Andalucía

PSOE y Cs preservan su pacto en Andalucía en el arranque de la carrera electoral

La presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz.

El escenario político andaluz depara una jugosa paradoja. Los dos partidos que mejor librados salen en las encuestas, el PSOE —ganador de largo en todas— y Ciudadanos —que sube notablemente hasta amenazar la segunda plaza del PP—, son a su vez socios. O sea, los que mejor lo tendrían en unas elecciones ahora son los más obligados a velar por la estabilidad de la legislatura. Susana Díaz tiene la llave de un posible adelanto de las elecciones, previstas en principio para la primavera del 19. Con los sondeos como referencia, a los socialistas y a los naranjas, a los dos, les vendría de perlas celebrar elecciones ahora, o quizás después del verano. Pero, ¿con qué excusa? Dice el manual clásico que no se puede disolver un parlamento e ir a las urnas con una excusa vaga o poco creíble, porque al electorado le sobra intuición para oler el oportunismo. Y poca excusa hay en Andalucía, donde la presidenta, Susana Díaz (PSOE), cuenta con presupuestos para 2018 y repite insistentemente que la "estabilidad" es su mejor activo.

Esa estabilidad se la debe a Ciudadanos, que lleva toda la legislatura apoyando al PSOE, anotándose a cambio logros como la práctica supresión del impuesto de sucesiones, tan queridos por su base social. Ahora, cuando empiezan a olerse elecciones en lontananza, Cs marca distancias con Díaz, al menos en las formas, agobiado por las voces de la derecha que lo acusan de ser la muleta de un partido que va camino de los 40 años en el poder, de ser blandengue con el PSOE en Andalucía y férreo con el PP en Madrid. Aunque Cs se esfuerza en distinguir, en aclarar que lo del PP en Madrid sólo ha pasado en Madrid, es un discurso que puede suponer cierto desgaste entre su potencial electorado de derechas. En este marco, los comentarios sobre un posible deterioro de las relaciones PSOE-Cs, que a su vez lleven a un adelanto electoral, ocupan las conversaciones de pasillo. En privado nadie lo descarta del todo, tampoco en el PSOE mientras haya estabilidad, aunque sus dirigentes insisten en que la intención es agotar la legislatura. En todo caso se podría acudir a un adelanto técnico, ya dentro de 2019.

Este miércoles se celebró en el Parlamento el Debate sobre el Estado de la Comunidad, donde Díaz afeó a la oposición que le preguntase continuamente por el posible adelanto electoral, acusando al resto de partidos de no ocuparse de los problemas reales de Andalucía. Un clásico. Pero dejó caer un anuncio con lecturas interesantes: que su consejera de Hacienda, María Jesús Montero, había aprobado este mismo miércoles la orden que da inicio a la elaboración del presupuesto de 2019. El año pasado esta orden se aprobó el 26 de mayo, más de un mes y medio después que éste, cuando sale adelante oportunamente en coincidencia con un debate que mete presión a Ciudadanos.

Un eventual rechazo a las cuentas de 2019 sí daría a Díaz un argumento con validez para el adelanto. El anuncio mete presión a Ciudadanos, que tendrá que decidir si apoya o no unos nuevos presupuestos que permitan cerrar una legislatura de cuatro años. Si no lo hace, el camino a un posible adelanto se despejaría. Juan Marín, líder de Ciudadanos, en su habitual tono pausado, le respondió a Díaz: "Nos sentaremos y veremos a ver hasta qué grado cumplen ustedes lo del 18". Nadie en la oposición descarta que PSOE y Cs, cuyos dirigentes han trabado confianza durante estos tres años, pacten la puesta en escena de un desencuentro si las encuestas les siguen sonriendo en otoño... y no haya más remedio que ir a las urnas porque ya no hay "estabilidad". Juan Manuel Moreno Bonilla, líder del PP, le preguntó expresa y claramente a Díaz si podía comprometerse a que las elecciones serían cuando en principio tocan. La presidenta no entró a ese trapo. Luego los rumores no quedan —no pueden quedar— del todo disipados.

"Cariño" y "respeto"

Los debates entre Díaz y Marín suelen ser de una extrema cortesía. Este miércoles, pese a que ya resuenan los tambores electorales, se mantuvo el tono. Díaz y Marín insistieron en que tienen "visiones" y "modelos" diferentes, pero destacaron lo fructífero de su entendimiento. Marín pidió a la presidenta "otra dirección", pero le reconoció que había hecho "cosas bien". Díaz le pidió —"desde el cariño que le tengo"— que apoyase la reivindicación de Andalucía de una mejor financiación de Andalucía. Ahí Marín elevó algo el tono, para argumentar que no había venido a hablar del Gobierno de Rajoy, sino del andaluz. Otra vez Díaz le respondió con "cariño" y "aprecio", pero lo acusó de defender un modelo de financiación autonómica basada en "el principio de ordinalidad", que es lo que han defendido durante todos estos años los "nacionalistas catalanes", que ciertamente gozan de poca popularidad en Andalucía.

PSOE y Ciudadanos mantienen un pacto de interés en Andalucía, válido mientras a ambos les sonríen las encuestas. Pero al mismo tiempo entre ambos han dispuesto un terreno de juego en el que es verosímil una crisis de la santificada "estabilidad", que justificaría un adelanto electoral, dado el caso, el próximo otoño. Ése es ahora el panorama. Si la política catalana no da su enésima sorpresa, Andalucía será el próximo escenario de batalla electoral. El punto de partida del nuevo ciclo. ¿Cuándo? Con el calendario en la mano, en marzo de 2019. Pero está por ver.

El recuerdo de 2015

La presidenta Díaz, que es la que decide cuándo se ponen las urnas, tiene fresco el recuerdo de los anteriores comicios, en marzo de 2015, cuando la proximidad de las municipales, celebradas en mayo, retrasó la obtención de apoyos para su investidura hasta junio, pese a su clara victoria electoral. La jugada salió bien a Díaz, que había roto el pacto de Gobierno con IU para adelantar más de un año las elecciones y coger a sus adversarios a contrapié. No quería esperar a las municipales, ante el riesgo de que Podemos cogiera fuerza. Fue la primera en medirse con el partido morado tras su espectacular irrupción en las europeas de 2014. Consiguió una clara victoria: 47 diputados —la mayoría absoluta está en 55—, por 33 del PP, 9 de Ciudadanos —ha perdido una, ahora no adscrita—, 15 de Podemos y 5 de IU, que salvó in extremis el grupo electoral, lo que le ha permitido mantener un espacio propio reconocible. Si Díaz se anotó un triunfo ante un Podemos al alza en 2015, este año o el próximo —si se cumplen las encuestas— podría anotarse otro frente a un Ciudadanos aún más al alza. Se quitaría así la espina de la derrota más dolorosa de su ya larga carrera política: la que le infligió un compañero de partido, en mayo de 2017.

En 2015 no sólo comenzaba una legislatura andaluza. Díaz, que había llegado al poder tras la dimisión de José Antonio Griñán sin elecciones de por medio, obtenía el refrendo de las urnas que le permitía dibujarse como la excepción ganadora el partido liderado por Pedro Sánchez, al que ella misma había contribuido decisivamente a aupar pero del que había dejado de fiarse al minuto siguiente de su victoria en las primarias ante Eduardo Madina. Las dos derrotas electorales en 2015 y 2016 de Sánchez, que se negaba a dimitir pese al retroceso permanente del PSOE, terminaron de convencer a Díaz —animada por todos los históricos del partido— de que estaba llamada a ocupar la secretaría general, para lo que maniobró contra Sánchez hasta que logró derribarlo. En el PSOE andaluz, sobre todo tras la entrevista del secretario general con Jordi Évole en laSexta, dieron por desahuciado a Sánchez y ya hacían cábalas sobre el futuro de Díaz como secretaria general, a la vez que presidenta autonómica y quizás senadora para buscar el cara a cara con Mariano Rajoy, mientras preparaba una sucesión ordenada en Andalucía y el asalto a La Moncloa. Pero en política los cuentos de la lechera suelen acabar en cuentos de terror.

Batacazo y resurrección

Díaz se pegó una batacazo épico. Perdió de de golpe toda el aula victoriosa ante quien ella misma consideraba un segundón. Sánchez, con una campaña basada en la apelación directa a las bases y el "no es no", se impuso a Díaz. Además quedó retratada como el puntal del ala conservadora del PSOE, la líder de ambición desmedida que había intentando defenestrar al líder socialista con ardides palaciegos y el apoyo de los poderes fácticos. Eso fue el 21 de mayo. Hace casi un año. Díaz estaba tocada, política y anímicamente. La oposición la esperaba para restregarle su derrota. "No la quieren ni en su partido, ¿por qué la iban a querer en Andalucía?", le decían. O más: "Andalucía es su segundo plato. Ha intentado irse y no ha podido". La presidenta, tras más de un año con sus miras puestas en la política nacional y el Gobierno andaluz al trantrán, tenía que hacer creíble su regreso a Andalucía. Era cuestión de supervivencia política. Estaba en juego el feudo tradicional del PSOE.

En lo orgánico, Díaz anticipó el congreso regional y los provinciales para cerrar el paso al sanchismo, que en Andalucía sigue siendo una corriente minoritaria y sin líder identificable. Díaz no ha normalizado sus relaciones a Sánchez, recibido en sus escasas visitas a Andalucía con patente displicencia por la dirigencia andaluza. En la cúpula del PSOE andaluz siguen convencidos de que Sánchez es caballo perdedor, y de que el tiempo dará la razón a Díaz, que imagina un PSOE más centrado, que no se conceda el menor coqueteo con Podemos, porque cree que es en las posiciones moderadas donde hay una posible mayoría, y no en la batalla a cara de perro por el electorado de izquierdas. En lo institucional, Díaz hizo una crisis de gobierno, librándose de los consejeros a los que se les había abierto frentes de movilización social. Como bandera, Díaz, tenida por la baronesa españolista, tomó la blanquiverde andaluza. Y como gran causa, la exigencia de una mejor financiación para Andalucía, asunto que abordó en una reciente reunión con Rajoy en La Moncloa.

¿Se ha recompuesto Díaz? Hasta sus adversarios admiten que el soñado escenario de que su derrota orgánica fuera el preludio de su ocaso político no se ha hecho realidad. Hoy la presidenta sigue lidiando con un notable malestar de los profesionales docentes y sanitarios, pero las expresiones de descontento han bajado, salvo en el caso de los interinos de la educación. Andalucía continúa cerca del 25% de paro, pero el Gobierno andaluz puede presumir de haber reducido 2,5 el diferencial con la media española y de una previsión de crecimiento en 2018 del 2,6%. La crisis ha agrandado la brecha de Andalucía con España en diversos indicadores socioeconómicos clave, pero el debate está situado en la injusticia del trato del Gobierno a la gran autonomía del sur. Tampoco el juicio de los ERE está suponiendo para el poder socialista andaluz el desgaste que pronosticaban sus adversarios.

14 puntos de ventaja

El Estudio General de Opinión Pública de Andalucía (Egopa) de invierno 2018, realizado por el Centro de Análisis y Documentación Política y Electoral de Andalucía (Cadpea) y considerado una especie de CIS andaluz, otorgó en febrero al PSOE la victoria con 14 puntos de ventaja sobre el segundo, Ciudadanos, aupado por la crisis catalana. El PP se derrumba hasta 18,3 puntos, Podemos baja al 10,5% e IU sube al 7,7%. Las encuestas privadas coinciden en un escenario de un PSOE ganador en leve retroceso, un PP en caída libre, un Ciudadanos en fuerte ascenso y la confluencia Podemos-IU más o menos estable. En cualquier caso, no se adivina una alternativa verosímil a la hegemonía socialista en Andalucía, la única comunidad donde no ha habido cambios. Un caso excepcional. El PP fía sus opciones a una hipotética suma suficiente con Ciudadanos, que debería renunciar a su máxima de facilitar la investidura del candidato más votado.

Juan Marín, líder de Ciudadanos, no lo descarta, al menos eso dice. En Ciudadanos hablan abiertamente de que pactarán "con proyectos", no con siglas, y que no necesariamente será con el más votado. Es la forma de Marín de no aparecer ante el electorado de derechas como el garante de la continuidad del PSOE, la muleta socialista. Los dirigentes del partido naranja, acusados a lo largo de toda la legislatura de ser un socio poco exigente de los socialistas, saben que su principal bocado está en el electorado del PP y que no pueden permitirse comparecer ante las urnas como subalterno del PSOE. Por eso, tras un pacto de legislatura que en la práctica ha sido más férreo que el pacto de gobierno del PSOE con IU de 2012 a 2015, ahora los de Marín marcan distancias, acusan a Díaz de crear "inestabilidad" por no haber verbabilizado la garantía de que las elecciones serán en marzo de 2019 y no antes, se quedan solos fuera del pacto parlamentario en defensa de una mejor financiación para Andalucía...

Está por ver cómo le sale a los naranjas la jugada de defender que Andalucía no necesita ese cambio de financiación. Porque, siendo cierto que Andalucía no es Cataluña, que no hay un extendido sentimiento nacionalista, sí hay una potente corriente andalucista, de adscripción incierta en cuanto a siglas, pero que el PSOE siempre ha sabido rentabilizar políticamente y convertir en una impresión general de comunidad tratada injustamente por Madrid. El PP pagó carísimo durante lustros no apoyar las causas vinculadas al desarrollo autonomista andaluz, hasta que Javier Arenas lo corrigió, al menos en los gestos. El PA pidió el voto negativo para la reforma del Estatuto de autonomía, en 2007, y ha desaparecido. Por más que el tema catalán tenga fuerte arrastre en electorado andaluz, que puede impulsar a Marín —que ya ha dicho que quiere ser candidato—, las autonómicas se celebran ante todo en clave andaluza. Díaz, con enormes recursos para condicionar la agenda de temas políticos en Andalucía, quiere que el debate político pivote en torno a la reivindicación ante el Gobierno central y presiona constantemente a Cs para que se sume al acuerdo por la mejora de la financiación. De momento, el partido de Albert Rivera, que tiene como primera prioridad escenificar un alejamiento de los socialistas, aguanta el tirón y sigue fuera del acuerdo.

Entre los próximos a Díaz no preocupa que se vote también en clave española. Es decir, incluso si hay un voto de cabreo por la crisis catalana, están convencidos de que la presidenta, con su perfil inequívocamente antinacionalista cultivado durante más de un lustro, evitará que el bocado naranja a su electorado sea excesivo. Paradojas de la política, para la próxima cita con las urnas, en Andalucía, los partidos que más desean que baje la tensión en Cataluña son el PP, que intenta centrarlo todo en los signos de mejora macroeconómica, y los que conforman la previsible confluencia Podemos-IU, que trata de que todo gire en torno al suspenso de la comunidad en indicadores sociales.

Tareas pendientes de la confluencia

Los líderes de Podemos, Teresa Rodríguez, e IU, Antonio Maíllo, tienen más que acordada la idea de ir juntos a las urnas en 2019, pero a menos de un año de meter las papeletas aún no hay elegido candidato, ni está clara la fórmula exacta de integración electoral, ni el nombre de la coalición. Mucho pan por desmigar todavía hasta conformar ese frente amplio de izquierdas perseguido por Rodríguez, que no ha logrado su anhelada autonomía organizativa dentro de Podemos, y Maíllo, que no logra aplacar la voz de un pequeño sector interno de escépticos sobre la conveniencia de una suma con Podemos. IU Andalucía, de largo la federación más importante de la coalición, tiene un fuerte arraigo político local, con 80 alcaldes, más de un 10% del total. Es precisamente en el ámbito municipal donde más cunde la inquietud sobre la fórmula que adoptará la confluencia.

El debate en el Parlamento ofreció una muestra más del océano político, teñido de antipatías personales, que separa a Díaz de Rodríguez y Maíllo. Los líderes de Podemos e IU consideran a Díaz una presidenta agotada, sin credibilidad, afecta a discursos, modos y políticas conservadoras y que no ha sabido acabar con las prácticas corruptas. La presidenta los trata a ambos como líderes desnortados e incapaces de hacer propuestas verosímiles. Como es costumbre, hizo subrayados, más o menos sutiles, de las divisiones internas en Podemos e IU. Son un clásico de estos enfrentamientos, sobre todo con Maíllo, con el que tiene una relación agria marcada por los rencores tras el cogobierno 2012-2015, que ninguno de los dos olvida. Díaz asume el discurso de los críticos de IU, según los cuales la coalición va a ser "absorbida" por Podemos. A ello sumó este miércoles generosas alabanzas a Carmen Lizárraga, parlamentaria de Podemos considerada adscrita al sector errejonista, de la que destacó su capacidad de pacto para contrastarlo con sus enfrentamientos con Rodríguez. Maíllo acusó a Díaz de haber "alimentado al monstruo" de Ciudadanos. Y Rodríguez también apuntó en esa dirección: "Ahora dicen que no quieren adelantar las elecciones, pero creo que es porque Ciudadanos les está quitando votos también a ustedes. Le han abierto tanto la puerta...".

No se vislumbra hoy por hoy un escenario de entendimiento entre las fuerzas progresistas. Aunque habrá que ver los números cuando acaben de contarse las papeleas. Aún queda algo menos de un año para eso. En principio.

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