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Orgullo LGTBI

De los travestis a la autodeterminación: el Orgullo presume por fin de la T

Activistas trans celebran el registro de su ley en el Congreso.

Quienes defienden que ya es hora de una ley trans sugieren un ejercicio de retrospectiva: ellas, las personas trans, estaban ahí desde el principio. Estuvieron en las cárceles franquistas, en los manicomios, en las revueltas y también en las victorias. Dando la cara y los cuerpos, se encargan de recordar, por los derechos de todo el colectivo LGTBI. En un momento crucial para las personas trans, hay quien cree que es de justicia ejercitar la memoria.

Primera parada: Nueva York, 1969. Concretamente –no podía ser de otra manera–, un local de ocio nocturno: el emblemático bar Stonewall Inn. La madrugada del 28 de junio de aquel año quedó marcada por unos disturbios que pasarían a la historia como la génesis de la lucha por los derechos del colectivo LGTBI, el acto fundacional sobre el que se construiría el movimiento. En sus cimientos, dos nombres: Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera. Mujeres trans y racializadas, dos disidentes que se pronunciarían no sólo contra un sistema que las condenaba a la marginalidad, sino también contra un colectivo que se asemejaba peligrosamente a "un club blanco y de clase media", en palabras de Rivera. Ellas encabezaron las protestas que se sucederían después y marcarían el camino a sus compañeros. Serían vanguardia.Tuvieron que pasar algunos años para que la fuerza del movimiento se hiciera visible en suelo español. La segunda parada es Barcelona. El 26 de junio de 1977, la rabia del colectivo pasó por encima de una dictadura que, aunque agónica, guardaba intactas sus balas. En la capital catalana, varias mujeres trans sujetaban una pancarta: "Nosaltres no tenim por. Nosaltres SOM". Aquella primera marcha, organizada por el Front d'Alliberament Gai de Catalunya, congregó a unas cinco mil personas y abrió la puerta a marchas que se reprodujeron en ciudades como Madrid, Bilbao y Sevilla los años posteriores.

Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson, iconos de la lucha LGTBI.

En aquellas Ramblas de Barcelona estaba una jovencísima Mar Cambrollé, con tan sólo 17 años. Entonces ni siquiera ella misma se reivindicaba como mujer trans, vivió hasta los 21 años "creyendo que era un maricón". Durante aquella primera etapa de lucha del colectivo, la propia Cambrollé pasó mucho de su tiempo cavilando sobre el motivo por el que las personas trans, excluídas incluso por sus compañeros, decidieron ponerse al frente. "En ese momento no le encontré explicación", reconoce al otro lado del teléfono. No fue hasta mucho más tarde, con el paso de los años, que comprendió aquel acto de generosidad: "Ellas siempre estuvieron ahí porque eran las golpeadas por el maltrato de la dictadura, las que metían en las cárceles, las que cuando salían de sus casas o pensiones miraban hacia los lados por si había un coche de policía, las violadas, las golpeadas y las vejadas".

Aquellas mujeres que asieron con fuerza las primeras pancartas y que sufrieron en sus carnes el frío de las porras, no eran entendidas como mujeres trans. "Hasta los años noventa no sé empezó a usar en España el término transexual, eran travestis". Lo explica Raúl Solís, autor de La doble transición. Hasta entonces, las personas del colectivo estaban marcadas por su orientación sexual –entendida como la atracción por otras personas–, siendo la identidad de género –entendida como la percepción subjetiva del propio género– una realidad remota y carente de sentido.

La visión de la realidad trans era completamente distinta a la que hoy se hace un hueco en el imaginario colectivo. "Pero también era la visión de su propia realidad". Habla Mané Fernández, vicepresidente de la Federación LGTB. "Hablaban desde la homosexualidad, desde una perspectiva completamente diferente a lo que entendemos como movimiento trans, que empieza mucho más tarde". En aquel momento hay una suerte de transgresión en los travestis: se burlan de lo masculino desde una perspectiva subalterna, al tiempo que reivindican lo femenino en sus propios cuerpos. Lo explica Brice Chamouleau en su libro Tiran al maricón.

Entonces el colectivo peleaba, esencialmente, por derribar la ley sobre peligrosidad y rehabilitación social, una norma que venía a sustituir la ley de vagos y maleantes. Uno de los padres del movimiento homosexual español, el aristócrata Armand de Fluvià, dio vida a las primeras organizaciones del colectivo, cuyas manos se dedicaron a "mandar cartas a los procuradores franquistas" para conseguir que la redacción de la ley castigara exclusivamente a aquellas personas que fueran sorprendidas en más de una ocasión teniendo relaciones con personas del mismo sexo. "Fue el primer logro del movimiento", expone Solís. Pero no beneficiaba a todos por igual: aquel articulado se esfumó, pero permaneció el que castigaba a quienes ejercían la prostitución o a quienes menospreciaran las normas de convivencia a través de comportamientos insolentes, brutales o cínicos. Las autoridades seguían haciendo alarde de su fuerza contra aquellas personas que incurrieran en escándalo público. Y ahí estaban las personas trans: "Muchas en el espectáculo, en la prostitución, se ganaban la vida haciendo transformismo", relata Solís. Vienen, completa Fernández, de ambientes marginales, clandestinos: "Fueron, durante el franquismo y después, las que más sufren la represión, las que más van a las cárceles".

Miles de personas recorrieron las calles de Barcelona en 1978 en una manifestación no autorizada en el primer Orgullo. EFE

La muerte del dictador insufló un suspiro de alivio generalizado, pero todavía quedaba batalla: la ley siguió en vigor entrada la democracia y la amnistía se olvidó de los presos. En enero de 1979 se elimina parte de su contenido, cuya desaparición fue progresiva las siguientes décadas. Su total desintegración tuvo que esperar hasta 1995. Aquellos años de progreso quedaron, sin embargo, marcados a fuego por las vidas arrebatadas. Como la de Francis, un travesti asesinado en Errenteria (Donostia) por el disparo de un policía nacional en 1979, o la de Sonia Rescalvo Zafra, una mujer trans sin hogar apaleada hasta la muerte por un grupo de skinheads en la Barcelona de 1991.

Del "cuerpo equivocado" al "cuerpo empoderado"

A finales del siglo pasado se comienza a distinguir entre orientación sexual e identidad de género. "Se empieza a hablar de que hay personas transexuales que pueden ser homosexuales", traza Fernández. Hasta aquel momento existía la convicción de que la transición hacia el género opuesto tenía que ver con no poder expresar la verdadera orientación sexual. Si una mujer trans se sentía atraída por otras mujeres, ¿por qué no conformarse con su sexo biológico e identificarse, sencillamente, como un hombre? Cuando el colectivo empieza a explicar que la identidad de género nada tiene que ver con la orientación sexual, emergen nuevas batallas.

Las primeras reivindicaciones tenían que ver con la inclusión de los tratamientos en la cartera de salud. "Entonces se pensaba que para ser mujer había que mutilar tu cuerpo y hormonarte", ahonda Solís. Muchas iban a Marruecos y a Londres. Por el camino "se volvían locas, literalmente". En 1983, el Pleno del Congreso acordó despenalizar las operaciones quirúrgicas para las personas transexuales, hasta ese momento un delito que pesaba sobre los facultativos. El Grupo Popular de entonces, en cuyas filas se sentaba José María Ruiz Gallardón, se opuso a la medida, según relatan las crónicas del momento, aludiendo que el cambio de sexo podría ser utilizado para quienes pretendieran eximirse del servicio militar. En 1995 un Real Decreto Ley excluyó de la cartera de salud "la cirugía de cambio de sexo, salvo la reparadora en estados intersexuales patológicos". Lo recuerda Mar Cambrollé: "Fue un acto de violencia contra las personas trans, nos abocó a un grave riesgo para nuestra salud, a pagar nuestros tratamientos, nuestros viajes a Casablanca, a Londres o a Tailandia para hacernos cirugías genitales marcadas por la mala praxis".

En febrero de 1999, Andalucía se convierte en la primera comunidad que decide incluir la prestación integral dentro del sistema sanitario. Así nace la primera Unidad de Identidad de Género –al principio Unidad de Trastornos de Identidad de Género–, un servicio especializado que en un primer momento es jaleado como todo un éxito. Esas unidades echaron a andar en distintas provincias, aunque hoy las opiniones son diversas. Mar Cambrollé las tilda de "sistemas carcelarios" para las personas trans. El colectivo reivindica especialización, pero no desde los márgenes: las personas trans quieren que su realidad esté integrada en los centros de salud, en los hospitales y en todos los servicios sanitarios.

En 2007 llega a España una ley pionera: la de identidad de género. Ya no es necesario intervenir los cuerpos para cambiar el nombre en los registros oficiales, aunque sí presentar un informe psicológico y contar con dos años de hormonación. Una victoria indiscutible para el colectivo que, sin embargo, hoy sabe a poco. Aquella ley "le salvó la vida a muchísima gente y abrió las puertas para seguir luchando", esgrime Fernández, pero tiempo después germina una "perspectiva completamente distinta". Se consolida entonces lo que Solís entiende como un "cambio feminista", la convicción de que "el cuerpo es como es, no hay que cumplir ningún examen de género". El término transexual empezó a dejar paso a las personas trans, como reivindicación de que la identidad era independiente de la apariencia física "Pasamos del cuerpo equivocado al cuerpo empoderado", resume Cambrollé. En 2018, la Organización Mundial de la Salud (OMS) retira la transexualidad de la lista de enfermedades mentales. "Empezamos a hablar del reconocimiento, pero ya nunca más desde la patologización y la enfermedad mental", rememora Fernández, "un ladrillo que ha pesado demasiado".

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