Talento a la fuga

“Los que estamos fuera nos sentimos ciudadanos de ninguna parte”

“Los que estamos fuera nos sentimos ciudadanos de ninguna parte”

Alcanzar en España la cumbre del éxito profesional con tan solo 23 años no bastó para que Cristina Ortiz cambiara la decisión de abandonar su Granada natal y marchar a Francia. El peso de las responsabilidades a su cargo, la inquietud por aprender otro idioma y la posibilidad de permanecer junto a su pareja David, un enfermero español afincado en el país vecino, llevaron a esta licenciada en Filología inglesa primero hasta París, y después hasta Marsella, la ciudad en la que ha encontrado un trabajo como recepcionista de clientes en la sección de restauración de un hotel de cinco estrellas.

Cristina llegó a “lo más alto” en el ámbito profesional demasiado joven, dice. Con apenas 23 años accedió a un puesto como coordinadora de servicio a estudiantes para una universidad estadounidense con sede en España. En apenas dos años, esta granadina fue escalando posiciones hasta alcanzar un puesto de dirección que dejaba a su cargo tanto la actividad de estudiantes, profesores y trabajadores, como la relación entre diversas universidades españolas y la norteamericana para la que trabajaba. “Di muchísimo de mí, y no sé si por la edad o porque soy una persona demasiado responsable, llegó un momento en el que alcancé un elevado nivel de estrés”, recuerda. Con la recesión económica amenazando ya el mercado laboral español, que había frenado no solo el acceso a un empleo sino la movilidad del trabajador, a Cristina no le quedaban más alternativas que la de perpetuarse en ese empleo, aceptar la condena del paro o marcharse a otro país. “Yo quería salir de ese trabajo y la única manera de seguir en activo era salir de España, porque las cosas están como están…”.

Alentada por su intenso interés en el aprendizaje de otras lenguas y otras culturas, Cristina, que ya hablaba inglés y alemán, no tuvo inconveniente en cambiar el ámbito universitario por el sector hotelero francés. “Es verdad que, cuando a veces estoy trabajando allí, en jornadas duras, pienso que he dado mil pasos atrás, pero me recompensa el vivir cada día en otro país y en otra cultura”, asegura esta filóloga a la que después de dos años le sigue cuadrando el balance de las decisiones tomadas. “No sé si soy conformista, pero me recompensa de momento”. Con todo, reconoce que, con la seguridad de haber adquirido un buen nivel de francés, no desdeña la posibilidad de poner en valor la experiencia laboral adquirida en España para escalar posiciones en el mercado de trabajo del país vecino.

Aunque insiste en señalar que la presencia de David, su novio, no fue el principal motivo para elegir París como destino, Cristina también reconoce en él un importante punto de apoyo que le sirvió para orientar su decisión. Enfermero de profesión, este onubense ha acumulado años de experiencia en Francia con la idea de regresar y poder acomodarse definitivamente en el sector público sanitario español. “David se fue por la crisis”, asegura Cristina que reconoce que, en todo caso, “ya tiene puntos suficientes para volver”; sin embargo, teme no encontrar el reconocimiento y el estatus profesional alcanzado durante los últimos años en el país vecino. “No es lo mismo ser enfermero en Francia que en España”, advierte. “Aquí están más especializados. También es diferente cómo les cuidan, como les ofrecen formaciones”.

Cristina y David cambiaron la “fría y lluviosa” París por la mediterránea Marsella, una ciudad que, según afirma, suma una cada vez mayor comunidad de compatriotas. “Participamos en el típico foro de Facebook de españoles y todos los días se añade alguien nuevo”, afirma. Una observación que la ha llevado a concluir que no se ha producido ninguna mejoría en la economía de su país natal. “Miro a mi alrededor y no veo ninguna recuperación”, asevera. “Mucha gente que no tenía trabajo sigue sin trabajo, y otra mucha que se marchó, no puede volver”, remata.

Fuera del marco de las fronteras españolas, David y Cristina sienten que forman parte de una especie de limbo jurídico al que se ven arrojados los expatriados. Privados de buena parte de los derechos que les correspondían como españoles se preguntan “¿qué somos? ¿Ciudadanos españoles o qué?”. Y reflexionan sobre la idoneidad de inscribirse en el consulado. “Pensamos que deberíamos hacer constar nuestra presencia en Francia para formar parte de esa gente que se ha marchado y no aparece reflejada en ningún registro”, dice. Una decisión que, de llevarse a cabo por buena parte de quienes se han marchado desde que se iniciara la crisis, dispararía las cifras oficiales que hasta ahora superan los 750.000 emigrantes. “Nosotros seguimos siendo españoles a ojos de la administración, pero tampoco podemos votar, e incluso puede ser que si un día regreso de vacaciones y necesito un medico, no me atiendan. Te sientes ciudadano de ninguna parte”.

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