Cataluña

Barcelona en la vida de todos nosotros

Paseo de las Ramblas en Barcelona.

Javier Pérez Andújar

“Hablemos a solas en el Rompeolas”, pocos grupos han sido tan de Barcelona como Radio Futura, que eran zaragozanos con sede en la movida madrileña. Santiago Auserón viene a la Rosa de Fuego en busca de su Negra Flor y capta a la primera lo que tiene esta ciudad de maravilloso. Es un rompeolas. Pero no de todas las Españas como el Madrid sitiado de Antonio Machado sino de todos los mares, de todo lo que viene de lejos. España está también lejos, sí; pero por aquí no viene. Bueno, sí viene, pero dando una vuelta (como cantaba el Último de la Fila). A Barcelona se llega siempre por la costa y así lo hacen hasta los Reyes Magos el día de la cabalgata. Está en su semilla mitológica. Se dice que el padre de Aníbal, Amílcar Barca, llegó a golpe de remeros con sus naves cartaginesas para refundar la ciudad. Pero no nos vayamos tan lejos. Existe un pasado remoto y existe también un pasado profundo, que está más cercano. ¿Recuerdan la película Malagueña, de Ricardo Núñez Lissarrague? Espero que no. Es de 1956, de cuando empieza el desarrollismo y los solares de la parte alta de la ciudad se venden a 30 pesetas el palmo y los de la Verneda a ocho pesetas. Trata de una chica malagueña que en esos días en que la sangre ya se secaba en los paredones, pero corría a mansalva por los sótanos de las comisarías, viaja a Barcelona para asistir a su abuelo. El pobre está ciego y malvive en el puerto. Ella es Lolita Sevilla, y en ese mundillo portuario conoce a Antonio Molina, que le canta la copla Barcelona a bordo de las Golondrinas. “Barcelona, ay qué grande y qué señorona”.

Sí, tiene mal rimar el nombre de nuestra ciudad. Pero, como cantaron los Focomelos, los inventores del electroclash, “todo lo que rima es verdadero”. En efecto, Barcelona tiene algo de grande y señorona, de Castafiore con las joyas robadas por una urraca. Y sin embargo este divismo delirante y rococó, que es el del Liceo, encuentra su antídoto en la Mary Santpere de los teatros del Paralelo, que era el paseo de Gracia de los pistoleros. Otra vez la Rosa de Fuego del primer siglo XX, la Negra Flor de los años ochenta, la Barcelona rumbera y callejera de Gato Pérez, que vino de Buenos Aires para cantar rumba catalana. El Gato pasará antes por Zeleste, por la onda layetana, pero enseguida va a darse cuenta de que lo más progresivo es tocar las palmas. En 1978, Gato Pérez saca su primer disco, Carabruta (Cara sucia) y mete ahí La rumba de Barcelona, una canción que va citando todos los barrios y ciudades colindantes de la metrópolis. Así dibuja una Barcelona de todo el mundo, de todas las razas, de todas las juergas posibles. “La Rumba neix al carrer / filla de Cuba i d'un gitanet” (La Rumba nace en la calle / hija de Cuba y de un gitanillo), dice la letra. Ese mismo año transicional, la Banda Trapera del Río ya está cantando por los descampados de Cornellà su himno, que se va a convertir en el himno nacional de todos los rockeros que viven en los barrios de bloques: Ciutat Podrida. Calles llenas de fuego, gritos de gente perdida, la noche, el miedo, el estallido del viento y una libertad que no avanza, así son sentidos en esta canción los arrabales de Barcelona. La nuestra. Y es verdad que eran así. Ésa es la Barcelona a la que pertenecemos unas cuantas generaciones. De ahí venimos y es la que nos gusta. No digo que me guste pisar charcos, pero sí lo que pasó en ellos. Pasaban cosas muy feas, de acuerdo; pero no eran siquiera un 3% de feas de lo que ha pasado en el Palau de la Música.

Una ciudad de dibujantes

Porque nuestra Barcelona no la han hecho los banqueros ni los especuladores, sino antes los dibujantes de tebeos. Ahí está Nazario, que vino por mar y se quedó en la plaza Real, rodeado de palmeras como un pachá. Él cuenta, modestamente, que llegó en tren; pero no es cierto. Nazario venía de América con el rock and roll y con los cómics que traía de la base americana de Morón, en Sevilla. Nazario va a ser el creador de la Barcelona de Anarcoma, la Rosa Underground de los años setenta. De los contraculturales de las Ramblas abucheando a los burgueses en las puertas del Liceo. Ahora son los burgueses los que silban a los príncipes desde sus palcos de la ópera. Y va a ser otro dibujante de tebeos de su misma generación, Mariscal, quien, con Cobi, la mascota de los Juegos Olímpicos, le entregue 15 años después el finiquito a esta ciudad, a esta manera de vivir, que ahora ya se la llama la Barcelona preolímpica como confinando todo eso a la prehistoria a fuerza de prefijos. (En un mundo en que cada vez más faltan las palabras abunda el uso de los prefijos como prótesis, como parches de significado igual que hay parches de nicotina). Pero no es prehistoria, ya existía la escritura. Escrito está todo en el Star y en el Ajoblanco. Es historia moderna y contemporánea. Aunque las autoridades estén empeñadas en ocultarlo, nuestra Barcelona todavía existe. Pero les da miedo la Barcelona de la calle. Temen a la ciudad en la que mandan. Prefieren tener turistas a tener ciudadanos.

A veces se manifiesta nuestra Barcelona como un espíritu, como una cara de Bélmez, en una película que parece hablar de otra cosa. Cuando el director Óscar Áibar rueda la historia de El gran Vázquez, el dibujante creador de Anacleto, las Hermanas Gilda, la Familia Cebolleta..., y lo persigue por las Ramblas, por los pisos donde vivía, por los catres de la Modelo donde le metieron un par de veces..., está contando una biografía, por supuesto, y explicando una época; pero además está retratando una Barcelona buscavidas, libre, salvaje, que se toma todo el oxígeno que quiere sin necesidad de respiración asistida, donde lo de buen rollito sólo sirve para hacer rollitos de primavera. Es la Barcelona subterránea, y lo es al pie de la letra. Va a haber en Barcelona una calle emblemática por debajo de la tierra, entre plaza de Cataluña y las Ramblas, hasta que le pusieron encima un centro comercial que la aniquiló. Es la avenida de la Luz, a la que Loquillo y sus Trogloditas llamaron: “un buen lugar para acabar borracheras, / el Heartbreak hotel de mi ciudad”.

La biblioteca como mezcla

Está Barcelona en los libros, en todos los libros del mundo. Porque si hay algo que de verdad, por encima del fútbol, mezcla y amalgama a la gente de la ciudad y de su periferia es la increíble red de bibliotecas de la Diputación. Jamás se había visto una cosa así: llega a todos los barrios, a los más pobres y a los más ricos (sí, pobres y ricos, aquí nunca ha dejado de crecer la brecha social: según El País, datos de 2011, ahora una familia de Pedralbes dispone de una renta siete veces superior a una de Nou Barris). Es en las bibliotecas donde la gente lee los periódicos, los de aquí y los de los países de donde viene, revistas, cómics, libros, consulta internet, estudia, se lleva películas, discos, conciertos, escucha conferencias, ve exposiciones... Así es como se aglutina uno, se integra uno, no en un club, sino en el mundo. En algunas bibliotecas la presencia de personal emigrante les quita el corte a otros emigrantes que todavía no se atreven a entrar. Y así es como el mundo se amalgama a su vez con la ciudad.

Y Barcelona está también en sus escritores. En las novelas de Francisco Casavella (premio Nadal, 2008), que había contado en el Triunfo cómo era el canalleo de ir tocando la s palmas por las calles del chino, y que en la trilogía de El día del Watusi detallaría el itinerario que condujo a Barcelona del chabolismo a la especulación olímpica y a la corrupción moderna.

La están desmantelando perpetuamente, es cierto, como un castigo mitológico. En cada época, el poder quiere borrarla a su manera. Hoy (mientras los turistas pagan 14 euros para visitar la Sagrada Familia, el templo de la burguesía barcelonesa), a orillas del mar, bajo la ruta de los aviones que llegan a la ciudad, desmantelan por dentro las instalaciones de las tres majestuosas chimeneas de la central térmica de la Fecsa con que Barcelona, ciudad obrera, ha creado un skyline proletario. Esas tres chimeneas son el templo expiatorio de la clase obrera, con su mártir asesinado por la policía franquista cuando se construían. Sólo va a quedar de ellas, mientras no tengan dinero para derribarlas, la carcasa. Vaciarla de contenido, eso es lo que pretende el poder con Barcelona. Tarea inútil. La ciudad es la gente. La historia es un río de gente que llega de todas partes y no para de fluir. Ahora, hoy mismo, en verano de 2013, en Barcelona la gente está defendiendo las casas de sus vecinos acosados por bancos para impedir que los desahucien. Barcelona no es una marca, sino la vida de cada uno. Así es la de muchos.

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