Plaza Pública

Tranquilos, ¿qué puede salir mal?

La presidenta regional, Isabel Díaz Ayuso, durante el acto de inauguración del hospital de Emergencias Enfermera Isabel Zendal que tiene lugar este martes.

Toño Benavides

¿Qué decir de Isabel Díaz Ayuso que no esté dicho ya? ¿Cómo trazar una semblanza fiel sin recurrir a la sátira? ¿Qué retrato le puede hacer más justicia que una caricatura? ¿Qué dice eso de sus votantes? Y, abriendo el plano general: ¿de qué manera podríamos reivindicar el derecho de la raza humana a prevalecer sobre el mono cuando, cada vez con más frecuencia, se abalanza entusiasta sobre las urnas para elevar a este tipo de seres venidos del espacio a las altas magistraturas del Estado?

A medio camino entre Heidi y el monstruo de Frankenstein, la quimérica fusión genética de la Reina Malvada con Blancanieves encarna, probablemente, la que pudo haber sido la peor pesadilla de los siete enanitos en el cuento de los hermanos Grimm; pero en la realidad pandémica de nuestros días, donde la manzana envenenada es un virus y los muertos se cuentan por millares, Ayuso es (y esto se veía venir) el quinto jinete del apocalipsis, la garantía de que todo lo que pudiera salir mal saldría incluso peor.

Se me hace tedioso enumerar la lista de los momentos estelares que ha protagonizado desde que ocupa la presidencia de la Comunidad de Madrid y es tentador despachar el asunto aludiendo a la enajenación mental como causa única de todo ello, pero lo cierto es que lo más desalentador de Ayuso no es esa errática ofuscación con la que actúa, ni el afán de rivalizar por sistema con el Gobierno central y estorbar lo máximo posible en una situación de crisis, o la frustración que produce el diálogo con quien sólo sabe hablar en paralelo con la vista extraviada en el vuelo de los pajaritos, sino el escrupuloso respeto al ideario de su partido y la fanática determinación con que aplica las mismas viejas políticas que lo han mantenido en el poder desde el tamayazo y que nos han traído hasta aquí con los servicios públicos bajo mínimos.

Con la excusa de paliar la carencia heredada de la gestión de Esperanza Aguirre –que se empeñó a fondo en la destrucción de la sanidad pública siguiendo la pauta del ladrillo como solución a todos los problemas y fuente de favores más o menos turbios– Isabel ha dado inicio a las fiestas navideñas inaugurando el flamante Hospital de Emergencias Enfermera Isabel Zendal el pasado primero de Diciembre. Tan flamante ha sido, que ha costado al menos el doble de lo presupuestado, los contratos se adjudicaron a dedo por razones de emergencia y no se sabe de dónde va a salir el personal sanitario para atenderlo: “Eso no se le pregunta a un presidente autonómico”.

O quizá no lo hayamos entendido, como decía Carlos Fabra, y ya estaba prevista la falta de médicos en el recién inaugurado hospital, asombro del mundo, que podría servir como hangar para los aviones del aeropuerto de Castellón, que quizá sea ocupado por los jueces de la Ciudad de la Justicia de Esperanza Aguirre que, a su vez, será remodelada como espacio de ferias y congresos, ya que habrá que volver a utilizar IFEMA como hospital de campaña ante una nueva ola de la pandemia.

No domino las complejidades de la gestión pública, pero como en esta ecuación me sigue faltando el personal sanitario y entre los efectos decorativos del nuevo hospital había una gran foto de la Plaza de Toros de las Ventas (porque, oye, somos taurinos), sospecho que la próxima ola de infectados va a ser lidiada por Francisco Rivera, Juan José Padilla y la cuadrilla del Bombero Torero.

Hay que comprender a Díaz Ayuso. Con el pacto trifachito, ella se vio presidenta y debió pensar: "Mira, oye. A partir de aquí..., a estrenar a diario, a presidir desfiles y a bailar un chotis de vez en cuando en la Pradera de San Isidro". Y de repente, ¡zas!: la pandemia. Se debió sentir como el perrito Pecas a los mandos de un avión que ha entrado en barrena con Miguel Ángel Rodríguez de copiloto. Un tipo capaz de provocar accidentes de tráfico hasta con el coche parado en el garaje. Es un misterio que alguien (que no quiera suicidarse) busque el asesoramiento del mismo personaje que convenció a Aznar para posar vestido como El Cid Campeador en lo alto de un torreón con la vista en lontananza sobre los campos de Castilla; pero si nadie lo despidió cuando convirtió a su jefa en la doliente Virgen de la Pandemia, menos ahora que se le ha ocurrido ocultar el desastre de la gestión del gobierno de la Comunidad de Madrid tras todo un hospital de emergencias. Hay que reconocer, eso sí, que ha conseguido superar, con mucho, aquel despliegue de banderas de la cumbre bilateral Sanchez-Ayuso digno del cumpleaños de Kim Jong-un.

En fin, desentrañar las razones de la sinrazón para entender las motivaciones de la presidenta nos puede extraviar por los caminos del delirio, así que se impone una simplificación de los factores con el fin de resolver la ecuación, aplicando la fría lógica vulcana del señor Spock, más allá del dudoso espacio de las afinidades políticas o los sectarismos.

Había suficientes lugares donde atender la emergencia actual, como el Hospital Infanta Cristina, de Parla; el Infanta Leonor, de Vallecas o el Infanta Sofía, de San Sebastián de los Reyes, que sólo hubieran requerido un acondicionamiento a un coste mucho menor si no fuera porque están en manos de fondos buitre, que es la milagrosa y patriótica fórmula –a la que llaman “colaboración público-privada”– que han encontrado los gobiernos de la derecha para vaciar las arcas públicas en favor de particulares extranjeros. Razón por la cual se hizo necesaria, al principio del desastre, la ubicación de enfermos en hoteles medicalizados, el acondicionamiento de IFEMA y ahora el nuevo Hospital de Emergencias, que quizá lleva nombre de enfermera porque se nos han acabado las infantas y nadie imagina el nombre de Felipe Juan Froilán en otro sitio que no sea un concesionario de coches de lujo.

No pongo en duda que, en caso de extrema necesidad, un hospital pueda ser atendido por toreros, camareros o taxistas. A fin de cuentas, somos tan poco exigentes con nuestros políticos que no veo por qué tendríamos que serlo con el resto de las profesiones. De todos modos yo creo que, en el terreno de la Sanidad, un médico siempre es mejor que, por ejemplo, un mecánico del automóvil y que siempre ofrece más confianza que en el quirófano te reciba un cirujano que sepa manejar el bisturí, que encontrarte a Ortega Cano blandiendo el estoque.

Y he aquí el problema porque, así como sobran toreros, faltan médicos y habría que ir a buscarlos al Reino Unido, Alemania o Portugal, que es adonde se fueron, gracias a las facilidades que les puso Fátima Báñez con aquello de la “movilidad exterior” y el amor incondicional que les han demostrado los diferentes consejeros de sanidad de la Comunidad de Madrid desde Manuel Lamela hasta hoy.

Con dirigentes como Isabel Díaz Ayuso y asesores como Miguel Ángel Rodríguez, hemos pasado de reírnos de los monstruos producidos por el sueño de la razón a contar los muertos provocados por la vigilia de la estupidez y, una vez asumida la paradoja de Popper que nos advierte sobre la necesidad de impedir que los payasos abandonen la pista del circo para encaminarse hacia las instituciones, lo que se nos plantea no es una cuestión de oposición política, sino de supervivencia del propio sistema democrático.

A lo mejor gastarse cien millones del erario público en un hangar semivacío no es tan buena noticia como quiere hacernos creer Isabel, a no ser que la buena noticia sea el baño de populismo que se ha dado con motivo de la inauguración. Un baño que le ha debido dejar el cuerpo listo para emprender la carrera hacia la presidencia del partido con la vista puesta en La Moncloa. Quizá por ello, no dudó Pablo Casado en dejarla en evidencia preguntando por los inexistentes quirófanos del nuevo hospital.

Imaginad por un instante, si podéis evitar el escalofrío, la morbosa perspectiva de Isabel Díaz Ayuso, aspirante a la presidencia del Gobierno de España, preguntándole a los espejos de la Real Casa de Correos:

–Espejito, espejito, ¿quién es la más guapa del reino?

Y el espejo contesta:

–Tú lo eras hasta este momento, pero Yolanda Díaz es mujer de gran talento.

Entonces, Miguel Ángel Rodríguez le susurra al oído:

–Tranquila, Isabel. Aquí tengo una manzana. ¿Qué puede salir mal?

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Toño Benavides es ilustrador y poeta.

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