Pagar a la europea Verónica López Sabater
La reciente cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump dejó una sensación ambivalente, con abundancia de gestos, retórica constructiva y anuncios económicos, pero escasa concreción estratégica en los asuntos de fondo. Ambas partes parecen compartir una idea central consistente en la necesidad de estabilizar la relación bilateral en un momento de creciente tensión internacional. Sin embargo, también reconocen implícitamente que no existe espacio político ni estratégico para un gran acuerdo histórico capaz de reconducir la rivalidad estructural entre China y Estados Unidos.
En el plano económico, la cumbre reprodujo una dinámica relativamente conocida. Trump regresó exhibiendo una ampliación de la “factura china” mediante anuncios de grandes compras: carne de vacuno, soja, petróleo, aeronaves de Boeing y otros compromisos comerciales que permiten a la Casa Blanca presentar resultados tangibles ante su electorado y sus sectores empresariales.
Beijing parece haber aceptado esa escenificación como el precio a pagar por una cierta distensión temporal. De hecho, ambas partes insistieron en que todavía existe margen para mejorar los vínculos económicos y evitar una espiral de desacoplamiento absoluto. La fuerte presencia de empresarios en torno a la cumbre fue interpretada como señal de esa voluntad constructiva, aunque conviene relativizar su excepcionalidad; de hecho, la participación empresarial en este tipo de encuentros forma parte desde hace años del ritual diplomático sino-estadounidense, aunque en este caso haya habido un nivel especialmente cualificado.
Más significativo resultó otro detalle menos comentado: la presencia en la mesa de negociación del secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, y del ministro chino de Defensa Nacional, Dong Jun. La inclusión simultánea de responsables militares de tan alto nivel apunta a una preocupación creciente por la gestión estratégica de la competencia con foco en el control de crisis, seguridad militar, armas nucleares y, sobre todo, Taiwán.
Porque incluso cuando se anuncian compras multimillonarias y se evocan oportunidades económicas, la desconfianza estratégica sigue dominando el trasfondo de la relación.
Fue precisamente en el asunto taiwanés donde Xi mostró un tono más contundente. Su advertencia sobre las consecuencias de una mala gestión de la cuestión dejó claro que Taiwán continúa siendo el núcleo más sensible y potencialmente explosivo de la relación bilateral.
El liderazgo chino considera que las acciones recientes de Washington alimentan las posiciones independentistas en la isla, algo que Beijing define como “incompatible con la paz”. El mensaje fue especialmente relevante porque provino directamente del propio Xi y en términos inhabitualmente explícitos. En la lógica política china, ignorar públicamente una advertencia formulada de manera tan clara por el máximo dirigente podría interpretarse internamente como una pérdida de credibilidad o incluso una pérdida de “cara” para el liderazgo.
La Casa Blanca insiste en que nada ha cambiado en su posición oficial. Sin embargo, algunos movimientos sugieren intentos discretos de evitar una escalada inmediata. Entre ellos destaca el retraso por parte de Trump de la aprobación final de un importante paquete de armas para Taiwán con el fin de facilitar el desarrollo de la cumbre sin sobresaltos.
La incógnita es hasta dónde puede llegar ese ajuste táctico. ¿Está dispuesto Trump a limitar realmente la implicación estadounidense en determinados ámbitos sensibles? ¿Renunciaría Washington a los beneficios económicos y estratégicos derivados de las ventas de armas? Las versiones ofrecidas por ambas partes difieren notablemente y, como suele ocurrir en este tipo de diplomacia, parte de los entendimientos podrían permanecer deliberadamente ambiguos.
Lo que sí parece claro es que Taiwán se consolida como la variable capaz de condicionar cualquier mejora futura en otros ámbitos de cooperación. Taiwán asoma como la frontera real de cualquier cooperación.
En el terreno internacional, Xi lanzó mensajes conciliadores orientados a reforzar la idea de una gestión compartida de los grandes desafíos globales. Cambio climático, estabilidad financiera, conflictos regionales o gobernanza tecnológica fueron presentados como ámbitos donde las dos grandes potencias deberían cooperar pese a sus diferencias.
Sin embargo, China sigue mostrando cautela ante cualquier interpretación que sugiera un auténtico G2 o una cogobernanza formal del sistema internacional junto a Estados Unidos. A Beijing le interesa promover un “nuevo paradigma” de relaciones entre grandes potencias, pero sin asumir un esquema que implique corresponsabilidad plena en un orden internacional todavía muy marcado por la hegemonía estadounidense.
La dificultad radica en que la cooperación convive con divergencias profundas sobre comercio, tecnología, seguridad, cadenas de suministro o la propia arquitectura del orden global. La rivalidad no desaparece; simplemente se intenta administrar.
El balance final de la cumbre deja así una sensación de estabilización provisional más que de auténtica reconciliación estratégica. Mucha retórica y, probablemente, poca sustancia transformadora.
Ambas partes parecen haber asumido que la prioridad inmediata consiste en gestionar la tensión sin agravarla. Ni Washington ni Beijing desean una ruptura descontrolada, especialmente en un contexto económico y geopolítico internacional cada vez más incierto.
La visión estratégica china tiene vocación de largo plazo, mientras que Trump encara un horizonte político reducido y condicionado por la volatilidad interna estadounidense
Aun así, persisten límites estructurales difíciles de superar. La visión estratégica china tiene vocación de largo plazo, mientras que Trump encara un horizonte político reducido y condicionado por la volatilidad interna estadounidense. Incluso si ciertos consensos avanzaran ahora, un futuro cambio de administración podría alterarlo todo nuevamente.
Se insiste con frecuencia en la supuesta debilidad de Trump debido a sus múltiples frentes internos. Existe parte de verdad en ello. Pero Beijing sabe también que Estados Unidos continúa siendo una potencia extraordinariamente fuerte en términos militares, tecnológicos y financieros. Del mismo modo, los elogios reiterados de Trump hacia Xi difícilmente pueden interpretarse como mera admiración personal pues forman parte también de una táctica negociadora destinada a generar confianza, bajar la guardia del interlocutor y obtener concesiones.
Por eso, más allá de las fotografías, las declaraciones amables y los anuncios comerciales, la realidad objetiva sigue apuntando hacia una intensificación de la competencia estratégica. Lo hablado en Beijing quizá no represente el inicio de una nueva era, pero sí la constatación de una necesidad compartida, la de evitar que la rivalidad chino-estadounidense termine desbordándose antes de tiempo.
En esta ocasión, los líderes chinos llevaron a Trump al Templo del Cielo y no a la Ciudad Prohibida. Sin duda, la elección tiene una carga casi diplomático-cultural queriendo enfatizar que si bien no existe reconocimiento de una igualdad imperial, sí hay espacio ritual para la armonía. Parafraseando al agustino Juan González de Mendoza, en esto del simbolismo, los chinos también parten el cabello.
Quizá el verdadero resultado de la cumbre no sean los acuerdos anunciados, sino los límites tácitos que ambos intentan fijar para evitar accidentes estratégicos.
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Xulio Ríos es asesor emérito del Observatorio de la Política China.
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