución relativos a la justicia y el resultado ha sido apabullante: la victoria del No es la primera gran derrota de Giorgia Meloni. ¿Por qué sobre la justicia y por qué un referéndum? Y ya, alejando el foco, ¿en qué marco no sólo nacional sino también global se ha producido este patinazo clamoroso de Giorgia Meloni?
Comencemos con humildad reconociendo que ni quisqui sabía qué pasaría. Nadie conseguía desentrañar qué supondría una mayor afluencia, de modo que los buenos italianos se refugiaron en la scaramanzia –la superstición–. Partidarios del No decían que soplaba brutta aria; partidarios del Sí, que tan alta participación no era un buen dato.
A toro pasado, es fácil encajar argumentos. Comencemos con el aparente quid: la justicia. Que la justicia en Italia funciona mal es un cliché nacional a la vez que europeo. Si se pregunta a gente ducha en la materia por qué, se suelen señalar tres problemas endémicos: la lentitud de los procesos, la mole infinita de trabajo y la incertidumbre de un cuadro normativo salpicado de modificaciones y adaptaciones. El descontento de la ciudadanía en esta materia es, pues, más que lógico. Acusar a la magistratura de operar con arbitrio o de constituir una casta poderosa resulta, por un lado, un desahogo sedante para el pueblo, y por otro, una tentación irrefrenable para los populistas de derecha.
Cuando Giusi Bartolozzi, jefa de gabinete del actual ministro de Justicia, llegó a afirmar que “la magistratura es un pelotón de ejecución”, lo hacía a sabiendas de que esa frase bárbara estaba bien arraigada en Italia: el populista mediático Silvio Berlusconi se refería a los jueces llamándolos “peor cáncer de la democracia”, “metástasis”, “patología”, etc. El Cavaliere fue el adalid contra la magistratura politizada: “togas rojas”, les decía. Desde la logia masónica Propaganda Dos (Berlusconi tenía el carnet 1816) hasta el actual gobierno Meloni, siempre ha habido una veta de la política italiana que no soporta la separación de poderes.
No conciben que haya contrapesos a los que nadie ha votado. No creen en el Estado de Derecho con todas las consecuencias. Creen en la separación de poderes pero sólo si es meramente aparente. Durante la campaña del referéndum se encuentran múltiples declaraciones de exponentes del Gobierno que dan buena prueba de ello. Veamos algún ejemplo: a) Alfredo Mantovano, secretario de Estado de la Presidencia del Consejo de Ministros, uno de los cerebros en la sombra del gobierno Meloni, dijo que este referéndum serviría para “reequilibrar poderes”, pues, según él, “los plenos poderes son los de quien, por vía judicial, bloquea la política”, ya se trate de cuestiones migratorias, empresariales o de orden público; b) cuando el Tribunal de Cuentas italiano paralizó por graves errores formales el puente sobre el Estrecho de Messina, el presidente Meloni explotó y calificó la decisión como la “enésima invasión del campo de los jueces en las decisiones del Gobierno y el Parlamento”; c) la ruin invitación del ministro de Justicia a la oposición a gozar de una impunidad legítima: “una persona inteligente como Elly Schlein [Secretaria del Partido Democrático] no entiende que esta reforma les convendría también a ellos en el momento en que llegaran al gobierno”.
Lo de la justicia está claro, pero ¿por qué un referéndum? Que el gobierno Meloni escogiese semejante procedimiento sin necesidad de quorum representó un órdago descarado. No es lo mismo que le convoquen a uno para decir sí o no a la caza, el aborto, el divorcio o las centrales nucleares, que si le obligan a apoyar un justicia-como-digo-yo-sí-o-no. Para abordar esas materias tan complejas se inventó la democracia representativa. En los cuatro trámites parlamentarios de este referéndum, no se aceptó ninguna modificación, ni siquiera de los partidos que forman la mayoría parlamentaria. Este referéndum obligaba casi a casarse con Meloni, y el pueblo como que no.
Hablaba Iván Redondo en un reciente artículo de que ya no estamos en una guerra cultural, sino en una guerra cognitiva. Y tal vez sea eso: nadie entiende cómo un pueblo que asistió a un golpe como el de Capitol Hill volviera a votar a Trump. Por eso, ¿cómo responderían los italianos al burdo argumentario de Meloni, la cual llegó a decir que si ganaba el No los jueces dejarían sueltos por ahí a toda suerte de violadores, pederastas y maleantes? La gran noticia es que el pueblo italiano dijo basta a la desfachatez y votó por el decoro institucional. La gran noticia es que el pueblo italiano supo entender que era en los desaires institucionales continuos del gobierno a la magistratura y no en los mendaces llamamientos a la eficacia del sistema donde se celaba el verdadero significado del referéndum. Paradójicamente, cuanto más insistía el gobierno Meloni en que el referéndum era meramente técnico, más cuerpo cobraba la grave amenaza política. La gran esperanza es que de Italia esté llegando una señal de hastío de la desfachatez. Hace unos días hablábamos de un momento Bonhoeffer. El descaro golpea primero y gana la primera batalla siempre, pero la insensatez incesante acaba despertando la rabia popular. La guerra cognitiva está ahí, sí. La gran noticia es que, al parecer, no la vamos perdiendo.
Pero ojo: tampoco ganando del todo. Este referendo representa solamente una de las varias figuras que componen un mosaico de una batalla entablada hace al menos tres años y que ve también afectados a otros dos contrapoderes judiciales importantísimos: la Dirección Nacional Antimafia (DNA) y el Tribunal de Cuentas. Tanto el Procurador Nacional Antimafia como el Presidente del Tribunal de Cuentas han alertado en sedes institucionales sobre lo mucho que ha entorpecido legalmente su tarea este gobierno. (Ver aquí y aquí). No sólo: pende sobre los italianos otra reforma – el premierato – que otorgaría más poderes al jefe del gobierno en detrimento del presidente de la República.
Hoy Italia nos ha dado varias lecciones: que el diseño político de la extrema derecha es peligroso, que la resistencia es imperativa y que no se puede dejar solos a los jueces en tal tarea
Los italianos votaron una reforma que ni atacaba la lentitud, ni el atasco, ni el maremágnum de la justicia, mientras el gobierno volvía romas las armas para combatir la corrupción o las mafias. Sorpresa: muchos jóvenes –esa chusma de la que se repite siempre que vota a la extrema derecha– y muchas mujeres se movilizaron. También desde la Conferencia Episcopal habían animado a ir a votar dada la importancia de la cuestión en liza. Y el resultado es el que ha sido. Berlusconi debe estar rabioso en el más allá. Era también su reforma.
Que esta peligrosísima guerra en Oriente Medio haya movilizado a electores hartos de las atrocidades de Trump y Netanyahu seguramente habrá incidido. Que en Eslovenia y Francia también soplaran vientos antifascistas este fin de semana, ojalá que sean señas de que la marejada autocrática global amaina. Se verá el 12 de abril con Orban en Hungría.
En la recta final del referéndum, el periodista Alberto Nerazzini destapó el caso Chuletería de Italia: el secretario de Estado para la Justicia, Andrea Delmastro, tenía parte de un restaurante en cuya propiedad participaba supuestamente gente ligada al clan Senese, uno de los más potentes de las distintas mafias en Roma. Acaso ese tufo de cloaca de la Suburra también haya repercutido lo suyo. ¿Cómo abordar un caso semejante sin jueces verdaderamente independientes?
Hoy Italia nos ha dado dos lecciones extremas: a) el diseño político de la extrema derecha global es peligroso y la resistencia es imperativa; b) no se puede dejar solos a los jueces en tal tarea.
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Gorka Larrabeiti es profesor de español residente en Roma.
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