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Llamazares o el elogio de la razón

Teresa Aranguren

He dudado mucho antes de decidirme a escribir esta columna. Me echa para atrás el estilo navajero con su correspondiente coro de jaleadores que se ha impuesto en el debate político, especialmente en el ámbito de las redes sociales, que definen ya de manera inexorable nuestro tiempo. Aunque por salud mental, sentido estético o, simplemente, por cuestión de edad, evito cuidadosamente cualquier participación en las polémicas que se suscitan y promueven en ellas, no puedo ignorarlas porque están ahí; son un dato de la realidad y un instrumento de intervención en ella, sea para bien o para mal. Aunque yo diría que más bien para mal.

Valga como ejemplo la reciente campaña de acoso y derribo contra Gaspar Llamazares, amigo y compañero en la acción política. Doy estos datos, amistad y afinidad política porque siempre conviene saber desde qué posición se dice lo que se dice y se opina como se opina. Manías de periodista a la vieja usanza quizá. Soy muy consciente de que ambas condiciones, amistad y afinidad política, no son avales de objetividad a la hora de valorar a alguien, aunque tampoco lo son de lo contrario. De hecho, creo que la cercanía que la amistad procura puede ser una posición idónea para conocer al otro, más aún si el otro es figura pública, y sujeta por tanto a la servidumbre de los focos mediáticos y la puesta en escena que estos reclaman.  

Gaspar Llamazares es un político sobrio, reflexivo y poco dado al aspaviento y al lenguaje demagógico. Prefiere argumentar a conmover, lo cual es muy de valorar, pero no resulta demasiado ventajoso en tiempos en los que el discurso político se centra en mover emociones y mostrarse, a ser posible con frases que quepan en un tuit, muy indignado. El problema es que la indignación, por mucho que se haya convertido en logo identitario de una cierta nueva izquierda, no es una categoría política.

Los votantes de Vox, o los que en Italia han encumbrado al racista Salvini, también se muestran muy indignados. Las emociones tienen muy buena prensa pero son mucho más manipulables que la razón. La idea de que lo emocional es más auténtico, más verdadero que lo racional, está firmemente asentada en nuestra cultura, aunque la experiencia tanto histórica como personal avala justo lo contrario. Ni los celos que llevan al crimen machista ni la exaltación épica que termina en himnos de guerra en torno a una bandera son sentimientos espontáneos que nos nacen de las tripas. Ha habido y hay tantos crímenes machistas perpetrados en nombre del amor y tantas guerras emprendidas presuntamente por amor a la patria, que deberíamos estar escaldados y desconfiar por principio de quienes justifican sus acciones en lo profundo de sus sentimientos. No se trata de ignorar las emociones, pues sería imposible, sino de no dejar que se conviertan en justificante y motor de nuestra acción. Sobre todo de nuestra acción política.

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Toda esta digresión por las ramas de la psicología viene al caso de lo que considero "necesaria reivindicación de la razón” frente a la utilización abusiva de las emociones en el discurso político. Y de lo peligroso que considero este fenómeno. En la derecha y en la izquierda prolifera el lenguaje épico, se diría que estamos al borde de la revolución, o de la reconquista. Quién sabe, pero el caso es que la arenga ha sustituido al debate y el insulto al argumento, porque para qué argumentar si podemos no rebatir sino batir al contrario con una ingeniosa o ramplona descalificación, ampliamente divulgada o mejor dicho, viralizada, curiosa expresión que remite a enfermedad, epidemia o contagio, a través de las redes sociales.

Creo que hay que  desconfiar de las frases altisonantes y de los discursos épicos. Y de quienes hablan constantemente de “pueblo” porque esa palabra ha adquirido las connotaciones identitarias y esencialistas de las que se alimentan los nacionalismos y el desprecio al otro. La elección de Donald Trump y de Jair Bolsonaro, la popularidad de Salvini en Italia y la eclosión de Vox en nuestro país algo tienen que ver con este clima de buscada efervescencia emocional para nada inocente que impera en la vida política. Por eso creo necesario reivindicar el valor de la razón, la reflexión, la disposición al diálogo, el pacto y la duda en el ejercicio de la política. Y también, junto a convicciones claras y firmes, una cierta modestia que yo describiría como la capacidad de convencer y dejarse convencer, es decir, de escuchar realmente al otro. Eso es lo que se echa en falta y lo que valoro en políticos como mi amigo Gaspar Llamazares. ______________

Teresa Aranguren es periodista.

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