Plaza Pública

Tertulias frente a marquesinas

Jesús Gil Molina

A la quinta va la vencida: tenemos Gobierno de coalición y progresista en España. La investidura fue hace un par de semanas y casi podríamos decir que no se ha puesto todavía ni siquiera a andar el contador de los cien días de gracia que se le concede a los gobiernos para valorar si lo están haciendo bien, mal o regular, y sin embargo ya han aprobado su primera medida, la más simbólica y no por ello menos importante, que ha sido la revalorización de las pensiones: este Gobierno ha comenzado a caminar rápido y por una senda decidida. Y sin embargo, estamos hablando de la última ocurrencia de Vox.

Sobre la estrategia comunicativa de Vox se ha hablado mucho, pero siempre se ha dejado de lado en los análisis el medio, los medios. Y lo importante para mí no son tanto las fake news o la calidad de los medios –que también–, sino la cantidad de horas que dedica la televisión –medio principal, y por goleada, al que acuden los españoles para informarse, según el último CIS– a la información política.

Los programas informativos han colonizado las parrillas de las principales televisiones del país, hasta el punto en el que las dos privadas más grandes tienen básicamente dos bloques en su parrilla: política por las mañanas, realities y derivados por las tardes. Dentro de estos programas, un porcentaje mayoritario de su tiempo se dedica a la información política: yo fui testigo de cómo, a raíz del surgimiento de Podemos, la guerra de las mañanas en la tele ya no era sólo la de María Teresa Campos y Ana Rosa, sino que Cintora y Ferreras comenzaban la suya, que vio cómo estos programas aumentaron su duración y sus audiencias a porcentajes impensables meses antes. La Sexta Noche trituraba los audímetros los sábados y la entrevista a Iglesias en Ecuador en Salvados fue el récord de audiencia de toda la cadena durante muchos meses.

Y claro, esa máquina de informar –y generar dinero– necesita muchas polémicas para llenar la cantidad ingente de minutos de los que disponen, y contertulios que no tengan problema en saltar de política internacional a economía, con posiciones muy enconadas. Así, aunque el rigor informativo y la calidad de estos programas sean buenos, siempre le van a tener que dedicar un rato a comentar y denunciar la falsedad de la última noticia falsa de turno o a indignarse por la última barbaridad de la extrema derecha. Y normalmente de esas respuestas saldrán los cortes que moverán en redes detractores, señalando la pobreza de la explicación dada, o seguidores, defendiendo que está todo más que cerrado. El debate público, por tanto, acabará diluido en estas guerras de guerrillas de 280 caracteres.

En este sentido, me parece muy interesante la experiencia del Ayuntamiento de Madrid durante el mandato de Carmena: durante los cuatro años de su gobierno, la aparición en entrevistas exclusivas en los programas informativos de la alcaldesa fue mínima, y normalmente recogían las declaraciones de turno durante el acto del día. De ese papel se encargaba con mucha agilidad y precisión Rita Maestre, que sin embargo, tampoco se prodigaba tanto como otros portavoces o políticos de otros partidos en estos espacios.

Y sin embargo, en Madrid los ciudadanos sabían lo que ocurría. Conocían las últimas campañas del Ayuntamiento, cuándo se restringía el tráfico y cuándo no, la programación cultural de la ciudad y del barrio. Sabían los nombres de muchos de sus concejales y qué habían estado haciendo. Sabían si la calle Galileo iba a ser cortada para aplicar “urbanismo táctico”. Sabían incluso qué era el urbanismo táctico, como sabían que iban a aparecer unos contenedores marrones para los residuos orgánicos. Incluso el Ayuntamiento se mojaba y hacía campañas por cuestiones que excedían su propio ámbito y se sumaba con toda su potencia comunicativa a la jornada del 8 de marzo.

Todo esto lo consiguieron sin competir con las últimas bravuconadas de barra de bar del portavoz de turno o sin tener que haber desmentido antes la noticia falsa de cualquier digital de medio pelo. Lo hicieron con una dirección comunicativa, encabezada por la propia Maestre y con grandes profesionales como Nacho Padilla, director creativo del Ayuntamiento, que exploró todos los canales comunicativos a su disposición, ya fueran carteles en las marquesinas o SMS, y que hizo un uso de ellos imaginativo y profuso: hasta los carteles de las fiestas de los distintos distritos tenían gusto y eran llamativos.

Como decía, no han pasado los cien días de gracia, así que que no se tome esto como una crítica, sino como un consejo al nuevo Gobierno: miren más a Madrid y menos a Alcobendas y a la carretera de Fuencarral.

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Jesús Gil Molina es asesor en comunicación política y asuntos públicos. Fue jefe de prensa de Podemos desde su formación hasta 2017.

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