Talento a la fuga

“No me planteo volver para trabajar 60 horas de camarero y perder mi independencia”

“No me planteo volver para trabajar 70 horas de camarero y perder mi independencia”

Llegó a la capital de Irlanda hace dos años y un día después de defender su trabajo de fin de máster. José María Bejarano, un joven sevillano de 26 años licenciado en Humanidades y especializado en patrimonio y español para extranjeros, lo tenía “clarísimo”: si quería progresar profesionalmente, tendría que marcharse.

De lo contrario, probablemente seguiría encadenando uno tras otro, los distintos empleos precarios como camarero que nunca le faltaron. Una suerte de ofertas laborales que también asumió aceptar durante unos meses en Dublín, la ciudad que por fin, le ha permitido dirigir su carrera hacia la enseñanza de idiomas en una academia de inglés, el centro en el que trabaja con un contrato indefinido desde febrero. “No doy clases, porque hay que ser nativo, pero trabajo en el departamento del estudiante gestionando el alojamiento y las actividades académicas”, cuenta a infoLibre.

Trabaja 37 horas semanales, tiene un contrato indefinido y cobra 1.900 euros, un salario que le permite vivir con “un margen muy cómodo” que jamás habría alcanzado con sus empleos en la hostelería española. Logró esquivar así la precariedad y “la falta de oportunidades” que se le presentaban en España.

Sin embargo, José María rechaza identificarse con los términos “expatriado” o “generación perdida”, dos conceptos duros que están cada vez más extendidos entre los miles de jóvenes que desempeñan su trabajo fuera de las fronteras españolas. “No me siento parte de una generación forzada a marcharse. Si yo hubiera sido conformista, me habría podido quedar en España con mi trabajo de camarero”.

Y se refiere así, sin darse cuenta, a la ausencia de expectativas profesionales a las que como él, se enfrentan los cientos de titulados en materias relacionadas con las letras y las artes, que apenas encuentran espacio en un más que saturado y mermado mercado laboral que se ensaña especialmente con los profesionales de su rama. “¿Quién invierte en gestión cultural? Los ayuntamientos empezaron a recortar precisamente por ahí”, reflexiona después. “Lo que yo estudié nunca ha tenido muchas salidas en España. Al final todo el mundo te pregunta ¿Y eso para qué sirve?”.

Entonces, ¿es España un país de camareros? No lo es según José María, que prefiere matizar: “España es un país en que la gente se ha dedicado a la hostelería porque no tenía otra opción”, asegura como queriendo evidenciar que estamos ante un país que ha generado una masa de jóvenes muy formados para la que apenas queda espacio en el terreno laboral.

Una circunstancia que, según él, si no ha redundado en la formación de una “generación perdida” que se ha tenido que marchar al extranjero, sí ha creado a una “generación frustrada”. Una multitud de gente descontenta que, según este sevillano, “no puede trabajar de lo que le gusta”, ni si quiera por la vía de lo público, donde también se han recortado plazas. “Cuando sale una oposición, basta mirar el número de personas que se presenta. Ves esos datos y te frustras antes de empezar”, asevera.

“No conozco a nadie que lo hayan echado de su trabajo”

Después de seis meses en prueba, José María disfruta ya de un contrato indefinido, sin embargo, asegura que el modelo laboral irlandés no difiere tanto del español. “No te garantizan absolutamente nada. La indemnización es mínima”.

No obstante, reconoce que no existe tanta movilidad entre los trabajadores como en su país natal, un hecho diferencial que podría explicarse con la distancia entre la tasa de desempleo de Irlanda (9,8%) y la de España (22,5%). Una más que significativa diferencia porcentual de 12,7 puntos que despeja entre la juventud irlandesa la incertidumbre a la que se ve sometido constantemente el trabajador español.

“No conozco a nadie que lo hayan echado de su trabajo”, reconoce. “Tampoco existe el eterno trabajador en prácticas. Aquí la mentalidad es enseñarte, y después contratarte cuando ya lo has aprendido todo”, explica.

José María dice que “la tierra tira siempre”, pero de momento, no piensa en el regreso. “No voy a volver en cualquier condición. Ya no tengo 18 ni 19 años, he terminado mis estudios y quiero desarrollarme personal y profesionalmente”.

Un anhelo que intuye, se vería truncado si cediera. “No me planteó volver a trabajar sesenta horas de camarero para perder mi independencia y vivir con mis padres. Sé que no me darían ni el nivel de vida ni lo que tengo aquí”, asegura este licenciado en Humanidades, que no solo ha estado expuesto al vacío laboral que España le ofrecía para desarrollarse profesionalmente en su especialidad, sino que ha sufrido una de las más desagradables paradojas que han dejado las reformas laborales de los últimos años.

Con una carrera y un máster a cuestas, veía como toda su preparación y formación académica también entorpecían su incorporación a un marcado de trabajo precario en la hostelería. “En los procesos de selección, si ven que tienes una carrera se lo piensan, porque creen que les vas a dejar tirados”.

“La única posibilidad que tenía en España era trabajar de camarero por un sueldo de risa”

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