Plaza Pública

La realidad que nos atenaza

Pedro Díaz Cepero

El matrimonio de conveniencia entre las oligarquías económicas y la clase política gobernante, eso que algunos llaman “la casta”, ha sobrevivido con buena salud al franquismo. El pacto con las fuerzas políticas ha garantizado mantener el poder de “las familias” bajo el marco democrático, con la anuencia de un integrado PSOE, que ha demostrado su fidelidad en momentos difíciles, a costa de desertar de moderados postulados socialdemócratas. Con el correr del tiempo no ha hecho falta la renuncia: insignes figuras son ya parte de la nómina.

Cabe preguntarse entonces: ¿hay una nueva composición hegemónica del poder, de nombres y apellidos, en el tránsito de cuarenta años desde la dictadura?

Una vez situado el Ejército en su papel constitucional, suponemos que a salvo de la tradición levantisca de pasados siglos, y tramitada la unidad patria en el marco de la institución monárquica, de nuevo ha quedado expedito el horizonte de apropiamiento personal de las élites tradicionales del franquismo y de sus vástagos, a la que se ha añadido una nueva hornada de adinerados, aunque son pocos los apellidos que se añaden a las antiguas sagas, y casi siempre son combinaciones entre ellos y/o con los ricos advenedizos. La apariencia democrática, escenificada en la alternancia de partidos, transfiere las plusvalías del sable a las fortunas creadas a la sombra de la contratación pública, la especulación inmobiliaria y los entresijos financieros, gracias a las privilegiadas relaciones de parentesco y contactos con la cúpula del poder político. Si hacemos un cruce de apellidos entre presidentes y consejeros de las compañías del Ibex, veremos que se repiten en el tiempo determinados apellidos y sus combinaciones. Es un ecosistema que mantiene privilegios inter-familias, un círculo vicioso que controla el nutriente sanguíneo que alimenta a los tres poderes.

La corrupción actual en España es el suma y sigue del franquismo, personalizada en el propio Franco, en un ramillete escogido de sus generales y en empresarios y aristócratas que propiciaron y/o financiaron la rebelión, y que supieron hacerse ricos con la guerra y después, como acredita la historiografía más reciente. Hoy la corrupción sigue, como una lapa, pegada al sistema, acarreando mineral de otras vetas y con otros protagonistas. Naturalmente. Este es el honorable estamento que arropado en la bandera viene eludiendo impuestos y sacando dinero o joyas fuera de España desde entonces. Impunemente, con generosas amnistías fiscales. Una estructura de clases dentro de la propia organización social, un pequeño planeta alrededor del que gira una constelación de satélites aerófagos. Un gremio variopinto compuesto en la zona alta, entre otros, por gente que multiplica por varios miles sus ingresos diarios comparándolos con el salario mínimo interprofesional anual, o que hunde bancos y cajas llevándose a casa sustanciosos retiros, sin inmutarse ni crearse problemas de conciencia por ello.

Y prestando todo tipo de servicios y participando de la ingesta, desde el más alto político al más bajo vasallo, el apéndice clientelar de la superestructura económico-política, la transversalidad que recorre pasillos, desde los organismos centrales a los autonómicos, la única explicación que hace entendible el respaldo en votos a una derecha corrupta, aparte la incultura política. Sin menospreciar la influencia de la mayoría de los medios de comunicación y los artistas invitados, algunos que se dicen periodistas, pero no son nada más que charlatanes a sueldo. El volumen de la cuenta corriente mueve montañas, arriba y abajo de la escala social. Cualquier fichaje es bueno si tiene aspiraciones de medrar vía puertas giratorias, ascensos, medallas o prebendas varias. También sirven, y mucho, las adhesiones de los adictos al lujo, los que viendo la zanahoria tan cerca se dejan llevar por la codicia. Bienvenido el cabeza de turco que se ofrece para que las cosas sigan igual.

Esta crisis, inducida por la propia dinámica perversa del capitalismo, le está permitiendo al sistema tachar de golpe reivindicaciones casi centenarias. La incertidumbre existencial y la falta de trabajo ayuda mucho en el manejo del látigo, ya no son necesarios convenios colectivos ni sindicatos, y sobran las huelgas. El miedo al paro hace estragos en la voluntad del trabajador. Pero por si acaso algún valiente se atreve a revelarse, demos leyes a los jueces para que hagan su trabajo. Primero fue la conocida como “ley de patada en la puerta”, del socialista Corcuera, ahora fervoroso tertuliano en 13 TV, y luego, entre otras disposiciones transitorias, la llamada “ley mordaza” del gobierno del PP. Así se quiere implantar por decreto la sumisión obligatoria, la anulación de los derechos de manifestación y opinión. Está tan encapsulada nuestra libertad de expresión que cualquier desviación, por mínima que sea, puede ser objeto de demanda. Si la precariedad laboral implica ya una subordinación, las limitaciones legales a la protesta ahondan en la rendición absoluta.

Mientras tanto, esta gente sigue colocando a los suyos en embajadas –sin atender al orden reglamentario del cuerpo diplomático– y chollos varios. Y lo que es más grave: les da lo mismo, pasan de la opinión pública.

Mientras ellos propagan todo tipo de infundios, calumnias y exageraciones sobre lo que harían sus opositores políticos si llegaran al poder, y transgreden descaradamente leyes aprobadas en el Congreso, los demás debemos resucitar la autocensura para no herir su extrema sensibilidad. No se te ocurra hacer chistes de sus más que repetidas violaciones: la supuesta aconfesionalidad del Estado, la quebrantada ley de memoria histórica, la depauperada asistencia a la dependencia...

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Pedro Díaz Cepero es sociólogo y escritor.

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