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Coronavirus

Dos metros de distancia entre españoles: ¿está preparado el país para el escenario social postconfinamiento?

La dependienta de un supermercado de Murcia atiende a una clienta a través de una mampara para evitar contagios.

"Hemos conseguido que las UCIs no hayan colapsado (…). Ahora tenemos que ir empezando a pensar en las nuevas fases". Como explicó este miércoles el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, la curva se está aplanando, los expertos consideran que hace unos días pasamos el pico de casos detectados… y, aunque aún quedan semanas, políticos, epidemiólogos y actores relevantes en general contra la pandemia comienzan a planear la fase postconfinamiento. Si los datos siguen la tendencia moderadamente positiva, y una vez Sánchez ha obtenido el respaldo del Congreso para la prórroga del estado de alarma, a partir del 26 de abril se comenzará a abrir la puerta a una "nueva normalidad", como dijo este jueves el presidente: ni mucho menos volveremos a un enero como el de 2020, pero podremos salir de casa con menos restricciones.

En este escenario, de duración y consecuencias inciertas, cobrará mucha importancia el distanciamiento social. No abrazarnos, no besarnos, no aglomerarnos en los bares compartiendo cañas, nada de fútbol en el estadio, grandes aglomeraciones. Al menos, 2 metros de distancia entre unos y otros en los establecimientos y centros de trabajo que, progresivamente, vayan abriendo de nuevo. La ironía es dura de digerir: Simón se refirió este miércoles al encierro domiciliario que sufrimos como la fase "fácil", mientras la que viene es la fase "difícil".

Así lo explicó: "Progresivamente, cuando vayamos poco a poco levantando las medidas de protección, empezará la fase más cómoda pero será la parte más difícil. Va a ser más difícil que la gente mantenga la tensión, que mantenga el distanciamiento social. Tenemos que ser mucho más conscientes de cada uno de nuestros actos para evitar un repunte de la epidemia". Disfrutaremos de más libertades, pero no acercarnos al resto requerirá disciplina cotidiana.

En los países que tienen la situación más controlada se están aplicando estas medidas de distanciamiento social, tomando como referencia los dos metros de distancia que, se cree, son suficientes para evitar que el SARS-Cov2 pase de un cuerpo a otro, generalmente por las partículas que se expulsan de la boca al hablar. Países como China o Corea del Sur han limitado el aforo en establecimientos que, sin dar pie siempre a aglomeraciones, sí pueden fomentar un contacto mayor al recomendado entre clientes, como cines o restaurantes, y han establecido una distancia obligatoria entre mesas o asientos.

Estas medidas se complementan con el uso obligatorio, o generalizado entre la población, de mascarillas. En países como Japón la mascarilla es algo cultural y ya muy extendido, incluso cuando no acecha una pandemia mundial: en otros, como República Checa, una campaña del Gobierno ha conseguido ampliar su uso más allá del personal sanitario. Este escenario, que ha sufrido de varios cambios de criterio de las más altas instancias sanitarias, está sujeto a la disponibilidad del material: en muchas partes del mundo, y de España, tener mascarillas es muy difícil.

Los sociólogos consultados por infoLibre apuntan a que España, y los países pertenecientes a una cultura mediterránea común (Italia, Grecia, Portugal) cuentan con una desventaja que podría marcar el postconfinamiento y que pudo ayudar a agravar la crisis por la que pasan algunos: nos gusta mucho el uso del espacio público, así como el contacto físico abundante. En nuestro país saludamos a desconocidos con dos besos y abrazamos, en líneas generales, con mucha más facilidad que en otros países. Sin embargo, avisan: culturas con un distanciamiento social más implantado de serie no están exentos de nada. El ejemplo perfecto es Japón. Los japoneses jamás besan a desconocidos, ni siquiera a conocidos, utilizan muchas mascarillas a diario y como rutina y son muy escrupulosos con su espacio vital. El país nipón tenía la epidemia controlada y no impuso una cuarentena dura: de hecho, sus habitantes acudieron hace unos días con relativa normalidad a ver a los cerezos en flor, una tradición muy arraigada en el archipiélago oriental. Ahora, las autoridades temen que los casos se disparen.

En Singapur se vive en estos días el peligro al que nos enfrentaremos en algunas semanas en España: que se relajen las restricciones y un nuevo pico obligue a volver a casa. Los expertos consideran que el país y sus ciudadanos han dado la batalla por ganada mucho antes de tiempo. Los positivos aumentaron un 60% en el pasado fin de semana y obligaron a las autoridades a decretar un confinamiento duro, que incluso prevé penas de prisión para quien se lo salte. La amenaza es real y los rebrotes ya han impactado incluso entre los que lo llevaban mejor: por lo tanto, ¿está España preparada para ello? La detección temprana, los tests serológicos y el aislamiento rápido de nuevos contagiados será clave, pero también las medidas higiénicas y los dos metros de distancia entre personas en el país con más densidad de bares del mundo. ¿Están los españoles preparados para ello?

"Evidentemente, es verdad que en la cultura mediterránea somos más cercanos físicamente. Estamos acostumbrados a vivir en el espacio público. Pero no creo que vaya a haber resistencia. Creo que es tan gordo lo que está pasando que vamos a estar bien disciplinados todos", considera el sociólogo de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) Pablo Santoro. Reconoce las diferencias entre países, pero no cree que sean tan determinantes como para predecir con un mínimo de rigor cómo será el próximo escenario. "La buena gestión de la epidemia", considera, "tiene más que ver con el control férreo de la población y el uso de las nuevas tecnologías", y eso sí que puede que genere "más resistencia". Ya se ha visto en la extrema derecha, señala: Vox pasó en unos días de pedir una aplicación contra el coronavirus a llamar al boicot a un estudio liderado por el INE que analiza datos anónimos de movilidad.

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"Las primeras semanas después del confinamiento, la gente va a seguir muy concienciada", afirma, optimista, el profesor de Sociología de la Universidad de Salamanca (US) Jesús Rivera. Ya lo estamos viendo en el supermercado, donde se respetan las distancias de seguridad con mayoritario acierto. Pero cuando pasen esas primeras semanas, y si la alarma social disminuye, es papel de las instituciones y las administraciones públicas mantener la tensión, considera. Con campañas, con recordatorios, con discursos. La desgracia, apunta el experto, ayudará a la disciplina, aunque sea terrible: "Está habiendo muchos infectados y muchos muertos y ya va siendo mucho más frecuente que mucha gente tenga alguien del entonro que haya sido afectado. Eso asusta más. Cuando no tienes a nadie de tu entorno parece una cosa muy lejana". Mariano Urraco, profesor de Sociología de la Universidad a Distancia de Madrid, coincide: el cumplimiento del distanciamiento social depende casi exclusivamente "del nivel de amenaza que perciba la población", afirma.

Urraco, sin embargo, es escéptico con respecto a las llamadas del Gobierno a la responsabilidad individual, y los mensajes tan generalizados que aseguran que con el esfuerzo de cada uno de los ciudadanos se puede vencer al virus. "Para nosotros es mucho más reconfortante tener un poder contra la enfermedad. Es tendencia de los Estados pasarle la pelota al individuo", considera: el depende de nosotros es un mensaje "tramposo", ya que aunque se tomen todas las precauciones puedes contagiarte: y eso deriva en los sentimientos de culpabilidad y en los reproches injustos hacia nuestros semejantes. Tenemos margen para evitar infectarnos e infectar al resto, pero no todo está en nuestras manos, recuerda.

El miedo al rebrote nos acompañará durante mucho tiempo. ¿Cambiaremos para siempre? ¿Dejaremos de expresar amor, cariño, afecto o –simplemente– educación a través del contacto físico en público?  Urraco no lo cree: percibimos el impacto de la pandemia, asegura, como un "paréntesis" que más pronto que tarde, deseamos, nos devolverá a nuestra vida normal. "Está todo el mundo deseando retomar su rutina habitual donde la dejó", expresa. Pero habrá que esperar aún hasta que besarse, abrazarse o charlar animadamente sin mascarilla no sea peligroso.

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