80 años del bombardeo de Gernika: "Me aterraba que cayese una bomba y ser enterrado vivo"

Luis Iriondo (Gernika, 1922) todavía recuerda aquel lunes de mercado en el pueblo. Es capaz de desgranar el minuto a minuto de ese 26 de abril de 1937. A pesar de sus 94 años, no necesita pararse a pensar, tiene toda la secuencia grabada a fuego en la memoria. Las campanas alertando de la llegada de la Legión Cóndor, la incesante lluvia de bombas, la fotografía de la pequeña localidad vizcaína, que entonces tenía unos 5.000 habitantes, reducida a escombros y cenizas… Es uno de los supervivientes del cruel bombardeo sobre Gernika, que dejó más de un centenar de muertos y que se convirtió en uno de los acontecimientos más conocidos, tanto a nivel nacional como internacional, de la Guerra Civil española.

No había pasado ni un año desde el inicio del golpe de Estado. Sin embargo, Iriondo, que por aquel entonces tenía 14 años y trabajaba como botones en el Banco Bilbao por la suspensión de las clases, ya estaba acostumbrado a la señal de alarma que se emitía casi a diario desde el campanario de la iglesia. “Al principio me asustaba. Pero al cabo de ocho meses de guerra, y de ver que no pasaba nada, dejé de ir a los refugios cada vez que sonaban las campanas”, cuenta a infoLibre desde su casa en Gernika. Sin embargo, ese lunes fue distinto. Cuando repicaron, decidió acompañar a un compañero “asustado” de Lekeitio hasta el refugio. Al llegar al mercado, se empezaron a escuchar las primeras bombas.

“Corrimos, junto al resto de gente, a refugiarnos”, relata Iriondo. Empujado por la multitud, terminó en el fondo de un habitáculo bajo tierra “todavía no terminado”, sin ventilación, abarrotado de gente. No se le olvida la dificultad para respirar y el sentimiento de terror que le recorría el cuerpo: “Yo estaba preocupado por la resistencia de los refugios. Me aterraba que cayese una bomba y ser enterrado vivo”, señala. Pero, entre risas, confiesa que tenía todavía “más miedo” a la “bronca” de su madre si al joven se le ocurría manchar o romper los pantalones largos que ese 26 de abril estrenaba. Tras las primeras explosiones, el silencio se instaló en las calles de Gernika.

“No lograba acabar ni una oración”

Era, sin embargo, una pequeña tregua antes del bombardeo más intenso, que llegó a media tarde de la mano de varios Junkers Ju 52 de la aviación nazi. En este caso, Iriondo esperó a que entrase todo el mundo en el refugio y se quedó junto a la puerta, sintiendo el “calor que desprendían las explosiones”, escuchando el intermitente “tableteo de ametralladoras” e intentando rezar, tal y como le habían enseñado en la iglesia: “Yo lo intentaba, pero el ruido de las bombas me interrumpía. No lograba acabar ni una oración”, cuenta. La intensidad y duración del ataque se prolongaban más de lo normal. Ni siquiera un gudari que estaba junto a él, que consideraba con la suficiente experiencia en guerras, supo decirle cuándo cesaría el bombardeo. Fueron “más de tres horas”.

Cuando el joven salió del refugio, “todo el pueblo estaba ardiendo”. Entonces, junto al resto de vecinos, salió de la villa. Pensó en sus padres y hermanos. Y en uno de sus amigos, que siempre le había dicho que si bombardeaban Gernika se protegería en un “gran socavón que había en la carretera de Lumo”. “Cuando pasé por delante de ese lugar, había un montón de cadáveres”, explica a este diario. Al caer la noche, recuerda cómo el fuego en su pueblo iluminaba la plaza de Lumo. Fue allí, en medio de la noche, cuando se encontró con su madre Elvira, que por aquel entonces regentaba una tienda de muebles y que había conseguido salvarse metiéndose en una zanja.

También sobrevivieron su padre, Juan, y sus tres hermanos: Rafa, Patxi y Mari Cruz. Cuenta que el que peor lo pasó fue el segundo, que entonces tenía nueve años y que fue sorprendido por la aviación alemana cuando se encontraba “jugando en el instituto”. “Entre bombas tuvo que correr hasta el refugio más cercano, un chalet en el que se encontró con mi padre. Luego, aprovechando los minutos en los que el ataque cesó, corrieron hacia el refugio del ayuntamiento”, señala. Desde entonces, Patxi, que moriría de una enfermedad con tan sólo 28 años, dejó de ser el mismo. “No podía ni siquiera escuchar los truenos los días de tormenta”, recuerda.

“No nos dejó un sentimiento de odio ni venganza”

Tras el bombardeo sobre Gernika, la vida de Iriondo y su familia se asemejó a la de millones de españoles durante la guerra civil y la posterior dictadura franquista. Marcharon a Bilbao, donde se quedaron en casa de un sindicalista que se encontraba en el frente. De allí, cogieron en mitad de la noche un barco hacia Santander. Un proceso que repetiría después junto a su madre y dos de sus hermanos en dirección Burdeos. Ya en suelo galo, un tren les llevó hasta Vernon, en la región francesa de Normandía. De aquel periplo no se le olvidará la tableta de chocolate que le entregó una muchacha ni el recibimiento triunfal de los franceses. Sin embargo, la detención de su hermano mayor tras la toma de Bilbao les hizo emprender el camino de vuelta a casa.

“En Euskadi nos encontramos con un país completamente distinto al que habíamos dejado”, relata Iriondo. Del regreso a casa, no se le borrará de la cabeza el consejo que les dio “un señor” con el que fueron charlando en el camino entre San Sebastián y Bilbao. “Le dijimos que éramos de Gernika y que habíamos tenido que huir tras el bombardeo. Él se puso el dedo en la boca y nos dijo: ‘No digáis bombardeo porque dicen que han sido los rojos los que han dado fuego al pueblo’. ¡Pero si nosotros estuvimos allí y lo vimos! ‘No lo digáis porque os pueden castigar’, repitió el señor”. Tanto el entonces lehendakari, José Antonio Aguirre, como el periodista británico de The Times George Steer, tuvieron claro desde el principio que detrás de la matanza estaba la mano alemana.

Una versión que el franquismo y su propaganda se rechazaron por activa y por pasiva, asegurando que “en la España nacional” no había aviación germana ni extranjera. Sin embargo, el tiempo dio la razón a los vecinos de Gernika. En 1997, el embajador de Bonn en España, Hening Wegener, leyó en la localidad vizcaína una carta del entonces presidente alemán, Roman Herzog, en el que asumía en nombre de Alemania la responsabilidad de la Legión Cóndor en el bombardeo y pedía perdón por ello. Iriondo todavía recuerda las palabras que él mismo pronunció aquel día: “Desde la altura nos veían como hormigas que huían aterradas. Si hubieran estado en el suelo nos hubieran visto como lo que éramos: niños como los suyos, mujeres como las suyas. (…) Pero no nos dejó un sentimiento de odio ni venganza, sino de paz. Aquello no debía suceder en ningún otro lugar. Bienvenidos a Gernika, marchemos juntos en paz”.

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“Agotar las palabras”

La Legión Cóndor arrasó Gernika sólo tres semanas después de que tres bombarderos Savoia de la Aviazione Legionaria fascista italiana, que despegaron de Soria cargados, cada uno, con veinte bombas de 50 kilos y cuatro incendiarias de 20 kilos, arrasasen Durango. Tres bombardeos, dos contra población civil y uno contra un objetivo militar, que segaron la vida de más de 300 personas en la localidad vizcaína. “Este ataque a 20 km hizo que se empezaran a cambiar el tipo de refugios que se habían hecho hasta ese momento en Gernika. Sin embargo, el día del bombardeo no dio tiempo a que estuvieran terminados”, rememora Iriondo.

En el caso de Durango, una reciente investigación del historiador Jon Irazabal, de la agrupación cultural Gerediaga, ha puesto nombre a los pilotos y tripulación de los tres aviones y ha permitido al ayuntamiento interponer contra ellos una querella criminal. Preguntado por si le gustaría una acción similar en relación con el bombardeo de su pueblo, sorprende la respuesta: “Es difícil que después de tantos años quede alguno de esos pilotos vivos. Hay que olvidar y perdonar, el pasado no se puede corregir. Tenemos que mirar hacia delante y evitar que haya más guerras. Hay que agotar las palabras y, si no se llega a un acuerdo, se inventan palabras nuevas. Pero nunca hay que recurrir a las armas y a la violencia, porque eso produce víctimas inocentes”. Como las de Gernika. Como las de Durango. Como las de Jaén.

Luis Iriondo (Gernika, 1922) todavía recuerda aquel lunes de mercado en el pueblo. Es capaz de desgranar el minuto a minuto de ese 26 de abril de 1937. A pesar de sus 94 años, no necesita pararse a pensar, tiene toda la secuencia grabada a fuego en la memoria. Las campanas alertando de la llegada de la Legión Cóndor, la incesante lluvia de bombas, la fotografía de la pequeña localidad vizcaína, que entonces tenía unos 5.000 habitantes, reducida a escombros y cenizas… Es uno de los supervivientes del cruel bombardeo sobre Gernika, que dejó más de un centenar de muertos y que se convirtió en uno de los acontecimientos más conocidos, tanto a nivel nacional como internacional, de la Guerra Civil española.

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